¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 177 . EN MEDIO DEL RESCATE Y LA GUERRA
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177 . EN MEDIO DEL RESCATE Y LA GUERRA

ALESSANDRO:

Tomé grandes bocanadas de aire antes de responderle a Rufo.

Mi mirada se fijó en Miguel, que estaba junto a él, con el torso vendado y un semblante que evidenciaba el dolor.

Antes de que pudiera procesar del todo lo que sucedía, mi esposa, hecha un manojo de nervios, corrió hacia él, visiblemente asustada.

—¿Qué pasó, Migue? —preguntó mientras lo revisaba nerviosamente. Sus manos recorrían torpes y temblorosas el vendaje.

—Era una encerrona, Ale —explicó Rufo de inmediato, mientras ayudaba a su pareja a sentarse en el banco que alguien acababa de poner—. Te lo dije, esa muchacha es una diabla. Lo había invitado para ayudarme, y mira… por poco lo mata. Le disparó a quemarropa.

No podía creer lo que estaba escuchando. Cada palabra era un golpe. No era suficiente con estar asediados por todas partes, con los frentes que la familia trataba de contener. Ahora esto… Rufo seguía hablando con un temblor perceptible en su voz, mientras yo intentaba asimilar.

—Teníamos que venir cuando lo supimos. Por suerte, la herida no es seria.

Migue se giró justo a tiempo y esquivó el disparo.

Solo es un rasguño, aunque sí pareciera más grave —agregó rápidamente, como intentando calmar mi evidente preocupación—.

Ya le cogí los puntos, pero no quiso quedarse en casa.

Insistió en venir. ¿Ya han llegado a la entrada?

¿Es verdad que están allá abajo? ¿Sabes algo de Alexa y Alessia?

¿Pudieron llegar al refugio? ¿Marcaste el dispositivo de localización de su muela?

—¡Detente! No me interrogues, Rufo. Sí, a todas tus preguntas.

Ya intenté comunicarme, pero sin éxito. No hemos llegado a la entrada porque el combustible aún no ha terminado de arder —respondí, mientras miraba al equipo que trabajaba afanosamente—.

Están cerca de controlar las llamas. Tengo la esperanza de que Alexa, al estar con ellos, me haya hecho caso y haya bajado hasta la tercera habitación.

La primera ya colapsó. No quiero pensar en otra cosa, Rufo. ¡No quiero!

Me giré de espaldas, incapaz de sostener la angustia que me apretaba el pecho.

Sentí el estallido de un sollozo incontrolable.

Rufo, como siempre, supo qué hacer. Se acercó de inmediato y me envolvió en un fuerte abrazo, ocultando mi debilidad de todos.

Me aferré a él con desesperación. Era más que mi amigo, era mi hermano, mi fortaleza en los momentos más oscuros.

Al separarnos, sus ojos se clavaron en los míos, firmes y decididos.

—¡No lo pienses así! —dijo con dureza—. Tu hermana Alexa es muy juiciosa.

Si le pediste que bajara con ellos, ella lo hizo, estoy seguro.

Debemos encontrarlos. Ale, no te caigas justo ahora.

Llegué aquí para sacarte adelante, ¡vamos!

—sus manos temblaron levemente mientras secaba la humedad que había brotado de mis ojos—.

Están allá abajo, lo sé. ¡Conocemos a tu hermana!

Pero dime, ¿has pensado en mandar a hacer un túnel?

—¿Un túnel? —pregunté con sorpresa, como si un relámpago me recorriera los oídos.

—Por el otro lado, Ale —respondió con decisión—. Será difícil, pero no imposible.

De repente, en ese instante de tensión, mamá se aproximó con aire resuelto, llevando consigo los planos de la casa y acompañada de mi padre.

—Ya le dije a Acher —anunció, como si su sola presencia fuese un punto de inflexión—. Tu papá me recordó que antes existía uno, que tu abuelo lo llevó a recorrerlo una vez.

—¿Un túnel en esta casa? —Rufo y yo preguntamos al unísono, perplejos.

Papá avanzó hacia mí con el mapa abierto entre sus manos, apuntando con el dedo una línea del trazado mientras me explicaba.

—Sí, tu bisabuelo lo construyó —aseguró, ante mi incredulidad—. Tu abuelo sí sabe dónde está. Esto era precisamente para casos como este, una vía de escape.

La seriedad en su rostro me hizo reconsiderar mis dudas. Era difícil imaginar que mi abuelo hubiese mantenido algo así en secreto, pero las circunstancias exigían que creyera cada palabra que saliera de su boca. Si había una salida, íbamos a encontrarla.

