175 . ESTAMOS EN GUERRA
ALESSANDRO:
Observé la casa en ruinas, donde se encontraban muchos hombres apagando el fuego.
Otros estaban quitando las piedras que habían caído encima de donde estaba la entrada que daba al sótano, donde tenían la esperanza de que se encontraran todos refugiados.
El fuego les costaba mucho trabajo controlarlo, porque habían explotado los autos que estaban en el sótano.
Mientras tanto, otros combatían para no dejar entrar a los enemigos.
Inmediatamente me puse a dirigir a todos mis hombres. Por suerte, seguían llegando otros que se ponían a ayudar a apagar la casa. En la entrada se podían escuchar los disparos. Franco tomó una llamada que le hizo Annette, informando que la habían llevado a mi casa.
—No se muevan de ahí y hagan todo lo que les indique Damián —lo escuché ordenar a mi lado—. Dile a Humberto que lo necesitamos en la casa de refugio y que venga con todo el pelotón. Tienen diez minutos para llegar, es de vida o muerte.
—¡Ellos se fueron en un helicóptero hace unos minutos! —escuchamos a Annette decir—. Pero esto se está poniendo feo, Franco.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, mirándome con preocupación.
—No sé qué pasa, pero solo se escuchan explosiones y unas ametralladoras disparando —explicó Annette, preocupada—. Nos están atacando y no hay muchos aquí.
—Vete junto a la cuñada de Alessandro que se llama Lucila. Ella dirige todo. Ayúdale en lo que puedas —le pidió Franco, para mi complacencia.
—No te preocupes, le pago a quien pueda entrar en mi casa —le dije con firmeza—. Concentrémonos en apagar el fuego.
Ambos corrimos a donde mis hombres luchaban desesperadamente tratando de que el fuego no llegara a la esquina del sótano. Todos sabíamos que allí estaba la escalera que daba a la puerta del refugio. Los escombros eran muy grandes y se dificultaba llegar a ese lugar.
—¿Los tanques de agua dónde están, Ale? —preguntó mamá, que corría como todos los demás tratando de ayudar.
—Mamá, mejor te quedas con Lily —le dije en cuanto la vi—. Para que no te vaya a pasar nada.
—Alessandro, deja de decir estupideces y explota los tanques de agua —dijo muy seria—. También pon una turbina de la piscina.
—Si explotan los tanques de agua se van a ahogar, mamá. ¿No entiendes eso? Están en los refugios, el agua inundará todo. Eso no tiene salida —expliqué, sintiendo que me estorbaba.
—¿Qué no tiene salida? —preguntó, desconcertada—. ¡Todos los refugios tienen una salida de escape!
—¡Mamá…! —Grité, desesperado, y corrí a ayudar a quitar los escombros de encima del sótano.
Pero ella es mi madre. La vi quedarse pensativa, mirando para todas partes, mientras los hombres corrían de un lado a otro.
Los bomberos llegaron en ese momento, pero no los dejaban pasar porque no sabían si eran amigos o enemigos.
Al mismo tiempo, Humberto llegó con el pelotón de la muerte, es decir, mi cuerpo élite que era de Franco, matando a todo el que nos estaba atacando.
Por suerte les quitaron los carros a los bomberos, que resultaron ser enemigos, y entraron con ellos, comenzando a apagar el fuego.
—Tenemos que levantar esa pared que cayó encima de la esquina donde está la entrada para ir al refugio —ordené, desesperado, viendo cómo Kenet levantaba las piedras—. ¡Eviten que el agua vaya para allá!
—¡Tiene que estar ahí abajo, tiene que estar ahí abajo! —repetía Kenet, mientras trataba de levantar enormes trozos de concreto y demás cosas que lo cubrían todo, desesperado—. ¡Mi hermana tiene que estar viva! ¡Tiene que estarlo! ¡Alessia…, Alessia…!
—¡Kenet, ten cuidado, hijo! —Le grité, sacándolo a tiempo de que lo aplastara una pared—. ¡Hijo, con Alessia es más que suficiente! ¡Sal de ahí ahora mismo!
—Papá, Ale…, Ale… —balbuceó, desconsolado.
Era la primera vez que veía a mi hijo perder el control sobre sus emociones. Al verlo tan asustado, lo estreché muy fuerte, aguantándome el miedo que también me inundaba. Aunque todavía mantenía la esperanza de que hubieran escuchado mi orden de seguir hasta el tercer refugio.
—Está allá abajo, no estorbes. Deja a los hombres que realicen su trabajo.
Ve a ayudar a apagar el fuego, o mejor cuida de tu madre, que está aterrada —dije, señalando a Lilian, que miraba con los ojos muy abiertos las llamas que consumían la casa, mientras abría y cerraba la boca como si quisiera gritar y no podía—.
Cuídala, Kenet. Mira el estado en que se encuentra tu madre.
Capaz que cometa una locura; la conocemos.
No dejes que se acerque aquí. Confío en ti, hijo.
Deja que me concentre en sacar a tu hermana de allá abajo.
¿Capisci? Vamos, hijo, reacciona. Te necesito fuerte.
—Está bien, papá —me abrazó de nuevo—. Salva a mi hermana, que yo cuido de mamá y abuela.
Lo vi alejarse corriendo hacia Lilian y abrazarla.
Respiré aliviado y caminé hacia donde Franco, que al ver llegar los hombres de su pelotón, se puso a ordenar cosas de inmediato.
Hizo que muchos de ellos entraran por los escombros, dirigidos por él mismo, hasta ir a dar a la esquina que les indiqué, donde estaba la puerta.
Una columna completa la bloqueaba y nos era imposible entrar por ella.
—Sería más fácil si la explotamos —dijo el pelirrojo Acher, que llegó con los hombres de Humberto.
—No podemos hacer eso, porque no sabemos si están en el primer cuarto o bajaron hasta el tercero, como le dije a Alessia —les expliqué—. ¿Alguien sabe algo de Rufo?
Necesitaba a mi consigliere. Rufino mantenía su sangre fría sin importar lo que sucediera a nuestro alrededor.
Y en ese momento había muchos frentes que debía estar dirigiendo: el fuego y el rescate, los tipos que seguían disparando queriendo entrar.
Y estaba seguro de que nos iban a atacar sabiendo que nos tenían vulnerables allí.
—¿Dónde demonios está Rufo? —ordené—. ¡Búsquenlo! ¡Ahora!
Seguí dirigiendo todo mientras corría alrededor junto a los míos.
Seguimos luchando por quitar todos los escombros que cubrían la entrada para bajar.
Al fin lo logramos, aunque el fuego nos impedía continuar.
Mi mirada se detuvo en un punto. Se estaba quemando un gran depósito de combustible que, luego de explotar, hizo que tuviéramos que esperar. Una palmada en mi hombro me hizo girar.
—¡Al fin llegas, Rufo! —Me alegré al verlo sano y a salvo.
—¿En qué puedo ayudarte, mi Capo? —dijo de inmediato, mientras miraba a su alrededor—. ¿Quiénes están ahí abajo?
Por un momento me quedé observando a Rufino, que llegó en compañía de Miguel. Abrí la boca tratando de decir que ahí abajo podían estar muertos Alessia y mi hermana Alexa, junto con los demás. Pero mi garganta se negó a decir: "mi hija está posiblemente muerta."