182 . SEGUIMOS BUSCANDO
ALESSANDRO:
Mi hermana Alexa todavía no estaba bien despierta, pero asentía con la cabeza mientras se levantaba con dificultad. Por suerte, el techo también se había inclinado en su lado y nos había protegido, sin aplastarnos a ambos. Rufo hizo que todos se alejaran de ella para que pudiera despertar bien.
—Sí, Ale —al fin logró hablar—. Estaba conmigo y Grigory. Cuando vi que se iba a derrumbar todo, la empujé sobre él. Cayeron en la esquina opuesta de donde estaba yo.
Salí corriendo con todos los demás, dando voces de que estaban en la esquina opuesta. Comenzamos a quitar los escombros de esa parte, preocupados porque toda el agua con la que apagamos el fuego corría hacia allí.
—¡Tenemos que impedir que el agua llene esa parte! —escuché a Franco gritar a sus hombres—. ¡Vamos, que no se diga! ¡Yo no entrené blandengues! ¡Arriba, saquen la maldita pared de ese lado!
Me detuve a mirarlos. Ellos ni siquiera se habían percatado de que no era él quien los dirigía.
Se movían como una maquinaria al grito de su coronel, que fue el primero en levantar un enorme trozo de pared y lanzarlo lejos, mientras organizaba y ordenaba sin parar.
Sentí que, tal vez, había encontrado a su relevo, ese que lo dejaría descansar por un tiempo y disfrutar de su familia.
—¡AHORA…! —El grito de Franco me regresó a la realidad.
Sin dudarlo, corrí hacia ellos, sumándome al caos organizado y obedeciendo las órdenes del coronel. Aquel hombre conocía los peligros del momento mejor que yo. Tomé su palabra como si fuera la mía propia y de inmediato me puse a hacer lo que ordenaba.
—¡Las malditas turbinas, ¿por qué no llegan?
! —exclamó Franco, notándome mientras me afanaba por apartar una pesada sección de la pared que había caído y atrapaba el paso—.
¡Alessandro, déjame esto a mí! Tú encárgate de que pongan todas las turbinas que puedas encontrar para sacar esa maldita agua, ¡o todos se van a ahogar!
La bendita piscina está entrando por aquí. ¡Muévete!
Me detuve un instante, fulminándolo con la mirada.
¿Acaso había olvidado con quién hablaba?
¡Yo era el Capo de todos los capos! Él se percató, y por un instante, un atisbo de respeto se reflejó en sus ojos.
Inclinó ligeramente la cabeza, reconociéndome como su jefe.
Era todo lo que necesitaba en ese momento.
Asentí y salí corriendo a dar las órdenes necesarias.
Silbé fuerte para llamar a los hombres que aún estaban cerca.
—¡Tráiganme todas las turbinas que puedan encontrar! —ordené a toda voz—. ¡Ahora mismo!
De repente, una figura reconocible emergió entre la confusión, con el ceño fruncido y el paso apresurado.
—Mi Capo —me llamó el Lobo, jadeando mientras llegaba hasta mí—. Están atacando su casa.
Me obligué a mantener la calma. Me había olvidado por completo de que lo había traído conmigo.
—No te preocupes por eso. Damián está allá con mi cuñada —respondí, mientras inspeccionaba el avance en la extracción del agua—. ¡Premio al que gane esa batalla y entre en ella!
El Lobo frunció el ceño, inquieto. Sabía que era un Capo muy reconocido en Rusia que no se quedaba con las manos cruzadas ante la batalla.
—¿Qué quiere decir, mi Capo? —indagó, rascándose la cabeza—. Yo puedo hacerme cargo de esa situación…
Negué con firmeza. No quería informarle que mi cuñada había convertido mi casa en un fuerte. Además, confiaba en Damián, era un capo reconocido y uno de mis mejores amigos. Sabía que con ellos allí, ningún enemigo entraría.
—No hace falta. Tú y Rufo encárguense de aquí.
Confío en que Damián y mi cuñada sabrán defender mi casa junto a los demás dragones —le dije con una firmeza que esperaba lo convenciera.
No podía permitirme flaquear frente a ellos—.
Ahora concéntrate en vaciar este lugar cuanto antes.
¿Ese es Gian? ¿Cómo salió? ¿Es que no estaba con Alessia?
Me quedé observando al joven que se acercaba. Mi interior se estremeció. Por un segundo pensé que era Gian, pero algo no encajaba.
—No, mi Capo… ese no es Gian —me aclaró el Lobo con respeto—. Ese es Grigory. Mi hijo. Huyó de Rusia. Las cosas allá se pusieron demasiado peligrosas para él después de que me acusaron de traición. Le dije que viniera aquí para esconderse. Le pido disculpas por no haberlo consultado antes.
Lo miré un instante. La guerra había desviado mi atención a cientos de frentes, pero en el fondo entendía lo que debía hacer por quienes eran fieles a mí.
—No hay problema. Hiciste bien —dije, respirando hondo—. Ahora ve y haz lo que te pedí. Necesito concentrarme en rescatar a mi hija.
—¡Sí, mi Capo! —respondió con firmeza, antes de girarse y llamar a varios hombres para poner manos a la obra.
Mientras avanzaban en la tarea de retirar los escombros, la tensión continuaba latiendo en mis sienes.
La primera habitación ya estaba prácticamente despejada, pero no podíamos detenernos.
Más allá, la entrada a la siguiente zona estaba a punto de colapsar bajo la presión del agua y los residuos acumulados. Un grito agudo y poderoso lo confirmó.
—¡¿Qué diablos creen que están haciendo?
! —la voz de Franco se alzó por encima del estruendo, deteniendo a todos como un rayo que partiera el caos—.
¡Idiotas, no sabían que no podían mover eso sin reforzar primero el puente!
¡Humberto, corre y consigue una grúa! ¡Ahora!
Tenemos que evitar que la tercera habitación también quede enterrada.
Y tú, Kenet, Alessandro, todos, escuchen bien: ¡necesitamos sogas!
Amarren los escombros más grandes a los autos y sujeten las vigas.
Esa estancia no puede venirse abajo… ¿A cuántos metros está de la segunda?
—A solo un piso —respondió mi madre Camil, cubierta de polvo pero negándose a marcharse como le había pedido antes—. Y, hijo… encontré el túnel.
—¿Qué túnel? —cuestionó Franco, fulminándola con una mirada inquisitiva.
Me giré hacia ella, asombrado por la noticia. Mamá se adelantó un poco y señaló algo en el mapa con su mano temblorosa. Contuve la respiración. Por el amor de Dios madre, dime que no es otra esperanza más… No podía entretenerme en esto. No en sus sueños e invenciones.
—Mamá, no puedo distraerme —dije, diciendo que se quedara con Kenet—. Nosotros sigamos vaciando el agua. No podemos dejar que se ahoguen.
—Alessandro, ¿estás seguro de que hay una tercera estancia después de esa? —inquirió Franco de pronto—. No se ve nada debajo de los escombros.
—Hay una tercera —respondí con seguridad—. Sigan buscando. Mi hija y Gianpiero tienen que estar en ella. ¿Encontraron algún cuerpo en la segunda cámara? ¿Ya llegaron a ella?