174 . EL ATAQUE
ALESSIA:
Mientras hablaba con papá, seguía a los demás que ayudaban a Matías.
Bajamos hasta el sótano, donde la tía Alexa abrió una extraña puerta.
Al entrar había otra de hierro que también abrió.
Entramos justo a tiempo para escuchar una enorme explosión encima de nosotros.
Gian se apresuró a cerrar la gruesa puerta de hierro.
—Creo que volaron el helicóptero y cayó encima —dijo, mientras nos miraba a todos.
—Eso parece —contestó la tía Alexa, con esa serenidad que nunca pierde—. Ven a ayudarme con Matías. Alessia, abre esa puerta de allí y saca el botiquín de primeros auxilios. Tengo que extraerle la bala o se desangra.
—¿Tú sabes hacer eso, tía? —pregunté, asustada, mientras corría a hacer lo que me dijera—. Pa…, digo, el Capo Mayor dijo que bajáramos hasta el tercer nivel del refugio. Me advirtió de que no nos quedáramos aquí, es muy peligroso.
—Lo haremos, pero deja que le saque la bala a Matías o no va a llegar ni al segundo —contestó mi tía—. Creo que ya nuestros hombres los deben haber neutralizado.
—Pero, tía, papá… —traté de insistir.
—¡Haz lo que te digo! —Gritó mi tía, por primera vez en mi vida desde que la conozco—. ¡Es una orden!
Aunque quería hacer lo que me ordenó mi padre, obedecí lo que dijo mi tía.
Mientras Gian le quitaba la camisa a Matías y luego lo acostó en una cama, mi tía Alexa se lavó las manos, tomó unas pinzas y con meticulosa precisión le extrajo la bala.
Luego le vendaba la herida, indicando que ya podíamos continuar.
Justo cuando estábamos listos e iba a abrir la siguiente puerta, una enorme explosión hizo que todo se estremeciera.
—¡Cuidado…! —gritó Gian, empujándome con todas sus fuerzas.
Solo atiné a ver a Gian saltar hacia mí. Me atrapó, girando conmigo, cayendo ambos al piso. Vi cómo el techo venía a caer encima de nosotros. Pero en el último momento, Gian se giró y me cubrió con su cuerpo, y todo se volvió negro.
ALESSANDRO:
El piloto levantó una mano con cinco dedos.
Volví a sentarme, desesperado. Seguí escuchando al Lobo.
Katrina, que era como se llamaba la chica que teníamos ingresada en el hospital, estuvo de novia de su hijo Grigory.
Al final, era para que le averiguara cómo era Kenet, si conocía detalles de su cuerpo.
—Quería que la albergara en mi casa cuando ustedes fueran la otra semana. También, ver si mi hijo se les unía —lo miré, con impaciencia—. Grigory se negó, y de ahí surgieron muchos problemas con esa chica. Es igualita a su abuelo Víctor.
—Al parecer lo que dijo Rufo es verdad —dijo Franco al escucharlo—. ¿Qué hacían entonces Eleonora y Ronaldo escapando con ella?
—Parece que la atraparon cuando el doctor la tenía anestesiada —dijo Lilian, que se mantenía apretada al lado de mis padres—.
La cogieron para cambiarla por la verdadera hija tuya, Franco.
Pero los hombres que la cuidaban los persiguieron.
Eleonora y Ronaldo se mataron en el accidente.
Esa chica que se llama Katrina escapó milagrosamente, porque dice que no conoció a quienes llegaron.
Me lo dijo todo, aún estaba drogada de la anestesia.
—¿Le cambiaste el rostro al de mi verdadera hija? —preguntó Franco—. ¡No quiero que tenga el rostro de mi madre!
Lilian negó con la cabeza. Por suerte, Kenet le había ordenado a la enfermera que la vigilara. La grabó hablando en ruso. Luego esperó a que la anestesia comenzara a actuar y la interrogaron. Lo había dicho todo.
