¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 184 . LOS ENEMIGOS
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184 . LOS ENEMIGOS

ALEXANDER:

En Roma, en uno de los refugios de la familia Conti, miraba a mi hermana Olenska de pie delante de mí con cara de espanto, mientras me contaba todo lo que había sucedido desde que se encontró con nuestra prima Alessia en el hospital.

—¿No te dije que debes contar conmigo para todo, porque eres muy torpe?

—grité, queriendo liquidar a mi hermana por haber estado haciendo cosas sin decirme—.

Sabía que algo te traías entre manos, pero no me pude imaginar que llegaras a tal extremo de engañarme.

¡¿Quién diablos te has creído que eres?!

Pensaste que porque tu papá te dice que vas a ser la primera dama de la mafia italiana, ¡ibas a poder sobrepasarme!

¿Eh? ¡Contéstame ahora mismo o juro que te meto un tiro sin pensarlo dos veces! ¿Qué hiciste con nuestra prima?

Acabábamos de llegar del supermercado, donde por casualidad la vi en compañía del doctor Rufino y Miguel. Luego se escucharon unos disparos y se armó un corre-corre de personas huyendo aterrorizadas. Entre ellas la divisé, logré atraparla y escapar con ella. Por eso ahora la estaba interrogando.

—¡Te juro, Alexander, que no sabía que iba a suceder lo que pasó!

Ellos fueron los que me atacaron cuando estaba comprando ropa.

Por eso le disparé al novio del doctor, que me engañó —gritaba aterrorizada Olenska, mirando cómo yo estaba iracundo—.

Alessia se marchó primero del hospital, después de dejarme con él.

No sé dónde puede estar ahora. Andaba con el ruso Grigory.

Mi hermana retrocedió dos pasos, alejándose de mí. Conocía muy bien de lo que era capaz cuando me molestaba. En verdad se asustó muchísimo cuando estaba en el probador y escuchó perfectamente a Miguel decirle a Rufino que iban a acabar con todos.

—¿Qué crees que haces con tu hermana, Alexander? —Se escuchó una voz gruesa detrás de nosotros.

Me giré despacio, solo para ver cómo se acercaba mi padrastro Dimitrov en compañía de nada menos que el muy buscado asesino Oleck Rostall.

Me tensé y los miré con odio a ambos. Posé mi mano en el revólver que tenía en la cintura, listo para sacarlo en cualquier momento.

Hice un movimiento con la cabeza a mi seguridad, que se acercó y revisó a ambos hombres, desarmándolos.

—No sé por qué desconfías de nosotros —protestaron ambos, sin oponerse a lo que había ordenado—. Somos el hombre que te crió y tu tío. Nunca te haríamos daño.

—Mejor precaver —fue mi respuesta, entendiendo que todo no había sido obra de mi hermana, sino de ellos. Lejos de acatar lo que les había ordenado, habían estado actuando sin mi permiso, y eso era algo que no estaba dispuesto a perdonar.

Llevaba muchos años juntando a todos los que estaban dispuestos a oponerse al Capo de todos los capos, pagando hasta el último centavo para reunir a aquellos que estaban indecisos.

Quería que Alessandro Minetti se arrodillara ante mi madre y yo, y nos pidiera perdón por lo que le hizo a ella.

Deseaba hacerlo reconocer su error y que se disculpara por haberme abandonado en manos de estos criminales.

Ahora resultaba que, por la necedad de mi hermana al no decirme lo que le había contado nuestra prima Alessia en el hospital, además de que, por culpa de este par de hermanos sedientos de sangre, ¡todo podía irse al traste!

Tomé aire varias veces para calmarme y sacarles toda la información que sabía que me darían.

Dimitrov se recostó con una sonrisa burlona, tomando asiento delante de mí con su hermano al lado.

—No sé por qué estás molesto con tu hermana —habló Dimitrov—. Ella lo único que hizo fue aprovecharse de la oportunidad para adelantar nuestro plan, que está saliendo perfecto.

