171 . EN VERDADERO PELIGRO
ALESSANDRO:
Todavía me encontraba en el hospital, a la espera de que terminara la operación de la hija menor de Franco.
Mis padres todavía estaban aquí junto a mi hijo Kenet, en el despacho de Rufo, que se fue con Olenska después de darle mis órdenes.
Hice que viniera Faddei el Lobo para analizar todo lo sucedido.
—Ya estoy aquí, mi Capo —dijo, entrando sofocado en el despacho—. ¿Qué es lo que quería que viera?
—Faddei, ellos son mis padres. ¿Los recuerdas, verdad? —me adelanté a su encuentro—. Mamá, papá. Él es el capo Faddei, el Lobo.
—Buenas tardes, señores —saludó el Lobo.
—Hola, Faddei —saludaron ambos.
—Este es Francesco Rinaldi —seguí presentando a todos—. Este otro lo conoces, es mi hijo Kenet.
—Mucho gusto —saludó, apretando la mano de todos—. ¿Para qué me quiere, mi Capo?
—Quiero que veas estos símbolos —dije, mostrando las imágenes que habíamos hecho—. Dice mamá que son rusos. ¿Los reconoces?
El Lobo se sentó muy serio y se puso a examinar lo que le mostré. Todos nos quedamos en silencio a la espera de que los analizara. Enseguida identificó el signo que tenía la hija menor de Franco en su espalda. Levantó la mirada para mirarnos a todos, sorprendido.
—¿Qué mujer tiene esta marca de posesión? —preguntó, alzando la cabeza para mirarnos.
—Es mi hija menor —contestó Franco—. ¿Conoces la marca de ese dragón?
—¿Estás seguro de que este dragón fue quien la compró y la marcó? —preguntó de nuevo.
—Sí, mira la foto que le sacamos de su hombro —le mostré enseguida—. ¿Quién es?
No respondió de inmediato. Volvió a mirar las fotos. Luego dijo que tenía que verificar algo con su gente. Pero si era él que creía, llevaba mucho tiempo escondido y entonces no podían infiltrarnos con ellos.
—Esa chica de la foto me resulta conocida —siguió diciendo—. Si es quien creo, nos conocemos muy bien, mi Capo, pero muy bien. ¿Tienen una foto de la chica completa?
Intercambié una mirada con mis padres, igual de desconcertados que yo. Este ruso todavía no acababa de hablar claro.
—¿Qué sucede, Lobo? Mira la foto de ella aquí. Le hicieron cirugía para que se pareciera a mi hija —se la mostré en mi teléfono—. Es la hija menor de Franco, que la tenía su hermano Ronaldo.
—¿Y Eleonora Conti? —preguntó, para nuestra sorpresa.
—Sí, sí. ¿Qué diablos pasa? —preguntó ahora Franco—. ¿Sabes algo que yo no sé?
No contestó de inmediato. El Lobo seguía observando la foto en mi teléfono sin decir nada. Luego comenzó a decir que después nos explicaba todo. Pero estaba seguro de que debían de estar al acecho para atrapar a los chicos, sobre todo a Gianpiero, pensando que era Grigory.
—Mi Capo, mande a Gianpiero ir para la casa enseguida —me pidió de pronto—. O mande más hombres a cuidar de ellos. ¿Dónde dijo que estaba el consigliere, Rufino?
—Se fue al mercado con Olenska —respondí, sacando mi teléfono—. ¿Qué sucede, Faddei?
—Están todos en grave peligro. Esto es una gran encerrona, mi Capo —dijo de pronto—. ¡Una muy grande y bien planificada! ¿Y a esta chica dónde la tienen?
—¡Lobo, habla claro en estos momentos! —Le pedí con urgencia—. ¿Qué diablos pasa?
Se rascó la cabeza, visiblemente indeciso. Pero me contó que había escuchado rumores, y esto se los confirmaba. Pensaba que todo era una coincidencia, pero no lo era.
—Va a venir a reclamarla, mi Capo —dijo con firmeza y preocupación—. ¡Él viene decidido a ocupar el puesto de dueño y esposo de su hija! ¡Tiene que proteger a Alessia! ¡La van a asesinar y a reemplazarla, o algo peor! ¡La marcarán como suya, como hicieron con la otra pobre chica que se les escapó!
El Lobo sacó su teléfono para ponerse a hablar con alguien en ruso a gritos. La puerta se abrió violentamente, dejando pasar a Lilian con cara de espanto.
—¿Qué es, mamá? —se adelantó a su encuentro Kenet—. ¿Está bien mi novia?
—Ella…, ella… —tartamudeó Lilian, mientras tomaba grandes bocanadas de aire, hasta que logró gritar—. ¡Ella no es tu novia, Kenet! ¡Tenías razón, no es la hija de Franco!
Todos la miramos sin entender a qué se refería.
Siguió señalando su teléfono. Kenet se lo arrebató, subió el volumen y se vio claramente a la hija menor de Franco, Alexcía, hablando a escondidas con alguien en ruso y dándole orientaciones de dónde estábamos.
Sobre todo, escuchamos claramente cómo daba la ubicación exacta de dónde estaban Alessia y Gian.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó mi madre Camil.
—Es lo que me temía, mi Capo —intervino el Lobo—.
¡Ella es Katrina, la hija de Oleck, el hermano de Dimitrov, ambos hijos de Víctor Rostall!
¡Están aquí en Italia! ¡Ordene cuidar a todos, ponga en pie de alerta a los dragones!
¡Llame al Capo Cian! ¡Me acaban de informar que van por él!
Quieren apoderarse de Milán porque saben que es su cantera de hombres.
—¿Al Capo Cian? ¿Qué quieres decir? —pregunté, presa de urgencia.
Me puse de pie de un salto, mientras ya había mandado el mensaje de alarma a todos los dragones.
Papá me miraba desde el sillón diciendo que le dijera qué hacer, mientras me pareció ver una mueca en mi madre.
El Lobo siguió diciendo que querían debilitar a Milán para acabar conmigo.
Todo el mundo sabía que mis fieles eran de esa ciudad y los dirigía Cian.
—Papá, llama a Cian. Mamá, tú a Alexa. Lily, a Rufo —comencé a dar órdenes—. Franco, llama a tu esposa para que no se muevan de la casa, y llama al cuerpo élite. Kenet, ven conmigo.
Salí de la dirección seguido por todos, rumbo al parqueo, para ir a defender a los míos. En ese momento mi teléfono comenzó a vibrar.
—¡Es mi hija Alessia! ¡Está llamándome! —dije, sin dejar de correr.
—¿Dónde está? —preguntó Lilian, que junto a Kenet corría a mi lado.
—Van escapando en las motocicletas —contestó mamá—. ¡Los atacaron, Ale, y los van persiguiendo! ¡Dijo Alexa!
Me detuve de golpe para mirar a mamá. Pero ya mi hermana Alexa había colgado. Volvió a explicarme que iban en las motocicletas que les compré. Aunque eran muy buenas, corrían mayor peligro por estar tan expuestos. Le marqué de inmediato a mi cuñada Lucila, que enseguida me respondió.
—Dime, Lucy. ¿Ves a Alessia y su tía? —pregunté, sin dejar de correr—. ¿Quiénes los persiguen?