¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 188 . ESTAMOS SALVADOS
74%

188 . ESTAMOS SALVADOS

GIANPIERO:

No le contesté de inmediato. Avancé con el teléfono en la mano, buscando un lugar que tuviera recepción, sin resultados.

Alessia seguía sentada en el piso, recostada a la pared, a punto de volver a desmayarse.

Mientras lo hacía, me imaginaba la cara que iba a poner cuando se enterara de que su prometido era precisamente con el que no quería casarse: el hijo mayor del capo Cian.

Estaba feliz de que nuestro amor era del bueno.

Ambos nos enamoramos como personas, no por ser quienes éramos, ni por nuestras posiciones o el dinero.

Tampoco era un matrimonio por conveniencia, era por amor.

Esperaba que realmente fuéramos felices.

Haría que Alessia se sintiera orgullosa de haberme elegido como su pareja de por vida.

La contemplaba desde lejos. Era muy linda ahora que podía observarla a mi antojo. Siempre deseé con toda mi alma encontrar una mujer de pelo rojo rizado y ojos verdes. ¿Estaría soñando desde niño con Alessia? ¿La vería alguna vez y se me quedó fijada en la memoria?

—¡Ya! ¡Papá contestó, Gian! ¡Papá contestó! —gritó de pronto Alessia—. ¡Estamos salvados, salvados!

Corrí hacia ella al ver que extendía sus brazos hacia mí, incapaz de ponerse de pie. Alessia me abrazó feliz mientras le contestaba a su padre cada vez que le marcaba, como si quisiera cerciorarse de que era verdad que ella lo llamaba. Se dejó caer en mis brazos, sollozando de felicidad.

—¡Te lo dije! ¡Papá viene por mí a salvarme una vez más! ¡Mi papá viene, Gian, viene! —balbuceó mientras sollozaba—. Papá, apúrate…

Y sin más, se desmayó. Por mucho que traté de reanimarla, no pude.

Así que decidí montarla en mi espalda, amarrándola a mi cuerpo, y corrí todo lo que me permitieron mis fuerzas hasta dar con una salida.

Busqué desesperadamente el ladrillo hasta que lo encontré y abrí, pero tuve que retroceder. Estaba frente a un enorme

Me puse a estudiar detenidamente la pared que subía.

Ya amanecía, lo que me ayudaba mucho. Me di cuenta de que existían una especie de escalones bien disimulados.

Acomodé bien a Alessia en la espalda, luego de comprobar que el teléfono se había quedado sin batería y que solo ella podía activar el dispositivo en su boca. Decidí ascender la enorme pared.

¿Miedo a subir? Sí, mucho, no por mí, sino por mi novia, que seguía desmayada en mi espalda.

Pero más miedo me daba perder al amor de mi vida por la hemorragia.

Así que, decidido, comencé a trepar con mucho cuidado.

Era un esfuerzo sobrehumano el que debía realizar, pero salvaría a mi novia, me repetía mientras ascendía peldaño a peldaño, o moriría en el intento.

ALESSANDRO:

Mi hijo Kenet había descubierto que Alessia y Gianpiero no estaban en la tercera habitación y me lo dijo. Les pedí que dejaran de perder tiempo, decidido a seguir sacando escombros y agua. Pero mi hijo me detuvo, mostrándome varias líneas azules que señalaban túneles.

—Ahora tenemos que encontrar en cuál de ellos están —dijo Kenet.

—Déjame ver —le pedí, con esperanza.

Kenet llevó a todos hacia donde estaban las líneas. Comenzamos a seguir la principal por ser más amplia. Estábamos en eso cuando mi teléfono comenzó a vibrar una y otra vez.

—¡Es Alessia! ¡Está viva y me llama! —exclamé, emocionado—. ¡Mi hija respira, respira!

Al fin podía respirar. El terror que crecía con cada minuto sin encontrarla cedió ante la emoción de las vibraciones en mi teléfono. Le seguí marcando hasta que dejó de responder y me asusté.