—¿Qué se supone que significa eso, Dimitrov? —pregunté, con las mandíbulas apretadas.

—Significa que tu hermana pudo infiltrar a tu prima dentro de los Minetti, que la confundieron con Alessia.

Y no solo eso: Katrina se infiltró en los Rinaldi, que la reconocieron como la hija menor de Francesco —intercambiaron una carcajada cómplice—.

Hasta le van a hacer cirugía para que se parezca a Alessia Rinaldi, ja, ja, ja…

¿Por qué estás furioso? Olenska hizo en pocos días todo lo que tú no pudiste hacer en todos estos años.

¡Muy pronto serás el Capo di tutti i capi de la mafia italiana, gracias a ella!

Me quedé observándolos seriamente. No sabía exactamente qué significaba todo eso, pero algo me decía que todo se había enredado por culpa de estos tres.

Haciendo alarde de mucha paciencia, me senté y crucé las piernas.

Los observé mientras jugaba con mi revólver, con cuatro guardias detrás de mí, listos para deshacerse de los dos asesinos.

Comencé a hablar como si lo hiciera con niños pequeños.

—No estoy entendiendo bien. Así que, ya que dicen que ella hizo en solo unos días lo que no pude yo en todos estos años, explíquenmelo, por favor —pedí, fríamente—.

Primero quiero saber: ¿qué pasó con la verdadera Alessia Minetti?

¿Dónde la tienen? Les advertí que si le hacen algo a mi hermana, la pagarán muy caro.

—¡Deja de defender a esa muchacha! —gruñó Dimitrov, padre de mi hermana—.

¡Tú solo tienes a Olenska y a Katrina por hermanas, porque ni tu perrito faldero te es fiel!

Tu prima Alessia se enamoró de Kenet y nos traicionó a todos.

Y no olvides que tu padre te rechazó. ¿Por qué diablos los defiendes a ellos, que no saben de tu existencia?

Tragué en seco, sacando toda mi fuerza de voluntad para no liquidarlos en ese instante. No podía entender por qué existían personas tan obtusas como ellos. Pero no podía acabar con ellos todavía. Me eran necesarios para lograr mi objetivo.

—¡Son mis hermanos, mi verdadera familia, imbéciles! —grité, colérico, aunque al momento me contuve, esbozando una fría sonrisa. Me recosté en el sillón. Debía saber todo lo que habían hecho—. ¡¿Acaban de decirme dónde tienen a mi verdadera hermana, Alessia Minetti?!

—¿Para qué lo quieres saber? —inquirió con una mueca Oleck.

Me miró con rabia, pero se contuvo al ver la cantidad de hombres de seguridad que tenía detrás de mí. Hacía mucho que me quería eliminar y sé que me consideraba un insoportable y engreído chico. Pero tengo una increíble inteligencia y no había caído en ninguna de las trampas que me habían puesto.

—Tú lo único que tienes que tener claro es que nosotros estamos de tu lado, ¡de tu lado! —Terminó reteniendo la furia Oleck, al ver cómo los guardias sacaban sus armas.

—De mi lado, ¿eh? —Reí, sarcásticamente—.

¡Eso no se lo creen ni ustedes mismos! ¡Solamente les interesa su estúpida venganza!

¡No piensan! ¡Su padre Víctor fue el necio que no supo aprovechar la oportunidad que le dieron mis abuelos de ser el dragón de fuego!

¡No lo hizo porque, como ustedes, era un ignorante que lo único que sabía era asesinar y robar!

Pude ver cómo sus mandíbulas se contraían y la mirada venenosa que me dedicaban. Pero eso no me importaba. Quisieran o no, tenían que obedecer mis órdenes o dejarían de respirar.

—Si hubiese aceptado, hoy sería uno de los cuatro dragones de la cúpula de esa organización —seguí diciendo, más calmado—. Pero lo primero que hizo fue empezar a robar y matar a los propios dragones. ¡Y ustedes son tan imbéciles como él, o peor!

—¡Alexander, respétanos! —Gritaron ambos, poniéndose de pie al mismo tiempo, amenazantes.