176 . ENCERRADOS EN EL REFUGIO
GIANPIERO:
Desperté y me vi cubierto por un enorme trozo de pared que había caído encima de nosotros. Por suerte, hizo una pequeña inclinación al apoyarse y dejó una abertura donde nos refugiamos los dos.
—Alessia —la llamé, pero no me respondió—. ¡Alexa, Matías! ¿Están bien?
No obtuve ningún resultado. Por mucho que lo intenté, no podía distinguir nada por la oscuridad que nos rodeaba.
Palpé la cara de Alessia, que permanecía inconsciente, y me di cuenta de que estaba sangrando de la cabeza.
Con mucho esfuerzo, traté de quitarme la camisa, porque el espacio era muy estrecho, y la envolví intentando recostarla en la pared.
Al apoyar la mano en un ladrillo, este se hundió, se abrió una puerta y rodamos por una escalera hasta ir a parar a otra habitación, seguidos de una gran cantidad de escombros que cerraron la abertura.
—¡Maldición! ¿Estás bien, Alessia…? —Traté de despertarla en medio de la oscuridad—. Alessia…, Alessia, despierta, linda…
No obtuve respuesta. Seguía inconsciente.
Recorrí todo su cuerpo con mis manos, tratando de adivinar si estaba herida en alguna otra parte, al tiempo que le quitaba todos los escombros que la cubrían.
Saqué mi teléfono y me di cuenta de que se había roto.
Así que continué con mi tarea. Cuando al fin la liberé, la tomé en mis brazos, en la oscuridad, y avancé despacio hacia donde sentía que estaba libre. La coloqué en el piso con sumo cuidado.
Me percaté de que debía ser otra habitación de refugio, como la que habíamos estado anteriormente.
Tanteé la pared hasta encontrar diferentes puertas en busca de algo que me permitiera iluminar el lugar, hasta que di con unas linternas que encendí al instante y corrí hacia Alessia, que seguía desmadejada, sangrando por su cabeza.
Tenía una gran herida en la parte posterior de la cabeza.
La cargué y la acomodé en una cama que había allí.
Luego me dediqué a buscar en los estantes adosados en la pared hasta que encontré el botiquín de primeros auxilios, igual al que había visto en el cuarto de arriba.
Con cautela, traté de abrirle el cabello, desinfectar y vendarle la herida, logrando que el sangrado se detuviera un poco.
Me puse a rebuscar en lo que me rodeaba y me di cuenta de que teníamos agua y comida para varios días.
Guardé la esperanza de que seguro nos iban a encontrar, porque escuché claramente cuando ella le decía a Alexa que el Capo Mayor les ordenó que bajaran al tercer nivel.
Eso quería decir que existía otra habitación.
Así que empecé a observar atentamente toda la pared hasta dar con un ladrillo que me pareció sospechoso.
Lo apreté, este se hundió y se abrió otra puerta.
Me introduje por ella. Después de bajar unos cuantos escalones, llegué a una mejor habitación que donde estábamos.
Regresé, cargué a Alessia y la llevé a la nueva estancia.
Después de acomodarla bien en la cama y cubrirla con una colcha, comencé a trasladar todo lo que encontré antes, cerrando la puerta al terminar, porque comenzó a colarse una gran cantidad de humo y agua.
Entonces cogí unas colchas y las puse debajo de la puerta.
Me quité todo el disfraz de Grigory, que estaba lleno de polvo, y me acosté junto a Alessia, que se quejaba en su sueño.
—Todo va a estar bien, Alessia, todo va a estar bien, solo despierta —le susurraba, mientras trataba de mantenerme tranquilo.
Ella, al sentirme a su lado, se giró y se metió en mis brazos. Abrió los ojos un instante y me miró fijamente, diciendo:
—Gian, ¿viniste por mí? ¿Eres mi Gian? —susurró, abrazada y emocionada, algo que me asombró—. No vuelvas a dejarme, por favor.
—¿Alessia? ¿Eres mi Alessia? —pregunté, ilusionado.
—Sí, soy tu Alessia y tú eres mi Gian. ¿Por qué demoraste tanto en venir a buscarme? —Siguió diciendo, mientras se estrechaba más a mí—. Te extrañé. No vuelvas a dejarme, no vuelvas a hacerlo. No sabes cuánto he sufrido. No me dejes, Gian, no me dejes, por favor.
—¡Jamás, vida mía! ¡Jamás! —respondí, emocionado, devolviendo el abrazo de igual manera. Enfoqué la luz para mirarla y le limpié el rostro—. ¿En serio eres Alessia Minetti, la hija del Capo di tutti i capi, y mi novia?
Trataba de contenerme, aún sin poder creer que fuera cierto. Ella me miró a los ojos y respondió, al tiempo que intentaba sentarse.
—Sí, sí, soy todo eso, soy…, soy… —volvió a desmayarse de nuevo en mis brazos.
Podía ser que la chica se hubiera quedado con la misión en su mente. Pero la ilusión de que fuera ella me embargó. La observé detenidamente. ¡Era ella!
La abracé muy fuerte, feliz de que fuera mi Alessia.
Lo sabía, era demasiado lo que me hacía sentir.
Era su novia, su pareja perfecta. Me dediqué a limpiarle el rostro y sonreí al ver que, sin maquillaje, era mi linda novia.
No tenía dudas. La besé suavemente en los labios hasta que abrió los ojos y me miró.
—Todo va a estar bien, amor, descansa ahora —le dije, con una sonrisa.
—¿Gian, no estoy soñando? —preguntó, con un hilo de voz.
—No, linda, soy tu Gian —respondí, nerviosamente—. ¿Te duele mucho?
Alessia no respondió. Solo me abrazó llorando y se durmió. No le dije nada. Miré a mi alrededor, tratando de ver si había alguna salida. Estaba muy agotado y me dolía terriblemente la espalda. Había, de cierta manera, aguantado la pared con mi cuerpo y eso me golpeó.
Al ver que no podía hacer nada, apagué la luz para ahorrar batería.
Sabía que nos buscaban y necesitaba descansar un poco también.
Ahora no me importaba nada, solo salvar a mi linda novia.
Lo demás lo enfrentaría. Aceptaría la oferta del Capo Mayor y me casaría con la princesa de la mafia, Alessia Minetti.
Tendría que arrodillarme ante él, pero lo haría mil veces si era por su amor.
¡Sí que le gustaba al Capo jugar con nosotros!
¡Mira que ponernos juntos disfrazados! No sabía que era tan desconfiado, pero menos mal que lo descubrí.
Al menos nos puso juntos. Eso solo significaba que me aceptaba como el novio de su hija, pues pudo traer a Grigory, el hijo del Lobo, perfectamente, pero me llamó a mí.
Eso era un gran avance. Abrazaba a Alessia, feliz y asustado a la vez. Ella seguía quejándose y sangrando por su herida. No importaba, lo haría mil veces si era por su amor.
—Duerme, linda, todo va a estar bien. Nos encontrarán —la estreché muy fuerte, asustado de ver que seguía empapando el paño de sangre—. No temas, estamos al fin juntos y nunca más me separaré de ti.
Pero mi mente buscaba la manera de avisar a los que estaban afuera buscándonos que estábamos vivos. ¿Pero cómo?