¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 178 . ATACANDO POR TODAS PARTES
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178 . ATACANDO POR TODAS PARTES

CAPO CIAN:

Me encontraba en una reunión en Milán junto a otros mafiosos, ajenos a lo que estaba sucediendo en Roma. De pronto, mi teléfono vibró insistentemente. Lo saqué y vi que estaba iluminado con un gran círculo rojo. Inmediatamente recibí una llamada de Alessandro Minetti padre.

—Cian, escóndete. Van por ti y tu familia. Avisa a todos —me dijo al otro lado de la línea y colgó sin más explicación. Me puse de pie de un salto.

—Giancarlos, sígueme — Salí junto a mi hijo, que me siguió sin preguntar nada.

Habíamos acabado de descubrir un posible sospechoso traidor, que hasta ese momento había trabajado muy estrechamente con nosotros. Era el encargado de todas las negociaciones de armas que teníamos en la provincia. Era el segundo del capo Giulano.

—¿Qué pasa, papá? —me preguntó Giancarlos, mientras me seguía.

—No hables y sígueme —le dije en voz baja—. Tenemos que llegar rápido a salvar a tu madre.

—¿Qué quieres decir con salvar a mamá? —preguntó, asustado.

—¡Maldita sea! ¡Haz lo que te digo! —exploté, con el corazón latiendo acelerado. Amaba a mi esposa y no quería perderla—. Tenemos que llegar antes que los desgraciados que van por ella.

Llamé a mi esposa principal, la única que me interesaba salvar. Podría tener cientos de mujeres, pero ella era mi todo. Respiré aliviado al saber que no estaba en casa. Me dijo que en esos momentos iba rumbo a un restaurante, que la habían invitado a cenar unos conocidos.

—No vayas, querida, es una trampa —le pedí de inmediato—. Dile al chofer que te lleve inmediatamente a la casa que tiene el refugio y espéranos allá.

—¿Qué es lo que pasa, Cian? —preguntó, asustada.

—Nos están atacando. Por el amor de Dios, querida, haz lo que te digo sin preguntar y no te muevas de allí hasta que yo te avise —le pedí, temiendo que ya la estuvieran siguiendo—. Nosotros vamos en camino para allá. No le digas nada a nadie.

—Está bien, querido, pero no te demores —aceptó, como siempre.

Respiré aliviado. Mi esposa era una mujer muy inteligente.

Juntos habíamos creado este imperio debajo de los Minetti.

Después de terminar de hablar con ella y de dar indicaciones a los hombres que la cuidaban, me giré hacia mi hijo menor, que trataba infructuosamente de llamar a Gianpiero, sin resultados.

—Giancarlos, sabes muy bien que yo no puedo irme a esconder como una rata con tu madre.

Por eso voy a dejarla a tu cuidado mientras dirijo a todos los hombres contra esos desalmados que osaron atacarnos —le dije con seriedad—.

Cuida de tu madre, hijo. Si por casualidad me llega a pasar algo, vete a Roma con ella a la casa del Capo di tutti i capi. Dejaré el avión listo para que escapen.

—Deja que vaya contigo, papá —me pidió, como siempre.

—No, tú tienes que poner a tu madre a salvo —insistí en mi orden—. Prométeme que lo harás, que no dejarás que le pase nada a tu mamá. ¡Giancarlos!

Lo vi apretar las mandíbulas y los puños mientras me observaba con los ojos vidriosos. Estaba orgulloso de mis dos únicos hijos. Sabía que me amaban y me respetaban como yo a ellos. Pero debía ponerlos a salvo junto con su madre. No podía soportar la idea de perder a ninguno de ellos.

—Te lo prometo, papá, te lo prometo —dijo al fin, para mi alivio—. Pero prométeme tú que regresarás a nosotros. Que no dejarás que te maten esos desgraciados.

—No puedo prometerte eso, pero haré todo lo posible por volver —aseguré, palmeando su hombro.

—¿Sabes algo de mi hermano? —preguntó, mirando su teléfono—. No me contesta.

—No te preocupes por él. Al lado del Capo Mayor no le pasará nada —le aseguré, aunque no sabía si estaba a salvo—. Adiós, hijo.

Una vez que mi esposa y Giancarlos estuvieron a salvo en el refugio, localicé a mis hombres y me dirigí a donde sabía que podía encontrar a los enemigos, comenzando una guerra sin cuartel. En ese momento estaba en un gran dilema, porque no sabía con quién podía contar y con quién no.

Por algo el Capo di tutti i capi me había dicho que investigara a todos los hombres en Milán, que hasta ese momento habían sido completamente fieles al capo mayor.

Estaba en eso cuando vi aparecer a los padres de los pelirrojos que trabajaban en Roma con él.

Venían escapando de otros que los perseguían.

Sin pensarlo dos veces, saqué una bazuca que tenía y volé por los aires a los enemigos.

—¿Qué es lo que pasa, Cian? —preguntó de inmediato el padre.

—No lo sabemos —contesté, con la verdad—. El caso es que tenemos una enorme cantidad de traidores y no sé con quién contar en estos momentos.

—Yo sé una manera de que lo sepas —dijo, para mi asombro.

El padre de los pelirrojos sacó su teléfono para llamar a su nieta Lucila, que inmediatamente le respondió.

Le explicó la situación de lo que estaba sucediendo en Milán y ella dijo que se haría cargo inmediatamente del caso.

Mi teléfono sonó, mandando un signo que solo conocían los verdaderamente fieles a Alessandro Minetti.

Ellos se ponían en aviso si algo grave sucedía.

—Todo el que tenga ese signo es fiel, Cian. Había olvidado alertarlos. Nadie sabe que son de la mafia, ni siquiera tú —me informó con serenidad—. Ya los alerté, irán a ayudarte. El signo lo tienen en su mano derecha. Disculpa, Cian, es que esto acá es una locura.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, preocupado—. Lucy, ¿mi hijo Gianpiero está bien?

No obtuve respuesta. Escuché un sollozo ahogado al otro lado antes de colgar. Sentí como si me hubieran arrebatado el aire. Me tambaleé hacia atrás, cubriendo mi rostro. Mi hijo no podía haber caído. El dolor era como si alguien clavara un cuchillo en mi alma y luego lo retorciera.

—¿Qué sucede? —preguntó de pronto el padre de los pelirrojos—. ¿Le pasó algo a tu hijo?

Negué con la cabeza. No podía ser verdad. Mi Gian estaba muy bien entrenado, no era fácil de eliminar. Se lo había encargado a mi Capo, y él jamás me había decepcionado. Esta vez no iba a ser diferente. Tenía que concentrarme o era un hombre muerto.

—Tenemos que ir para el refugio —dije, mientras guardaba la bazuca—. Allí citaré a todos los nuestros. Vamos.

Tenía que resistir hasta que llegara ayuda. Si los padres de dos de los hombres más fieles de Minetti habían venido a refugiarse conmigo, tarde o temprano llegarían ellos también.

—Tenemos que resistir. Vayamos a mi refugio, allí nadie podrá entrar —ordené a todos los que me seguían—. El Capo di tutti i capi no nos abandonará jamás.