¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 185 . LUCHANDO CON IMBÉCILES
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185 . LUCHANDO CON IMBÉCILES

ALEXANDER:

Mis hombres dieron un paso hacia ellos. Se detuvieron ante las armas de mis guardias de seguridad, por lo que optaron por volver a sentarse, mientras me escuchaban hablar con mucha calma.

—El respeto es algo que se gana y ustedes lo perdieron conmigo hace mucho —dije, comprendiendo algo muy importante—. Y como veo que no me contestan dónde está Alessia Minetti, parece que no lo saben. Espero que no hayan olvidado lo que les advertí, de no tocarla. Si lo hacen…

Me detuve, dejando que la amenaza calara en sus mentes.

Los hermanos Rostall, se miraron entre ellos mientras me observaban furiosos, pues aunque quisieran deshacerse de mí, temían la cantidad de dragones que me seguían.

Estaban convencidos de que era el hijo del Capo di tutti i capi y dependían de mí para su venganza.

Además, sabían que era el primogénito que podría heredar el apellido y dragón negro de los Minetti, con toda su fortuna y poder. También estaban preocupados por la amenaza.

—Bueno, Alexander, no es para que te pongas así —cedió, como siempre, Dimitrov—. No tienes que amenazarnos con armas. Recuerda que estamos de tu lado.

No dije nada. Solo los miré y seguí paseándome delante de ellos, mientras me observaban.

Ambos, a escondidas de mí, habían podido hacer muchas cosas para acelerar su venganza.

Consideraban que me había ablandado y que en cualquier momento podía traicionarlos.

La tonta de mi hermana Olenska era fácil de manipular.

Lo único que le interesaba era subir de categoría y que la admiraran todos los hombres, como su madre cuando era joven.

Sabía que a través de ella habían podido enterarse de muchas cosas que planeaba hacer, porque yo la consideraba tonta y no me cuidaba de ella. Ellos pensaban que mi plan no era la forma correcta de vengarse. Se quedaron tranquilos, mirándome con mofa, mientras me escuchaban analizar todo.

—Deja ver si entendí bien —repetí, haciéndome el torpe, para complacencia del par que me miraba con burla, pensando que esta vez me habían sobrepasado—. Así que tu hija Katrina, Oleck, era la que iba con la tía Eleonora y Ronaldo Rinaldi en el auto, ¿es eso? ¿Por eso la tiene Minetti?

—Sí —respondieron al unísono—. No sé cómo descubrieron que se iba a convertir en Kenet y se la quitaron al doctor para cambiarla por tu perrito faldero, Alessia Moret.

—¿Es decir que Katrina todo este tiempo ha estado en poder de los Minetti? —Quise asegurarme.

No contestaron de inmediato, tampoco los presioné.

Los conocía demasiado bien para saber que terminarían por decirme todo.

Al fin, Oleck comenzó a hablar. Estaban seguros de que había quedado muy mal después del accidente y que el Capo la había encontrado en medio de la calle y era quien la había salvado, enviándola al hospital de su familia.

Katrina les había hecho creer que había perdido la memoria.

—Francesco Rinaldi la reconoció como hija suya por ese lunar que se hizo como el que tiene tu prima Alessia Moret.

Se lo tatuó la otra vez que se le ocurrió la idea de transformarse en ella, pero que tú no quisiste —siguió contando Oleck, con satisfacción—.

Aunque le mandó a hacer una prueba de paternidad que saldría mañana.

Ese hombre sigue siendo muy desconfiado, no ha cambiado nada.

Hay que sacarla de allí antes. Por eso no podíamos esperar.

Creo que la operaron hoy para ponerle el rostro de tu verdadera prima.

—¿Por qué, si sabe que la van a descubrir, hizo eso? —pregunté, viendo las faltas en su insensato plan.

—¡Porque vamos a liquidar de una vez por todas a los Rinaldi! Solamente quedan Francesco, Raymundo, Filomena y tu prima, que te la dejaremos para cumplir el plan —gritó Dimitrov—. Esta vez no se nos van a escapar. Le arrancaré la cabeza yo mismo a todos ellos.

—¿Cuántas veces tengo que decirles que no fue él quien mató a su madre? —pregunté, indignado—. Fue el necio que se hacía pasar por el dragón de fuego junto a Minetti, en su intento por acabar con Víctor.

—¡Fue Francesco Rinaldi quien la mató! ¡Fue él! —Gritaron ambos al unísono.

No podía creer que siguieran aferrados a su historia. Eran tan brutos que aunque le entregué todas las pruebas seguían sin creerme.

—No voy a explicárselos más, ¡obtusos! —Rugí, colérico—. Tuvieron al verdadero asesino en sus narices y hasta negocios hicieron con él. ¡Les dije que lo habían disfrazado de Francesco!

—Di todo lo que quieras —respondió con desprecio Oleck—. Nosotros sabemos que fue él y no descansaremos hasta que no quede un solo Rinaldi.

—¡Hagan lo que les dé la gana! Después no vengan a quejarse ni a pedirme ayuda cuando el verdadero Francesco se entere de lo que hicieron —les dije, sin deseos de seguir convenciéndolos.

Hacía mucho tiempo que había descubierto que Minetti y su cuerpo élite dieron caza a su padre, conocido también como el Oso. No quería seguir perdiendo el tiempo con ellos, por lo que cambié de tema.

—Dejemos eso, que no me interesa. Es su asunto —fui directo al punto que me importaba—. Entonces…, suponiendo que sea verdad que Katrina logre hacerse pasar por mi prima Alessia Moret y se convierta en una Rinaldi, ¿cuál es el objetivo de eso, si las mujeres no heredan en esa familia?

—Ella sí, porque será la única que quede —rieron de su ocurrencia—. Contigo dirigiendo a los Minetti, le darás toda su fortuna y asunto arreglado.

—Ya veo, ya veo —dije, sin poder creer que fueran tan necios—. ¿Y por qué Olenska se hizo novia de mi hermano Kenet, si en su plan los van a liquidar a todos?

Dejaron de reír ante mi pregunta. Intercambiaron una mirada entre ellos. Era evidente que no habían pensado en todo. Al final murmuraron que era una estrategia para ver si Kenet le decía dónde estaba la verdadera Alessia Minetti.

—¿Y lo logró? ¿Saben dónde la tienen? —pregunté enseguida—. Porque si no es así, mi prima corre un grave peligro.

—No es así. Ella está muy bien, solamente perdió la memoria —contestó mi padrastro—. Olenska, cuando la encontró en el hospital, le dijo que la había comprado el Lobo para su hijo Grigory.

—¿Fue el Lobo quien compró a mi prima Alessia? —Eso no cuadraba.

—No, fui yo —dijo Oleck—. La compré cuando vi que estaban haciendo muchas apuestas porque pensaban que era la hija de Minetti. La reconocí, la compré y pretendía devolvértela.

—¿Por qué hiciste eso, si sabías que iría por ella? —pregunté, iracundo—. Solo salí a poner a Olenska a salvo. ¿Qué le hiciste?

—¡Nada, te juro que nada! —dijo, levantando las manos—. Me la llevé a casa y le puse el signo de propiedad tuyo. Me di cuenta de que la cirugía que le había hecho Eleonora era muy buena. En verdad podíamos cambiarla por la verdadera Alessia Minetti. Es toda tuya si la quieres.