¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 190 . ESTÁN MUERTOS
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190 . ESTÁN MUERTOS

ALEXANDER:

Tenía que averiguar dónde tenían a mi prima encerrada sin que esos tres se dieran cuenta de que era ella la que estaba hablando.

Seguía hablando en un susurro que apenas podía escuchar.

No sabía dónde estaba. La habían atrapado cuando iba escapando para ir con su papá, Franco.

La habían encerrado en una especie de cárcel en un sótano, con muchos rusos asesinos.

—Mi primo, créeme. ¡Él es el que quiere asumir el cargo del Uno! —insistió, con urgencia.

—¿Dónde te tienen? —indagué de nuevo, bajando la voz.

—Te dije que no lo sé. Pero todo está lleno de bombas y hombres extraños. No vengas y cuídate de ellos, van a matar a todos —dijo, bajando aún más la voz—. Y recuerda lo que me prometiste si te ayudaba: que no le harías daño a Kenet.

—¿Dónde estás para ir por ti? —reclamé, con impotencia.

—Te dije que no sé dónde es —contestó de nuevo—. Escuché que es una de las casas de tu papá Minetti. ¡Van a explotar todo, Alex!

—¡Oye tú! ¿Qué haces? ¿Qué tienes ahí? —se escuchó la voz de un hombre al otro lado de la línea.

—Alessia, ¿dónde está eso? —cuestioné, furioso porque no podía obtener una respuesta clara.

El ruido cesó al otro lado y la llamada terminó. Me quedé mirando el aparato por unos segundos. Colgué el teléfono y me giré despacio, mientras hacía una señal a mis guardias para rastrear la llamada. Di unos pasos con la intención de salir a buscarla cuando la voz de mi abuelo me detuvo.

—Te aconsejo, Alexander, que no te muevas del refugio —dijo, acercándose a donde estaba—. Porque de alguna manera les avisaron a todos los dragones al mismo tiempo. Están hechos unas fieras en las calles buscándonos como si fuéramos ratas.

—¿Qué quieres decir con eso, abuelo? —inquirí, intrigado—. ¿Por qué van a estar así?

—¿Ellos no te lo dijeron? —preguntó, señalando a los hermanos Rostall.

—¿No me dijeron qué? ¿Qué más hicieron estos criminales? —reclamé, sintiendo que se me acababa la paciencia—. ¡Hablen o les vuelo la cabeza!

No se me escapó el odio en sus ojos mientras se quedaban mirándome fijamente, apretando sus puños y mandíbulas.

Y como siempre, Dimitrov fue el que comenzó a contarme que habían descubierto a Kenet y Alessia en la pista de carreras y los habían perseguido hasta una casa de campo de Minetti.

Luego habían utilizado un helicóptero para acabar con ellos.

—¿Qué quieres decir con acabar con ellos? —pregunté, con mi mano en el arma.

—Bueno, no salió como lo habíamos planeado.

Descubrieron el helicóptero y, antes de que lo derribaran, pudo lanzar dos misiles contra la casa.

No quedó nada de donde se refugiaron. Ja, ja, ja...

—siguió contando Oleck, con una expresión de triunfo—.

En estos momentos, tú eres el único heredero junto a tu perrito faldero Alessia.

Los observé sin poder creer que hubieran hecho eso. El sabor amargo de la traición me quemaba la garganta, y mis puños apretados sobre las armas se crispaban con furia contenida. Contaron que los Minetti debían estar enfrascados en apagar el fuego y encontrar los cuerpos para hacerles el funeral.

—Todo salió mejor de lo planeado. No necesitamos enfrentar al Capo di tutti i capi. Ahora solo tienes que casarte con tu prima Alessia. Katrina se hará cargo de liquidar a los Rinaldi, asumirá su fortuna y todo quedará en casa.

—¡¿Qué…?! ¡Eso no puede ser cierto! ¡No puede! —Grité, fuera de control.

