181 . ATRAPADOS EN EL TÚNEL
GIANPIERO:
Corrí hacia ella, ayudándola a recostarse en la pared.
Luego terminé de llenar una mochila que me había encontrado y me la puse a la espalda, regresando a ella.
Ambos nos introdujimos por la abertura, que se cerró cuando cruzamos.
Por suerte había focos que nos ayudaron a iluminar el camino.
Respiré aliviado al ver que, al cerrarse la puerta, el agua había dejado de correr.
Avanzamos despacio por el angosto túnel, hasta llegar a un derrumbe.
—¿Y ahora qué hacemos? —inquirió Alessia, asustada—. No podemos regresar, aquello se llenó de agua.
—No es muy grande el derrumbe, puedo ver el otro lado —dije, soltando la mochila y mirando a Alessia—. Siéntate aquí y abriré espacio para pasar. No temas, mientras estemos juntos podemos afrontar todo. ¿Cierto?
—Sí, mi Gian —contestó, mientras se sentaba y recostaba en la pared—. Estoy mareada, cerraré los ojos en lo que trabajas. Discúlpame que no pueda ayudar.
—Me ayudas quedándote aquí tranquila. Toma, bebe un poco de agua, te hará bien. No tengas miedo, Alessia, viviremos o moriremos juntos —le aseguré, al ver cómo le temblaban las manos y me miraba con miedo—. También come de estos
Estaba realmente preocupado. En ese momento no podíamos regresar, y si el túnel estaba sellado, nos quedaríamos atrapados allí. Y Alessia, con esa herida en la cabeza, no creía que aguantara mucho.
—No soy alérgica a nada, los comeré —contestó, extendiendo la mano—. Gracias por regresar, Gian. No sabes cuánto he llorado por no saber nada de ti. Desapareciste sin más. Me siento muy débil, creo que me voy a desmayar.
—Es que no dejas de sangrar. Deja ver la herida, cariño —dije, con preocupación.
—No, solo abrázame un poco —se negó, mientras se inclinaba hacia mí—. Ya no puedes hacer más de lo que has hecho. Tenemos que salir para que mamá o el tío Rufo me revisen. Abrázame, por favor.
Nos abrazamos un tiempo. Sentí cómo de a poco se relajaba. La volví a besar, temeroso de no poder salvarla. Cogí la mochila y la acomodé lo mejor que pude. Alessia se dejó hacer, cerrando los ojos.
—Estoy muy asustada de estar soñando y al mismo tiempo muy feliz de que estés conmigo, aunque sea de esta manera —la escuché balbucear—. Estoy feliz de que no besé ni sentí cosas con otro hombre que no seas tú.
La acomodé despacio, viendo cómo cerraba los ojos. Recé para que no estuviera sellado, pensando que en cuanto viera al Capo Mayor lo enfrentaría y le pediría que me dejara casar con su hija.
Luego de mucho trabajo, había logrado abrir un espacio por donde podíamos pasar. Lo hice primero para asegurarme de que no correría peligro mi novia, que se quejaba en su sueño. Por suerte, después que aparté las piedras, el túnel estaba limpio.
Fui a donde dormía Alessia y la desperté. Lo hizo visiblemente mareada. Luego la ayudé a pasar con mucho cuidado. Seguimos avanzando hasta llegar a un lugar donde el túnel se dividía en dos.
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Para dónde cogemos?
Me duele mucho la cabeza. Tengo frío, Gian, mucho frío —me dijo, mientras se acurrucaba aún más contra mi pecho.
La envolví con mi chaqueta, tratando de transmitirle el poco calor que me quedaba—.
Me siento muy débil. Por favor, promete que no volverás a dejarme.
Prométemelo, que cuando abra mis ojos estarás a mi lado.
—¡Lo prometo! —le aseguré, mi voz firme a pesar del temblor que sentía en el alma—. Siéntate, amor… estás echando demasiada sangre, es demasiada… —Mis palabras se interrumpieron cuando vi cómo su rostro, pálido y cansado, seguía perdiendo color.
—Tengo frío, Gian… mucho frío —repitió, con la mirada perdida—. Creo que me voy a desmayar.
No dije nada. No podía permitir que la desesperación me paralizara.
Tomé con cuidado las vendas que había improvisado.
