183 . BUSCANDO LA SALIDA
GIANPIERO:
Caminé con Alessia en mis brazos un gran trecho, pero tuve que detenerme al ver que comenzaba a despertar. Sonrió al ver cómo la llevaba. Me puse muy feliz al ver que abría los ojos, aunque las vendas estaban empapadas en sangre.
—Bájame, puedo caminar —pidió con un hilo de voz.
—Qué bueno que despertaste —dije, deteniéndome y colocándola con delicadeza en el piso—. ¿Cómo te sientes?
—Me duele mucho y no tengo fuerzas —contestó, con un suspiro.
Le cambié las vendas. Menos mal que era lo que más tenían los botiquines.
Es normal en nuestro mundo. La curé con esmero, apretando mucho más la herida, fusionando esa tarea con el temor de ver que se estaba durmiendo de nuevo.
Antes de que lo hiciera, la monté en mi espalda.
Continué caminando por el más amplio de los dos túneles.
No importaba dónde saliera, estaríamos a salvo y lograríamos llamar desde su teléfono.
La hemorragia no cedía por mucho que me esforzaba en apretar la herida. No quería esperar por la ayuda. ¡Salvaría a mi novia o moriría con ella!
—No te duermas, amor. Debes permanecer despierta —le pedí, mientras la movía un poco—. Es muy grande ese golpe que tienes. ¿Te duele mucho?
—Sí, pero puedo caminar, bájame —pidió, revolviéndose en mi espalda.
—No, guarda tus energías. También estoy muy bien entrenado, puedo contigo, vida mía —le dije, subiéndola más—. Pero vamos a ver si aquí coge señal tu teléfono para avisar. Parece que estamos más cerca de la superficie. Hemos estado subiendo lentamente hace rato.
—¿De veras? No, mi teléfono no tiene señal —dijo, mientras levantaba el aparato en su mano—. Detente, probemos a llamar a mi papá. A ver si mi dispositivo de localización en la muela, que es más fuerte, funciona. Bájame, amor, descansa un poco, pero no me sueltes. Estoy realmente exhausta.
Me detuve porque en verdad necesitaba descansar un poco. La deslicé con sumo cuidado sin soltarla y me giré para verla. Al hacerlo me asusté. Estaba empapada de sangre y sentí mi espalda igualmente empapada. La ayudé a sentarse y le quité el teléfono sin mostrar mi miedo.
—No tiene señal tu teléfono —dije, desilusionado—. ¿Cuál es ese dispositivo del que hablas?
—De este dispositivo te hablo —dijo Alessia y abrió la boca, enseñando el pequeño objeto colocado en su última muela—. Me lo puso papá. Si lo aprieto tres veces, su teléfono vibra la misma cantidad y me contesta de igual manera.
—¡Vaya, sí que te cuida el Capo di tutti i capi! —exclamé, realmente sorprendido—. ¿O era para vigilarte?
Soltó una pequeña carcajada, un poco ruborizada. Luego me dijo que eso era lo que ella pensaba cuando se la pusieron. Estaba convencida de que lo hicieron para saber dónde estaba en cada momento.
—Ahora estoy convencida de que es para cuidarme —dijo, mientras apretaba la mandíbula—. No pasa nada, creo que estamos muy abajo o muy lejos.
Alessia intentó una y otra vez llamar a todos con su dispositivo, y no sucedió nada. Luego me miró. Pude ver el terror y la desesperación en su mirada. Al ver cómo sus ojos se le llenaban de lágrimas, la abracé, queriendo protegerla de todo.
—No te asustes, linda. Avancemos un poco más. Ya verás que lograrás llamarlos. Ellos están allá arriba buscándote —dije, aunque no estaba seguro—. Me dijiste que tu papá no se va a ir hasta que no te encuentre, ¿no me aseguraste eso?