—¿Dónde está el rastreador de Matías? —inquirí de pronto, recordando ese detalle que nos permitía localizarla—. ¡Traigan el maldito rastreador de Alessia! ¡Humberto!

—Yo tengo uno, papá —dijo Kenet, sacando su reloj. Fue entonces cuando recordé que él también tenía uno—. ¡La encontré, sígueme!

Todos lo seguimos, corriendo por el medio de la enorme extensión de terreno. Llegamos a la muralla que dividía el acantilado de la casa, donde se encontraban Rufo y el Lobo.

—Están en el acantilado, papá. Parece que mi hermana está trepando —señaló Kenet, mirando el punto verde en su reloj—. Pero eso está lleno de enemigos. ¿Qué hacemos?

—¿Qué pasa, Ale? —cuestionó Rufo, al verme correr de un lado a otro.

—Alessia y Gian están en el acantilado —le informé, sin saber qué hacer—. Tenemos que acabar con todos esos y buscarla.

—Eso es fácil —dijo mi hijo, con una sonrisa—.

La tía Lucy también nos mandó dos drones que disparan.

Espera, llamo a mis primos y les digo que acaben con todos los de esa pared.

Ellos son muy buenos en eso y de seguro tendrán mejor visión.

Yo voy a cuidar a mi hermana mientras ustedes acaban con ellos.

—¡Hazlo! —ordené de inmediato.

Me acerqué sigilosamente al muro y me asomé junto a Franco. Pudimos ver cómo ascendían por el acantilado. Sonrió, diciendo que eso era pan comido para ellos y que no necesitábamos los drones.

—¿Estás seguro? Puedo hacerlo desde mi helicóptero —dije, con preocupación por su seguridad—. No podemos dejar que descubran que están subiendo. Gian no debe saber que hay tantos enemigos en ese lado. Están en serio peligro, Franco. ¿Podemos liquidarlos sin que lo adviertan?

En respuesta, Franco se giró hacia el pelotón que lo había seguido al saber que habíamos descubierto el pasadizo. Les dio una orden. Enseguida asintieron y comenzaron a amarrar diferentes sogas por toda la muralla, mientras tomaban sus armas.

—Listos —dijo Humberto.

—¿Vas con nosotros o te quedas? —reclamó Franco, que ya había amarrado la soga sin contestar. El Lobo hizo lo mismo—. Rufo, quédate controlando todo.

A una señal mía, todos escalamos la alta pared hasta llegar a la cima. Y como si fuéramos monos, nos lanzamos al vacío, disparando a todos los que se encontraban agazapados del otro lado, que caían gritando aterrados. Algunos lograron subir y llegaron al otro lado, donde Rufo los atrapaba vivos.

—¿Para dónde están, Kenet? —inquirí, al no verlos desde donde estaba.

De inmediato me indicó, y nos deslizamos hasta dar con una abertura donde vimos a Gian trepando con Alessia amarrada a su espalda, desmayada.

—A eso le digo yo estar muy bien entrenado —dijo Franco, con una sonrisa—. No podías escoger un mejor yerno, Minetti.

Por un momento me quedé observando cómo Gian se detenía al sentir los disparos en un escalón de la montaña. Giró para esconder a Alessia detrás, cubriéndola por completo con su cuerpo, mientras se aprestaba a luchar. Yo fui el primero en llegar a donde estaba y me reconoció enseguida.

—Al fin llega mi Capo. Alessia necesita atención médica urgente. Tiene una gran herida en la cabeza y la pérdida no cesa —me dijo, girando con cuidado para que la viera—. Está inconsciente, ha perdido mucha sangre. Por eso no los esperé. Iba subiendo con ella.

—Dámela, Gian —la pedí enseguida, al ver el agotamiento en su rostro—. Ya viene el helicóptero. Su mamá es doctora y la atenderá enseguida. Gracias, hijo, muchas gracias. Están a salvo.