—¡Todo refugio tiene una salida de escape! —insistió papá, mientras presionaba nerviosamente los botones de su teléfono—. Pero no logro comunicarme con tu abuelo. No entiendo qué puede haber pasado.

—Porque mandé a que lo llevaran a su cuarto y lo sellaran —le respondí, sacando igualmente mi móvil y buscando furiosamente el número que necesitaba—.

Avísenle a Lucy. Es la única que podrá localizarlo.

Que mande ese maldito robot que hace exploraciones subterráneas.

¡Ese aparato lo necesitamos ahora mismo!

El aire era asfixiante. Las vigas aún chisporroteaban, resistiéndose a dar su última lucha contra el fuego.

Un muro de humo se interponía entre nosotros y lo que sería la entrada al refugio.

Todo lucía como el escenario desquiciado en que las llamas llevaban la destrucción y mi adorada hija estaba quizás siendo engullida por ellas.

—Tienes que ayudarme, papá. ¿No te acuerdas dónde estaba ese túnel? —le dije a mi padre, con impaciencia, con la imagen de lo peor en mi mente—. ¡Tienes que recordar!

Un fuerte ruido me hizo girar la cabeza, aterrado.

Los hombres se detuvieron, muchos con las manos en la cabeza, y mi corazón pareció detenerse.

El suelo del refugio había cedido. No había tiempo para pensar, solo sentir el miedo palpitante apoderarse de todos nosotros.

Corrimos a sacar los escombros sin pronunciar palabra alguna, porque las palabras no servían en ese momento.

El miedo estaba grabado en cada rostro, en cada movimiento apresurado, y el peso del silencio era tan opresivo como las piedras que movíamos.

—¡Levanten esa maldita pared! —escuché la voz como un trueno del coronel Franco, resonando entre las ruinas—. ¡Maldita sea, que no se diga! ¡Ahora mismo!

Los hombres reaccionaron como si una descarga eléctrica los hubiera atravesado.

La voz del coronel los había embrujado, transformándolos en una maquinaria sin voluntad propia.

Y yo, incapaz de pensar, me uní a ellos, movido por la desesperación, obedeciendo solo con la esperanza de encontrar vivos a mis seres queridos, o al menos… al menos recuperar sus cuerpos.

—¡Hay unos cuerpos aquí! —gritó de pronto uno de los hombres.

—¿Están vivos? —pregunté con todo el aire que tenía en mis pulmones. Pero mis piernas se negaron a moverse. Era como estar atrapado en una pesadilla, en una arena movediza de miedo. Nunca en mi vida había sentido algo tan cercano al pánico puro.

—¡Son la señorita Alexa y el señor Matías!

—quien gritó esta vez me arrancó de mi parálisis.

Mis pies al fin reaccionaron y corrí desesperado, sin aliento.

Allí la vi. Alexa. Mi hermana estaba tirada en el suelo húmedo y oscuro del refugio destruido, con su pequeño cuerpo protegiendo al jefe de seguridad de Alessia, Matías.

Su fragilidad me arrancó el corazón. Pero no…

no había rastro de ella, no había señales de mi hija.

—¡Sáquenlos de inmediato! —recuperé la voz y grité.

Los hombres se apresuraron a obedecer. Sujetaron a mi hermana y al cuerpo semiinconsciente de Matías.

Para mi alivio, vi cómo mi esposa, como si un resorte la hubiera impulsado, se inclinó rápidamente sobre ellos.

Su instinto de doctora fue más fuerte que el miedo que nos cercaba, ese miedo insondable al vacío, a la pérdida, al silencio de Alessia.

Podía notar en la manera en que sus manos temblaban mientras revisaba a mi hermana y al jefe de seguridad que estaba aterrada.

Su mente se enfocaba en sanar, en examinar, en diagnosticar, porque necesitaba hacer todo menos pensar en la posibilidad de que nuestra hija estuviera muerta. Pero lo estábamos. Aterrorizados.

—¡Reacciona! ¡Alexa, mírame!

Finalmente, su pecho se sacudió con un fuerte jadeo. Viva. Estaba viva, y con ese pequeño alivio llegó una nueva ola de temor.

Todos la rodeamos, expectantes. Su rostro estaba desencajado, las palabras tardaban en llegar. Y por fin rompí el silencio.

—¿Y Alessia? —La pregunta escapó de varios al unísono.

Me arrodillé junto a ella, sintiendo que mi alma se desgarraba por el terror de la respuesta que temía escuchar.

—¡Dime que bajó contigo, Alexa! —grité a su lado, con el corazón atenazado por la angustia. Mis manos temblaron al tomar las suyas—. ¡Dime que mi hija obedeció mi orden esta vez!