¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 180 . ENCERRADO SIN SALIDA
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180 . ENCERRADO SIN SALIDA

GIANPIERO:

Me quedé observando a Alessia con los pensamientos corriendo a gran velocidad. Era la princesa de la mafia italiana, por la que todos los jóvenes competían por conquistar. Y yo, sin proponérmelo, lo había hecho. Ella, al ver que no respondía, siguió explicando, agitada.

—Para que papá no me impida casarme contigo.

Me tiene prometida al hijo mayor del Capo Cian de Milán, pero lo enfrentaré por ti, sin importarme nada —por un momento, al escucharla, me entraron ganas de saber si haría eso que acababa de decir por mí—.

Te amo, Gian, y aunque no seas hijo de un mafioso amigo de papá, no importa.

¡No me casaré con nadie más! Lo haré contigo en cuanto salgamos de aquí, si me aceptas.

¡Te lo prometo! Enfrentaré a papá por ti.

—¿En serio, linda? —pregunté, emocionado, mientras la abrazaba con cuidado. Al separarme, la besé suavemente en los labios mientras le apartaba el cabello del rostro—. Ahora concentrémonos en buscar la salida de escape. ¿Sí? Tiene que verte un médico.

—De acuerdo, espera —me atrajo y me besó profundamente. Al separarse, quedó con la frente pegada a la mía y me dijo—. No sé si estoy soñando o si esto es verdad. Pero esperaré por ti, Gian. Jamás aceptaré a nadie que no seas tú. ¿No eres mi enemigo? No me estuviste engañando, ¿verdad?

Comprendía todos los miedos y dudas que la embargaban.

Eran los mismos que había sentido yo cuando no la encontraba.

Pero ahora estábamos juntos y, como ella, no permitiría que nos separaran.

Aunque a mi mente vino la última conversación que mantuve con el Capo di tutti i capi.

¿Seguro que no te quieres casar con mi hija?

Después no vengas a pedirme de rodillas lo contrario.

¡Demonios! Me estaba poniendo a prueba y no la pasé.

Pero no me rendiría, lo enfrentaría por ella.

—Es real, Alessia. Soy yo aquí contigo. Y no, nunca te he engañado ni somos tus enemigos, todo lo contrario —me detuve al ver cómo corría de nuevo su sangre—.

Pero, linda, hablaremos después. Tenemos que salir de aquí lo antes posible.

Estás sangrando mucho. No sé por qué no se detiene si te vendé bien. A lo mejor te rompiste una arteria.

—De seguro ahorita se detiene —dijo ella, débilmente—. ¿Y mi tía Alexa con Matías, están bien?

—No lo sé. Nosotros caímos debajo de una enorme pared en la esquina que se abrió cuando toqué un ladrillo —le dije la verdad—. Lo mismo pasó con esta habitación, así que debe existir otra. Todos los refugios tienen una salida de escape.

—Puede ser. ¿Y los teléfonos no funcionan? —Siguió preguntando.

—No, el mío no tiene recepción y se rompió. ¿Traes alguno? —pregunté, esperanzado—. Aunque no creo que tenga tampoco. Estamos muy abajo, como tres pisos.

La vi mover la boca varias veces y luego poner cara de decepción. Luego rebuscó en todos sus bolsillos, despacio. Parecía que le costaba mucho moverse. Me dijo que había llamado a su padre, aunque no había recibido respuesta.

—Me duele mucho el golpe. ¿No hay calmantes ahí? —preguntó, señalando el botiquín de primeros auxilios.

—No debes tomar nada, cariño —le recordé, temeroso de que cualquier medicina aumentara el sangrado, o peor—. Te golpeaste la cabeza, es peligroso.

—¿Cómo sabes eso? ¿Estudiaste medicina? —preguntó, interesada.

Sin dejar de iluminar las paredes que nos rodeaban, le conté que mi papá había querido que fuera doctor. Pero al negarme, me puso a pasar cuanto curso de primeros auxilios había.