—Además, Franco, hice lo que me pediste. Esperé los resultados de la prueba de paternidad, que dieron negativos —siguió diciendo Lilian—. Lo que hice fue quitarle el aspecto que tenía de Kenet. Ya no se le parece en nada.
—¿Y por qué te demoraste tanto con ella, Lily? —pregunté, intrigado.
—La estaba interrogando —contestó de inmediato.
Lo habían grabado todo. Aunque hablaba un poco enredado en ruso y porque estaba drogada. Luego la operó sola, porque Rufo no estaba. Por eso mandó a decir que la operación había salido bien, para que los hombres que la estaban vigilando se fueran.
—No se parece a tu familia, Franco —aseguró Lilian—. También le quité el lunar falso que le habían hecho para confundirte.
—¡Gracias, doctora Lilian! —Franco se inclinó delante de mi esposa—. ¿Dijo algo de mi hija?
—¡Papá…, mira! —nos interrumpió el grito de mi hijo.
Giré la cabeza solo para ver, en la distancia, una gran estela de humo negro. Mi corazón saltó acelerado. El terror se apoderó de mí. El humo salía del lugar en que estaba mi casa de campo, donde se habían refugiado.
—Eso debe ser que Lucy tumbó el helicóptero —dije, tratando de tranquilizar a todos, aunque estaba aterrado.
—¡No, papá, fíjate bien! Ese enorme fuego no puede ser de eso —me llamó la atención mi hijo—. ¡La casa se está quemando! ¡Es la casa! ¡Tenemos que ir a salvar a mi hermana! ¿Cuándo demonios vamos a llegar?
Todos miramos en la dirección que señalaba Kenet. Era verdad. Junto a la enorme columna de humo negro también se elevaban grandes llamaradas. ¡Mi casa se estaba quemando y yo mandé a todos a entrar en el refugio!
Mi teléfono sonó en ese momento, justo después de ordenarle al piloto que nos llevara a la casa. Lo tomé al ver que era mi cuñada Lucy, que me dijo llorando:
—No tuve tiempo, Ale. Aunque tumbé el helicóptero, ellos le habían disparado dos misiles a la casa. ¡Los mataron a todos! ¡La casa explotó!
—¡Nooo…! —El grito aterrador que soltó Lilian me hizo correr a abrazarla—. ¡No pueden estar dentro! ¿Dime que no están dentro, Ale?
La voz desgarradora de Lilian era un eco de la desesperación que carcomía mi propia alma. Sentí que dentro de mí se rompía en mil pedazos. Las expresiones de los rostros de cada persona que me acompañaba eran de desolación.
Tomé aire con fuerza, intentando que la angustia no me ahogara.
Tenía que mantenerme firme. Sentía que mis pulmones no podían funcionar.
Por mucho que intentaba respirar, el aire se me quedaba atragantado en la garganta.
La mirada de mi hijo fija en mí me perforaba.
El miedo en su rostro era algo que nunca había visto antes.
Las palabras de mi cuñada Lucy aún resonaban en mi oído como un mal augurio que me negaba a aceptar, mientras aterrizábamos.
—Ellos lograron entrar al refugio, ¿cierto, Ale? —murmuraba Lilian, en una súplica rota por el miedo.
¿Qué podía decirle? No lo sabía. Tampoco pude consolarla, porque en el fondo esa idea me parecía tan frágil que dolía más que el silencio.
Lucy todavía estaba en la línea, llorando.
La escuchaba murmurar palabras rotas que no tenían sentido, porque desde el instante en que vi el humo en el horizonte…
—¡Dime que no viste los cuerpos! —le grité, sabiendo que eso no haría diferencia, pero necesitaba algo, cualquier cosa a lo que aferrarme.
—No… no lo sé —sollozó Lucy—. Apenas vi la explosión desde mi posición y luego… Hay… —hizo una pausa, llena de llanto—. Hay trozos por todas partes, Ale. No creo que nadie lo lograra.