173 . LA TRAMPA QUE SE CIERRA
ALESSANDRO:
No dejaba de comunicarme con mi cuñada, que había hackeado todas las cámaras de seguridad y me iba diciendo lo que hacían los chicos.
Estaban cerca del acantilado. Humberto les había indicado que se lanzaran con las motocicletas y se escondieran en el refugio.
Iban siendo perseguidos por motociclistas y un helicóptero.
—¡Lucy, manda a todos tus drones! ¡No dejes que les pase nada! —Ordené, sin dejar de correr—. A nosotros no nos da tiempo. Alerta a todos los dragones que nos están atacando, que cuiden a sus familias.
—Ya lo hice, Alessandro. Pero veo que los chicos no hicieron lo que les dijeron del acantilado —seguía diciendo—. Matías no los pudo engañar y siguieron detrás de ellos. ¡Vaya, llegaron a la casa de campo! Están seguros. Deja mandar los drones para encargarme del helicóptero.
—De acuerdo, Lucy, sigue alerta. Mete a mi abuelo en su cuarto y séllalo con la señora Libia.
Ya vamos nosotros. ¡No dejes entrar a nadie a la casa, sea quien sea!
¿Capisci? —Esto me había tomado por sorpresa.
Habíamos caído en la trampa—. Y dile a Damián que vaya a buscar a la familia de Francesco y la traslade a mi casa.
¡Lucy, levanta todas las ametralladoras y cosas que tienes para defendernos!
¡Es muy seria la amenaza, muy seria! Pon a tus hijos Lucien y Laurent a que maten con ellas a todo el que intente entrar.
—Dime, hija. ¿Estás bien? —pregunté, con el corazón acelerado.
Me explicó la situación y le indiqué lo que tenía que hacer.
Por suerte, esa casa tenía unos buenos refugios.
Seguí dando orientaciones sin dejar de correr por el pasillo hasta llegar al elevador.
Subimos a la terraza, donde nos esperaba un helicóptero que enseguida despegó.
No dejé de dar órdenes sin cesar a todos mis hombres, mientras Franco conversaba con el Lobo, sentados a mi lado.
El Lobo le explicaba algunas cosas de esa chica que quiso hacerse pasar por su hija.
—¿Y entonces dices que la mía la tienen ellos? —preguntó Franco—. ¿Cómo sabes todo esto?
—No sé si la tienen, no investigué eso. Lo último que escuché es que se les había escapado.
Según me dijeron, es la copia exacta de Alessia Minetti.
Hasta el dragón dorado le hicieron y la marca de propiedad de ellos —respondió, para mi asombro—.
Tengo a unos hombres infiltrados dentro de ellos.
Uno me trajo esa información, pero no sabía que tenían que ver los Rinaldi. Creía que ya todos habían muerto.
—Te entiendo —dijo Franco, prestando mayor atención—. ¿Qué más escuchaste con respecto a la situación de mi hija?
—Escuché rumores de que Eleonora Conti la había transformado hasta el más mínimo detalle a semejanza de la señorita Alessia Minetti e intentaba cambiarla. Pero esa hija tuya es muy valiente —siguió contando el Lobo—. Se escapó de ellos y la cogieron cuando trataba de embarcar a Sicilia.
—¿Sicilia? ¿Mi hija iba por mí? Pobrecita, y yo sin saber nada —dijo Franco, con dolor en su corazón—. ¿Por qué no llamaste a Minetti y se lo dijiste?
—Porque sabía que mi Capo no iba a permitir eso. Cuida mucho a su hija —respondió el Lobo—. Él no dejaría que cogieran jamás a su hija, ni ninguno de nosotros.
—¡Debiste decírselo! —Gritó Franco—. ¿No sabes que la secuestraron?
El Lobo giró a verme y asentí. Entendí que él no lo supiera, porque estaba en Rusia cuando sucedió.
Al momento me pidió disculpas. Pensaba decírmelo cuando fuéramos a pasar la semana en su casa, que era la próxima.
No dije nada. Miré hacia afuera. Estábamos sobrevolando la ciudad, rumbo a mi casa de campo.