—Mejor quédate ahí sentada —dije, al ver que hacía el intento de ponerse de pie, pero se tambaleaba—. Tú alúmbrame y yo revisaré ladrillo a ladrillo. ¿De acuerdo? Ven, recuéstate, linda. ¡No sabes lo feliz que estoy de estar al fin juntos!

—Yo también, Gian —respondió, débilmente—. ¿Por qué no me cuentas lo que pasó después del ataque del parque, en lo que busco la salida? ¿A dónde fuiste?

—A mi casa —respondí escuetamente.

Quería que siguiera hablando. Cada vez estaba más preocupado por el sangrado de su cabeza. Mientras tocaba toda la pared, seguí interrogándola para obligarla a permanecer despierta.

—¿Y qué hacías conmigo ahora? —giré a verla un instante—. Espera, ¿escuchas eso? ¿Creo que llegaron a la otra habitación?

Corrí a la puerta de entrada y la abrí de un tirón, solo para ver cómo un mundo de agua entraba y que la escalera estaba sellada con escombros. ¡No debí abrir la maldita puerta! Con gran trabajo la cerré de nuevo, viendo cómo el agua seguía entrando y subiendo de nivel.

—¿Son ellos? ¡Papá no me va a dejar aquí abajo, Gian, eso te lo puedo asegurar! —Dijo Alessia, con una seguridad que me sorprendió—. ¡No se marchará hasta que me encuentre! Así que es mejor si nos quedamos aquí.

Siempre había escuchado decir a mi padre que el Capo Mayor jamás dejaba a uno de los suyos abandonado. Y estábamos hablando de su princesa. No lo creía capaz de dejarme a mí tampoco. Yo era el hijo mayor de uno de sus mejores amigos y socios.

—No podemos quedarnos aquí, tenemos que irnos, Alessia —dije, con firmeza—. Mira cómo se está llenando de agua. Debemos encontrar la salida pronto, linda.

—Gian, ya sabes quién soy, la princesa de la mafia.

No me trates como una niña mimada que tienes que proteger de lo malo —me dijo de pronto, poniéndose de pie con más firmeza de la que esperaba—.

Papá me entrenó muy fuerte y mamá me enseñó a vendarse, así que apriétame bien duro.

Eso detendrá la hemorragia. ¡Tú solo no vas a encontrar la salida de escape a tiempo! ¡Nos ahogaremos aquí!

La miré con admiración. Tenía razón. Era Alessia Minetti. Saqué una nueva venda del botiquín y le envolví bien la cabeza, apretando fuerte como me pidió. Luego la ayudé a colocarse frente a una pared, mientras iba a la otra.

—Espera, Gian, vamos a pensar. Mira dónde está la entrada —me interrumpió Alessia—. Entonces, la salida debe estar en el lado opuesto. Concentrémonos en esta pared.

—Tienes razón —estaba tan asustado por ella que no había pensado en eso.

Siempre papá hacía las salidas de escape en el lado opuesto de la entrada. Nos dedicamos a tocar ladrillo a ladrillo, hasta que Alessia sintió cómo uno se hundía y una estrecha puerta se abrió.

—¡La encontré, Gian, la encontré! —gritó, emocionada, agarrada de la pared.

—¡Bravo, linda! Tenemos que darnos prisa.

Observa cómo el agua está entrando. Tomaré algunas cosas porque no sabemos a dónde vamos a ir a parar.

Iré primero, tú no te separes de mí —le indiqué, mientras recogía el contenido de los botiquines, seguro de que lo necesitaría.

También escogí varias botellas de agua y dulces—.

Lo más mínimo que sientas, cariño, dímelo.

¡No me ocultes nada, amor! Es importante…

Y, Alessia, también te amo con todo mi ser y lucharé por ti.

—Gracias, Gian —se detuvo, tendiendo las manos hacia mí—. Estoy algo mareada, pero puedo caminar si me ayudas. No quiero ahogarme aquí.