¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 187 . EL TIEMPO SE ACABA
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187 . EL TIEMPO SE ACABA

ALESSANDRO:

Cuando mi madre, Camil, volvió a avisar que había encontrado el túnel, todos nos detuvimos en ese instante.

Por mucho que tratábamos de sacar los escombros y el agua, no logramos llegar a la entrada de la tercera cámara.

El tiempo se nos agotaba. Por eso corrimos a rodearla.

Mamá enseguida nos mostró dónde creía que podía estar.

—¿Entonces, mamá? ¿Es tu suposición, no lo has hallado? —inquirí, desilusionado.

—Ale, créele a tu madre, ella es especialista en eso —me dijo mi padre.

—Papá, ¡aquí no se trata de imaginar dónde es posible que lo hicieran, sino de localizarlo si es verdad que existe! ¿Capisci? —exploté, decepcionado—. ¡Nos están haciendo perder un tiempo valioso!

—¡Papá…, papá…! —me llamó Kenet—. ¡Ya llegó el robot de la tía Lucy que ve debajo de la tierra!

—¿Ya? ¿Sabes manejarlo? —asintió, haciéndose cargo—. Pásalo por encima de las habitaciones a ver si está Alessia.

—Alessandro —me llamó Franco—. Creo en verdad que debe existir una salida de escape. Ningún refugio de ese tipo se hace sin ella. Mejor que lo pasen por donde supone tu mamá que debe estar. Nosotros seguiremos en lo nuestro.

—De acuerdo, papá —dijo Kenet, llamando a su abuela—. Ve con ellos y yo me encargaré de que lo pasen por todas partes.

—¿Dónde está Rufo? —cuestioné, extrañando a mi hermano que me mantenía calmado.

Porque entre más tiempo pasaba, más perdía las esperanzas de dar con mi adorada hija con vida.

A cada rato le marcaba al dispositivo de localización sin tener respuesta.

El nudo que me aprisionaba la garganta y el terror albergado en mi pecho se hacían cada vez más grandes.

Sobre todo, cuando chocaba con los ojos verdes de Lilian, desmesuradamente abiertos.

Podía leer el terror que la invadía y cómo decía que no con la cabeza, como si supiera leer mi mente, y cómo iba perdiendo las esperanzas al igual que yo.

—Alessandro —me llamó mi padre, vino y me dijo bajito—. No te rindas. Nos encontraste a nosotros, hijo, la vamos a hallar a ella. Rufo fue con Miguel a ver la parte de atrás de la casa, a impedir que entren por allá los enemigos. Están subiendo por el acantilado. ¡Vamos, reacciona!

—Gracias, papá. Tienes razón, mi hija está viva. La voy a encontrar —dije y lo abracé. Al soltarlo, me giré—. ¡Lobo…, Lobo…!

—Sí, mi Capo —vino corriendo Faddei junto con su hijo—. Vete a la parte de atrás a ayudar a Rufo. Nos están atacando por allá. ¿Dónde está tu gente?

—No lo sé, mi Capo, no los veo —contestó de inmediato—. A lo mejor se perdieron, es la primera vez que vienen a Roma. Pero no dejaremos entrar a nadie por allá.

—¡Confío en ti, Lobo! No me decepciones —dije, confiando una vez más en él.

—¡Nunca, mi Capo! —afirmó, inclinando levemente la cabeza.

—¿Y yo qué hago, mi suegro? —indagó Grigory.

Me quedé mirándolo fijamente, apreté las mandíbulas, pero no dije nada. Tenía total conocimiento de lo que había hecho Gianpiero en la noche. Ya había mandado a Lucy que eliminara todo del internet. Aunque en ese momento eso no era importante, relajé mis facciones.

—Ve con tu padre —le dije, simplemente.

Grigory asintió, sintiéndose muy feliz de que no hubiera protestado por llamarme "mi suegro".

Sabía que lo hizo deliberadamente y creía que significaba que lo aceptaba como novio y prometido de mi hija.

Vi su sonrisa de euforia y cómo corrió a darle alcance a su padre.

El Lobo lo miró sin decirle nada, mientras le lanzaba dos pistolas en lo que avanzaban hacia donde veían agazapados a los hombres, en espera de los que intentaban penetrar la gran cerca.

—¿Qué sucede, Rufo? —exclamó al llegar.

—Parece que quieren entrar por aquí. Deben haber subido por el acantilado pensando que nos cogerían desprevenidos —explicó Rufo, valorando la situación—. ¿Quiénes crees que están detrás de todo esto, Lobo?

—Los hermanos Rostall, los hijos de Víctor, el primer verdadero dragón de fuego, el Oso que ustedes mataron —respondió el Lobo—. Se me escaparon y no los he podido localizar todo este tiempo, y ya veo por qué: estaban aquí en Italia.

—¿Y por qué no nos dijiste nada en todos estos años de quién era el verdadero dragón de fuego? —murmuró Rufo, frunciendo el ceño.

—Creí que el padre del Capo se los había dicho. Él lo sabe —respondió, para nuestro asombro.

—Ya veo —dijo Rufo, lanzándome una mirada desconfiada—. Ahora vamos a ver si atrapamos a la mayoría vivos, ¿escuchaste? Los queremos vivos. Díselo a tu hijo, que no entiende bien el italiano.

Asintió e hizo lo que le pidió Rufo, mientras trataba de localizar a sus hombres, que no había visto desde que llegó. Al no verlos, se concentró en vigilar, igual que todos los demás.

Mientras tanto, Kenet, con el robot que le había enviado su tía Lucila en un dron, caminaba despacio por donde le indicaba su abuela, que avanzaba a su lado.

—¡Míralos ahí! —exclamó ella, al ver cómo unas extrañas formaciones aparecían en la pantalla—. ¡Son ellos, hijo, son ellos! Esos son pasadizos.

—¿Estás segura, abuela? —cuestionó Kenet, con desconfianza—. No parece.

—Kenet, no sabré de esos aparatos, pero de las formaciones de la tierra las sé con mis ojos cerrados —protestó su abuela Camil—. ¡Esas líneas son galerías subterráneas!

—¿Tantas? —reclamó Kenet, con incredulidad.

Sin perder de vista a mis hombres dirigidos por Franco, no me perdía nada de lo que sucedía en los alrededores de la casa.

Sobre todo, las explicaciones que decía mamá.

Todo lo que veía en las imágenes del robot eran salidas de escape en diferentes direcciones.

Ahora solo tenían que dar con dos figuras humanas.

—¿No es mejor si le avisamos a papá y bajamos a buscarlos? —inquirió mi hijo.

—No sabemos cómo están esos conductos subterráneos. Tratemos de hallar a tu hermana primero, antes de darle una falsa alarma —sugirió mamá, y suspiré—. A lo mejor no están en ellos, sino en la habitación.

—¿Y por qué no vamos a mirar allá antes de perder tiempo? —cuestionó, con impaciencia, mi hijo.

—Es una buena idea, vamos —aceptó mi madre, y yo lo encontré acertado.

No los seguí. Tenía que estar alerta para tomar decisiones.

Estábamos siendo atacados por varios frentes.

Sabía que mi casa estaba segura con Damián y Lucila, pero en ese momento tenía que ver quiénes eran los que me atacaban directamente.

Sin embargo, mi mente no dejaba de estar en mi hija.

Alessia no podía morir bajo mis pies. Yo le había ordenado bajar al refugio y ella me había obedecido. Era una cruel broma del destino.