—Luego escuché que a esa chica la habían atrapado y desaparecido.
Sinceramente, no seguí averiguando —siguió diciendo el Lobo—.
Pensé que si la propia chica podía escapar aunque la atraparan, buscaría la manera de avisar quién era.
Lo otro que escuché es que está muy enamorada de su hijo Kenet. Ella se niega a traicionarlo.
—¡Es mi novia! ¡Debió llamarnos y decírnoslo! —Intervino Kenet, molesto.
Se mantenía en silencio, sentado a mi lado, listo para todo. Todos estábamos pensando lo mismo. Si lo hubiera informado antes, no hubiéramos perdido tanto tiempo ni ella sufrido tanto sola, donde quiera que estuviera.
—La vamos a encontrar, hijo —dije, tratando de que se calmara—. ¿Qué otros rumores tienen los dragones de por allá, Lobo?
—Bueno, hay muchos —dijo, con incomodidad—. El otro que circula es que usted tiene un hijo con Adelina Conti, que era mayor que Kenet.
—¿Un hijo mío? Yo solo tengo a Kenet vivo, estoy muy seguro de eso —dije, mientras llamaba a Humberto—.
¡Eso es una mentira, como tantas otras! ¿En verdad crees que esa mujer, si hubiese tenido un hijo mío, me lo hubiese ocultado sabiendo cómo yo los amo?
Ella vino queriendo recuperar su lugar, y ya lo tenía.
¡Lo hubiese utilizado para que no la metiera en el club!
Nunca dijo nada, y eso me demuestra que no es mío.
Aparte, ¡yo no dejo hijos regados, me cuido muy bien! Además, jamás toqué a esa mujer.
El Lobo de inmediato estuvo de acuerdo. Porque sabía eso, no le dio importancia. Lo vi cómo intentaba comunicarse con su segundo al mando para que cuidara de su familia. Al percatarme de eso, le di una palmada en la espalda y le aseguré que mi hombre Axel tenía ya a su familia resguardada.
—¿Algo más que deba saber? —Inquirí de nuevo.
—También se rumorea que la otra diabla, hija de Oleck, se estaba convirtiendo en tu hijo Kenet —lo miré con incredulidad, pero de inmediato recordé lo que me había dicho Rufo—. El objetivo era casarlo con Olenska. Asumirían todo después de eliminarlos.
—¿Qué locura es esa? —exclamó Franco.
Guardé silencio. Todas esas informaciones que me estaba dando eran de vital importancia. Me había concentrado tanto en el problema de mi hija que dejé que me hicieran esta trampa. Seguí escuchando al Lobo hablar de los hermanos Rostall.
—Les dije que son hijos del diablo de Víctor Rostall, que empleaba cualquier método para salirse con la suya.
Llevan muchos años planeándolo todo. El problema es que solo les nació un varón —explicaba el Lobo, con más detalle ahora que vio que eran informaciones muy importantes—.
El chico se llama Alexander, que se cree realmente el heredero tuyo, Minetti.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, interesado.
—Bueno, es hijo de tu ex. Ellos dicen que es tu hijo, mi Capo —no podía ser verdad. Ese chico que perseguía a Alessia creía ser mi hijo—. Todos le tienen miedo, con lo joven que es. En verdad los demás creen que es tu hijo mayor. Si llega a asumir cuando lo reconozcas, acabará con todos ellos.
—¡Debiste informarme de todo eso, Lobo! —exclamé, comprendiendo la magnitud de las informaciones. Era una gran trampa contra mis hijos.
Miraba cómo nos íbamos acercando. Todavía faltaban unos diez minutos.
No tenía noticias nuevas de lo que sucedía.
Y ese helicóptero que me había dicho Alessia que sobrevolaba la casa me preocupaba.
Escuchaba al Lobo defenderse, diciendo que solo eran rumores que me diría la próxima semana, en que había quedado en visitarlo.
—¿Cuánto falta? —Le grité al piloto—. ¿Tienes unos binoculares? ¿Ves algún otro helicóptero? ¡No le puede pasar nada a mi hija ni a mi hermana!