¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 172 . LA PERSECUCIÓN
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172 . LA PERSECUCIÓN

ALESSIA:

Seguimos sentados en la colina mientras la oscuridad nos envolvía. Miré a los ojos de Gian, que se había sentado muy cerca de mí. Poco a poco, ambos nos acercamos, pero en el último momento nos detuvimos. Lo abracé con fuerza, sintiendo que estuve a punto de cometer un error.

—Sabes, Grigory, ahora que ya nos vamos a despedir, quiero decirte algo —me senté para poder mirarlo mejor—. Yo no soy quien crees.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Gian, y también añadió—: Ni yo soy quien crees.

—¿Eh? —Lo miré fijamente, sin entender—. ¿No eres Grigory?

—Ojalá pudiera decirte todo —dijo, levantándose—. Está bien, te lo diré. Yo soy… ¿Qué fue eso?

Giramos la cabeza al escuchar un sonido sordo a nuestras espaldas.

Vimos cómo se acercaba mi jefe de seguridad, Matías, ensangrentado, con la tía Alexa.

Ambos corrían hacia nosotros, disparando a alguien que los perseguía.

Nos pusimos de pie de un salto, arrancamos las motocicletas y fuimos a su encuentro.

Los recogimos y salimos a toda velocidad, siendo perseguidos por un auto y luego por otros motociclistas.

Apreté la mandíbula al pedir auxilio a mi padre, que me respondió al momento, por la manera en que vibraba mi dispositivo.

Sin embargo, no podía llamarlo por teléfono, concentrada en seguir a Gian, que llevaba a mi tía Alexa.

Ella llamaba a mi abuela Camil, porque no podía comunicarse con papá.

Escuchaba a Matías, que venía montado detrás de mí, hablando con Humberto.

—Jefe, mataron a todos los demás que había colocado más abajo. Uno pudo avisar. Vamos rumbo a la ciudad, pero estamos lejos y por lugares peligrosos —le explicaba, mientras yo conducía a toda velocidad—. Estoy muy malherido, señor, me lleva la niña Alessia. Mande refuerzos urgente, son muchos.

—Vayan de nuevo hacia la pista —le ordenó Humberto—. Entren en el refugio de abajo.

—Ya la pasamos por ahí, señor —escuchaba claramente lo que conversaban entre ellos—. No podemos girar, los traemos pegados.

—¡Matías, aguanta! ¡No puedes dejar que cojan a la señorita! —Gritaba Humberto por el teléfono.

—¡No, señor, no lo haré! —Contestó Matías.

—¡Ya vamos, ya vamos! ¡Diablos! —escuché mientras colgaban.

Aceleré hasta pegarme a Gian, que era en verdad un experto conduciendo motocicletas. Los autos nos perseguían junto a un grupo de motociclistas. Por suerte, las nuestras eran más potentes.

—¡Acelera, Grigory, estas máquinas son el último modelo! ¡No me esperes! —Le grité, pasando por su lado a toda velocidad.

Al momento, Gian hizo lo mismo. Seguimos avanzando por el terreno de tierra a gran velocidad. Logramos escapar de la vista de nuestros perseguidores gracias a que nuestras motocicletas eran mejores. Él aminoró la velocidad hasta estar a mi lado.

—Tienes que irte con él, Alessia —me dijo mi tía—. Matías y yo los despistaremos.

—No, sigamos juntos —me negué.

—No discutas, es una orden del Capo —me gritó, haciendo que Gian se detuviera.

No podía hacer otra cosa. Me monté detrás de Gian, mientras mi tía se acomodaba con Matías, que había ocupado el lugar del conductor.

—¡Grigory, sigue recto con las luces apagadas! —Indicó Matías—. Al llegar al barranco, tira la motocicleta y baja hasta la mitad de la loma. Hay una cueva. Espera ahí, vendrán por ustedes. ¡Primero muerto a dejar que los atrapen! Toma.