—No solo eso, Alexander —siguió informando mi abuelo—. Pusieron en funcionamiento ese plan no solo aquí en Roma, sino también en Milán. Así que mejor nos escondemos o seremos presa fácil. Y al parecer es verdad que mataron a los tuyos. Lo está diciendo la televisión.

—¡Les dije que no hicieran nada! ¡Nada! ¿Cómo pudieron mandar a matar a mi sangre? ¡¿Cómo?! —Vociferaba, fuera de mí, porque habían roto mi propio plan y acabado con quienes me pertenecían—. ¡¿Quién diablos les dijo que los quería muertos?! ¡¿Quién…?! ¡Guardias…!

Los pasos resonaron secos contra el suelo de mármol mientras me dirigía hacia la sala. Las luces del refugio titilaban, como si mis propios nervios se reflejaran en las paredes de aquel lugar frío. No podía creer que hubiera dejado de vigilar a estos criminales.

—¡Quiero respuestas! —bramé, girando sobre mis talones para encarar a Oleck.

No podía ser cierto. Tenían que haber escapado. La casa debía tener un refugio. Sí, no debía perder a los míos antes de decirles quién era yo. No podía perder mi oportunidad.

—Cálmate, muchacho. Todo esto es por tu bien… —replicó el anciano, con indiferencia.

Al escuchar eso, sentí cómo mi alma se congelaba.

Uno de mis guardias encendió el televisor.

Estaban en verdad diciendo que la familia Minetti en pleno murió en una explosión.

¡Nunca había sentido una desolación y desesperación tan grande!

Toda mi vida soñé con que mi papá me reconociera y que Kenet y Alessia me aceptaran.

Era verdad que quería vengarme de ellos, hacerlos sufrir y castigarlos. ¡Pero nunca pensó en asesinarlos!

—¡Llévenselos! —Ordené, con voz aterradora.

Los hermanos me miraron por primera vez con genuino miedo.

En ese momento estaban viendo a un Alexander que le recordaba a mi verdadero padre, aquel que los golpeaba hasta el cansancio y los hizo matar cuando aún no tenían fuerzas para levantar un arma.

El hombre a quien ambos le tenían terror estaba allí, frente a sus ojos, como si hubiera reencarnado en mí.

O peor, estaban viendo al propio dragón negro Alessandro Minetti, rugiendo igual que la noche en que, sin miramientos, le cortó el cuello al Oso mientras ellos lo veían escondidos.

Parecía un demonio. Su mirada y expresión eran frías y parecía disfrutar de lo que hacía.

El terror de todos los mafiosos en esa época, sediento de sangre porque le habían asesinado a su esposa e hijo.

¿Sería en verdad Alexander hijo de Alessandro Minetti?

Los hermanos Rostall, al verme de esa manera, se miraron entre ellos, sintiendo cómo un frío les recorría las espaldas. ¿Le habrían criado un cachorro de dragón al Uno?

—¡¿Qué diablos crees que haces, Alexander?! —Gritó Dimitrov, tratando de ocultar el miedo reflejado en su rostro—. ¡Escúchanos! ¡Lo hicimos por ti, por ti!

—¡¿Por mí?! Ja, ja, ja…, ¡¿Por mí?! —Reí, con una mirada tan escalofriante que cada vez les recordaba más a los ojos de Alessandro Minetti cuando se aprestaba a acabar con su enemigo.

A pesar de que los míos eran azules, ellos los habían visto montones de veces. Minetti y Rufino eran mortales. Ese doctor tenía una increíble habilidad para cortar en segundos todos los tendones del cuerpo humano, dejando al enemigo indefenso con increíble frialdad y letalidad.

—¡Deja que te expliquemos, no te conviene encerrarnos! —Siguió insistiendo Dimitrov, que creía conocerme mejor por haberme educado y entrenado. Pero no sabían quién era yo ni de lo que era capaz de hacer por mi sangre.