Estaban completamente empapadas de su sangre, cálida y roja, que ahora parecía teñir cada parte de ese oscuro lugar.
Necesitaba ver el estado de su herida. Mientras trabajaba con delicadeza, le insistía con dulzura que comiera más chocolate, una mínima esperanza para darle energías.
—Tengo miedo, Gian —susurró de pronto, estremeciéndose ligeramente.
—No, no tengas miedo, vida mía, confía en mí —le aseguré, mientras luchaba con la hemorragia que no cesaba.
Era evidente: algo interno estaba roto, una vena, tal vez algo peor.
Pero no había tiempo para pensar en diagnósticos médicos, solo podía concentrarme en mantenerla consciente—. Te salvaré, amor. Confía en mí.
—No puedo caminar… estoy muy débil… —sus palabras eran apenas audibles, su fuerza parecía desvanecerse con cada segundo.
—Te cargaré. Pero no te rindas, linda, por favor —le pedí, con pánico, aunque intentaba ocultarlo tras una falsa calma—. Aguanta, come esos chocolates. Sigue luchando, porque somos una pareja perfecta, ¿recuerdas? Podemos con todo, Alessia, por favor…
Ella se llevó un pequeño trozo de chocolate a los labios temblorosos y lo mordió con esfuerzo.
—Te amo, Gian... solo a ti… —murmuró, de forma casi imperceptible.
—Yo también te adoro, linda. Tú eres todo para mí —respondí rápidamente, sacando el pequeño pomo de agua de la mochila y llevándoselo a la boca con cuidado—.
También sufrí mucho mientras no podía encontrarte, y por un instante…
por un maldito instante, pensé que te había perdido para siempre.
No quiero que vuelva a pasar eso, Alessia.
No estaba preparado para esto, para verla tan frágil. Mientras el miedo me carcomía por dentro, luchaba con cada gesto, con cada palabra. Y ahora que por fin la había encontrado, verla así me resultaba insoportable.
En aquel momento, escuché su voz débil, como un eco que intentaba aferrarse a la realidad.
—Te entiendo… Yo también… —murmuró, su mente apenas atrapando las pocas energías que le quedaban—. ¿Y ahora qué haremos? ¿Para dónde vamos a coger? Nunca había oído hablar de este túnel. Creo que papá ni siquiera sabe que existe…
Miré los dos túneles frente a nosotros. Uno estrecho, el otro un poco más amplio. La humedad y la oscuridad los hacían aún más imponentes, pero tenía que decidir.
—Vamos a ir por el más amplio —decidí, con una determinación que ni siquiera sentía de verdad.
—¿Estás seguro? —susurró débilmente, abriendo apenas los ojos, que lucían cansados y apagados.
No, no estaba seguro. Ni mucho menos. Pero la incertidumbre era un lujo que no podía permitirme en ese momento. Nos estaba consumiendo el tiempo, y Alessia estaba cada vez más pálida. No podía perder ni un minuto más.
—No, no estoy seguro —admití con franqueza, mientras recogía nuestras cosas con prisa, negándome a ceder ante el horror que me aplastaba por dentro—.
Pero si estoy contigo, nada más importa.
Escucha bien, amor, porque esto es lo único que importa: a donde nos lleve cualquiera de esos dos caminos, mientras estemos juntos, todo lo demás se resolverá. ¿De acuerdo?
Esperé una respuesta, pero no llegó. Me giré, sintiendo un nudo en el pecho, y la vi. Alessia dejaba caer su cabeza como si el peso de la vida la estuviera doblegando, apoyándola de forma desmadejada contra mi pecho.
—¡Alessia…! ¡Alessia…! —grité, sacudiéndola ligeramente, preso del pánico—. ¡Despierta, amor, despierta! No me hagas esto. No me dejes solo, linda. ¡No ahora que al fin estamos juntos! ¡Alessia, amor, Alessia! —Mi voz se quebró, y no me importó nada más.
En ese momento, mientras sostenía su cuerpo contra el mío, sentí su respiración apenas perceptible. Estaba viva, pero cada segundo contaba. No había tiempo para arrepentimientos ni para dudar. Con un último vistazo a los dos túneles, apreté los dientes y decidí.
—Aguanta, amor… solo un poco más —murmuré, alzándola entre mis brazos y sujetándola contra mí—. No puedes dejarme, Alessia. No te atrevas a dejarme solo.