¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 189 . EL CAPRICHO DE GRIGORY
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189 . EL CAPRICHO DE GRIGORY

ALESSANDRO:

Con cuidado, Gian desató a mi hija de su cuerpo y me la dio.

Mi corazón se contrajo al ver que estaba toda ensangrentada y desmadejada.

La abracé muy fuerte, esforzándome por no llorar.

La amarré a mi cuerpo, en espera de mi helicóptero que enseguida llegó.

Atrapé la soga que me lanzaron y subí en busca de los demás, para dirigirnos al hospital.

—¿Cómo está? —preguntó Lilian, corriendo a mi encuentro—. ¿Por qué está llena de sangre?

—Lilian, no le quites la venda —dijo Rufo, corriendo a impedirlo—. Monta, me temo que hay que operarla. Suban a Alexa y Matías.

Todos obedecieron las órdenes de Rufino, que se apresuró a acomodar a Alessia. Aunque estaba inconsciente, cuando la fui a dejar, se aferró a mí con fuerza. Me senté con ella donde me indicó Rufo, que le levantó la venda al ver que seguía sangrando.

—Tiene una arteria rota —dijo con preocupación—. Alumbren aquí. Lilian, ven a ayudarme. Saca todas las vendas, tenemos que detener la hemorragia.

Los miraba trabajar mientras todos los demás se movían a gran velocidad. Al fin le pasé Alessia a su madre y hermano, mientras me dedicaba a dar las últimas órdenes.

—Humberto, hazte cargo de todo aquí. Franco, ya terminamos, mejor vete a ver cómo está la cosa con tu familia —le indiqué de inmediato—. Deja la mitad de los hombres conmigo y llévate los otros. Aunque en la casa debe haber muchos bajo el mando de Damián y mi abuelo.

—¿Seguro? —inquirió Franco, mirando alrededor.

—No te preocupes, todos los dragones están alertados. De seguro están en mi casa —dije, volviendo a subir al helicóptero—. Esto fue muy bueno. Descubrimos a los que iban en nuestra contra.

Mientras lo hacía, me giré hacia el Lobo, que me miraba con preocupación.

Vi a su hijo Grigory correr hacia Alessia, pero no lo dejé entrar.

Ella estaba dentro del helicóptero, siendo atendida por Lilian y Rufo, con Gian a su lado, que no le soltaba la mano.

Grigory lo miró con rabia, y pude ver la mueca de desagrado.

Tendría que vigilar muy bien a ese chico para que no le hiciera nada a Gian.

—Necesitamos hablar, mi amigo —le dije al Lobo—.

Sígueme si quieres, o vete a mi casa con Franco y espérame.

O, si prefieres, vete a tu casa. Esa que te llevé la tengo destinada a ti desde que te prometí traerte conmigo.

No lo he olvidado. Discúlpame, Faddei, que me demorara tanto.

Sé que conoces a los que me están atacando.

Termina de investigar qué es lo que quieren en realidad y, luego, hablamos.

Manda por tu familia, no debiste dejarla.

Ahora me voy. Alessia tiene una herida muy fea.

Y sin más, me monté en el helicóptero, que se alejó bajo la mirada del Lobo.

Podía ver lo que estaba pensando, no se me escapaba nada.

Lo mandé a seguir en la noche y me di cuenta de que estaba vigilando a los Conti.

No era que desconfiara de él, pero debía asegurarme de lo que hacía.

Rufo también lo miró con el ceño fruncido.

Estaba muy claro que ambos nos preguntábamos por qué en todos esos años nunca nos dijo quién era el verdadero dragón de fuego y que el que le trajo no era él, sino su segundo.

¿Por qué lo ocultó? Estaba seguro de que temía perder la estima y los puntos que había ganado frente a mí. El Lobo debía ser claro conmigo. Tenía que atrapar a esos hermanos Rostall y traerlos. Sobre todo, descubrir si, en verdad, ese que decían que era mi hijo lo era en realidad.

—Grigory, olvídate de Alessia Minetti —le dijo el Lobo mientras iban en uno de los autos que dirigía Franco.

—¿Por qué, papá? ¿No viste que le dije "mi suegro" al Capo y no dijo nada? —cuestionó Grigory.

—¡Te digo que te olvides de ella! Es del hijo mayor del Capo Cian, ¿no lo viste con ella? Es su comprometida —le gritó en ruso—. Me lo dijo el Capo Minetti en cuanto llegué. Era quien estaba disfrazado de ti, y fue a él a quien ella le dijo que sí, no a ti.

—No me rendiré tan fácil —insistió Grigory—. Intentaré hacer que cumpla con la palabra que me dio delante de todo el mundo.

—Grigory, esto no es algo que debas hacer —le advirtió el Lobo—. No es una obstinación cualquiera, nos puede costar todo. ¿Entiendes? ¡Todo!

—¡No me importa lo que digas, papá! No daré mi brazo a torcer. Me casaré con Alessia Minetti, nadie puede negar lo que dijo delante del mundo entero. ¡Nadie! —protestó Grigory con vehemencia—. Alcanzaré lo más alto de la organización. Ella es mi elegida, nadie puede negar eso.

Se hizo silencio en el auto mientras la carretera parecía infinita en medio de la noche.

Franco mantenía el volante firme mientras la insistencia de Grigory comenzaba a incomodar al Lobo, quien apretaba los puños en sus rodillas.

Su hijo siempre había sido muy caprichoso.

Pero Alessia Minetti era un tema prohibido.

Ellos se conocían desde niños y nunca se habían llevado bien, ni con Kenet ni con su hermana Alessia.

A pesar de ello, sabía que en ese momento no era prudente discutir con su hijo.

Lo conocía demasiado bien. Estaba furioso por haber provocado el rompimiento de su compromiso.

Sobre todo, veía las ansias de ascender a la cúspide de la mafia con ese matrimonio.

—Hice demasiados esfuerzos para que tú vengas con obstinaciones de adolescente, Grigory —dijo el Lobo al fin, con furia contenida—. Esa chica es del hijo mayor del capo Cian, ya te lo dije. ¡No me hagas quedar mal!

—¿Sacrificios? ¡Yo he crecido en medio de ellos, padre! —replicó Grigory, girando el rostro hacia él—. No me hables de lo que costó cuando lo he vivido a tu sombra. Siempre como el hijo del Lobo, nunca como yo mismo. Alessia es mi oportunidad. Es mi vida, es mi destino.

El Lobo giró a verlo con el ceño fruncido.

Por un segundo fugaz, vio la impulsividad que conocía demasiado bien en su hijo.

Pero no podía permitir que la confianza que se había ganado lo echara todo a perder.

Estaba cansado del frío de Rusia. Toda su vida había querido emigrar a Italia. Y esa era su oportunidad.

—¿Tu vida y tu destino? —masculló las palabras—. ¿Y qué hay del mío, del de nuestra familia? Grigory, te lo advierto. Esta vez no te voy a permitir que lo eches todo a perder. ¿Capisci?