Matías nos lanzó dos pistolas. Las tomé mientras me sujetaba de la cintura de Gian, que salió disparado a toda velocidad hacia donde nos indicó Matías, aunque no me parecía buena idea lo que había ordenado.

Podía sentir que nos seguían de cerca. No tendríamos tiempo para descender hasta la cueva y seríamos una presa fácil. Por lo que salió raudo a la autopista.

No dije nada. Me di cuenta de que tenía razón. Podía ver a lo lejos varios motociclistas que nos seguían, evadiendo los autos. De inmediato le quité el seguro a las pistolas.

—Aguántate fuerte, Alessia, vamos a dejarlos atrás —me dijo Gian, girando la cabeza.

—Tú conduce, que no me voy a caer —dije, segura de mi habilidad—. Creo que Matías nos sigue. No pudieron zafarse de ellos.

—¡Abrázame! —me ordenó, y lo hice.

Gian era muy bueno conduciendo. Adelantaba a una velocidad extraordinaria a los autos.

Se notaba que la motocicleta de último modelo que nos regaló papá era mucho mejor que las de nuestros perseguidores.

Sentí cómo mi padre me llamaba, marcando el dispositivo, y le respondí como me enseñaron.

Estaba segura de que ya mi tía Lucy nos había localizado.

—¡Sigue recto, Grigory! —le grité, al ver que tomó una desviación—. ¡Entra por la primera puerta grande negra de hierro que veas a tu izquierda! ¡No te detengas, solo introdúcenos! ¡Yo me hago cargo de los custodios!

—¿Estás segura de que nos abrirán? —preguntó Gian, sin detenerse.

—¡Confía en mí! —Le contesté.

Estaba muy feliz al ver que Gian nos había llevado a una de las propiedades de mi padre.

Me quité el casco, dejando que mi cabello rojo volara libre con el aire.

Luego me lo volví a colocar y encendí una luz que iluminó mi dragón dorado junto a la motocicleta, que brilló de igual manera.

Los guardias, al verme, abrieron la puerta de inmediato y se aprestaron a luchar con quien fuera que nos perseguía.

Justo al detenernos, escuchamos tiros que disparaban los guardias de la puerta contra nuestros perseguidores. Y también, para mi alegría, vi cómo llegaban Matías y la tía Alexa. Nos indicaron que siguiéramos conduciendo y señalaron hacia el aire.

El sonido ensordecedor de un helicóptero nos hizo continuar hasta llegar a la casa y refugiarnos en ella. Corrimos a ayudar a Matías, que sangraba por una herida de bala en su espalda. Al entrar en la casa, llamé enseguida a mi padre.

—Papá, estamos en la casa que usas para albergar a los capos cuando vienen —le informé de inmediato.

—¡No se muevan de ahí, hija! —Me ordenó de inmediato—. No salgas hasta que te vaya a buscar yo mismo o alguien de confianza. Sobre todo, no te separes de Grigory.

—Hay un helicóptero que sobrevuela la casa —le informé, tratando de verlo—. ¿Es de nosotros? ¿Nos mandaste a buscar? ¿Qué hacemos?

—No, no es nuestro, es enemigo. ¡No vayas a salir de la casa, Alessia!

Espera, ya le digo a Lucy que se haga cargo de eso —escuché cómo papá daba órdenes a toda voz sin desconectar la llamada, hasta que regresó—.

Ustedes entren en el cuarto seguro. Dile a tu tía Alexa que los lleve.

No salgan hasta que vaya a buscarlos personalmente.

Hay de todo ahí dentro. No se queden en el primero, sigan bajando hasta el tercero.

—De acuerdo, papá. No te demores —le pedí, sin decirle que tenía mucho miedo.

—No tengas miedo, hija, ya papá va por ti —lo escuché decir, aunque podía sentir el temor en su voz—. ¡Ya voy, hija! ¡Ya vamos!