—¡Sí! ¡Te aseguro que mi papá no descansará hasta dar con nosotros! —Lo dijo con mucha convicción, lo que me indicaba que confiaba en su padre ciegamente—. Solo…, solo qué…
—Estás asustada y te sientes sin fuerzas —completé lo que no se atrevía a decir—. Ven, deja de pensar en lo malo. Súbete arriba de mí de nuevo.
—Pero, Gian… —intentó negarse.
Sabía que estaba asustada. Sobre todo porque había visto mi espalda empapada en la hemorragia que no era solo suya.
La pared me había golpeado muy fuerte y sentía heridas sangrantes.
Pero no podía rendirme ni mostrar ninguna debilidad ante ella.
Tenía que seguir prosiguiendo hasta encontrar la salida.
—¿Es que acaso no me crees lo suficientemente fuerte para cargarte mi vida entera? —dije, con una sonrisa—. ¿Desconfías de mi capacidad, linda?
—¡No! —Se apresuró a contestar Alessia y me abrazó—. También estás golpeado, vi tu espalda. No creas que me puedes engañar. Mira mi blusa, esa sangre no es mía solamente.
—Nada que no pueda soportar —dije, restándole importancia—. Venga, sube. Esta vez avanzaré más rápido para acercarnos a la superficie y puedan escucharte. ¿Sí?
Se quedó en silencio, con lágrimas en los ojos. Sabía que quería negarse, pero no tenía fuerzas para caminar. Me agaché delante de ella y la sentí levantar mi camisa.
Soltó un sollozo ahogado, mientras apoyaba la cabeza en mi espalda. No dije nada. Guardé silencio, esperando que se moviera. Sentí cómo me limpiaba con delicadeza.
—Te amo, Gian… —susurró, mientras me acariciaba.
—Yo más, yo más, vida mía —contesté, aguantando el dolor—. Sube, linda, vamos. No perdamos tiempo.
Me besó de nuevo para luego subirse a mi espalda magullada.
Por suerte no vio cómo hice un gesto de dolor.
Realmente me dolía mucho, pero la cargué y continué con ella lo más rápido que pude.
Tenía que llegar cuanto antes a un lugar donde el Capo pudiera escucharla.
Estaba empezando a desesperarme. Ese túnel parecía interminable.
Rezaba en mi mente, mientras sentía cómo el cuerpo de Alessia se volvía más pesado y relajado.
Tenía que encontrar la salida pronto, porque no sabía cuánto más ella iba a soportar esa pérdida.
Aceleré, avanzando lo más rápido que podía, hablando sin parar, preguntándole cosas a Alessia, que por momentos se quedaba callada.
Sin embargo, la sacudía y conseguía que me respondiera.
Luego de haber subido mucho, me detuve y volví a bajarla con cuidado.
—Creo que ya subimos lo suficiente. Toma agua —dije, mientras la ayudé a sentarse. Por suerte no se había desmayado—. Intenta de nuevo llamar a todos. Yo lo haré con el teléfono.
—Espera, Gian, dame más chocolate. No tengo casi fuerzas —me pidió, desfalleciente.
—Claro, linda —extraje de inmediato una barra—. Toma, cómelo todo.
Se lo partí en pequeños trozos y la ayudé a llevarlos a su boca.
Estaba muy pálida y eso me asustaba. La besé en los labios cada vez que le colocaba un trozo en la suya.
Se ruborizó, pero los cogió y pareció feliz.
Luego la acomodé con delicadeza, apoyando su cabeza en la pared.
La miré, ahora realmente convencido. ¡Alessia Minetti era mi mujer perfecta y la hija del Capo di tutti i capi!
Gian, ya estás de rodillas ante tu suegro.
Sin querer, encontraste una mujer por la cual tu padre no va a protestar cuando te niegues a casarte con la hija de Giulano, ja, ja, ja…
—¿Hay señal? —inquirió ella, con el teléfono en la mano—. Llamo a papá y todavía no responde. Gian, ¿crees que este túnel tiene salida?