¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 169 . LOS RINALDIS
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169 . LOS RINALDIS

FILOMENA:

Caminaba de la mano de Bosco junto a mi primo Ray y mamá.

Estaba muy feliz de que mi padre no fuera a matar a mis suegros y cuñada.

Después de que la doctora Lilian nos dijera que mi hermana menor Alexcía había salido bien de la operación, decidimos regresar a casa a recoger todo.

Papá dijo que nos mudaríamos a la casa de mis abuelos.

Mi madre Annette caminaba delante, hablando por teléfono, mientras nosotros conversábamos.

—Ray, ¿te acuerdas de esa casa que dice papá? —le pregunté.

—No, Filo, se me borró casi todo lo de ese tiempo. Las memorias que tengo son con Franco, la tía Annette y algunas de Ronaldo —contestó mi primo—. Nada más. Ni de mi papá me acuerdo. Si no llega a ser por la foto que me dio Franco, no sabría cómo eran.

—Dice mamá que es una enorme casa, y que después iremos a comprar ropa muy buena cuando Alexcía esté bien —seguí contando, todavía sin poder creer que fuéramos en verdad millonarios—. Dijo que debemos comenzar a vivir como lo que somos. ¿Quién lo iba a decir?

Nos quedamos en silencio mientras seguíamos avanzando rumbo al parqueo debajo del hospital. Todos nos encontrábamos en la misma situación, consternados por quién era mi papá: un Rinaldi, y nosotros con él.

—¿Cuántos días se quedará aquí en el hospital mi hermana Alexcía después que le devuelvan su rostro? —pregunté, mirando a mamá.

—Ninguno. Vendrá con tu papá después en una ambulancia, según escuché que la doctora Lilian la visitará a casa —contestó mamá—. La pobrecita, ese accidente acabó con ella. Mira que olvidar todo. Ni de su novio se acuerda, qué cosa más triste.

—Mejor que sea así, Filo. No creo que la vida que ella llevaba, en que la obligaron a hacer tantas cosas, sea digna de recordar. Así empezará una vida desde cero con nosotros —dijo Ray con pena, y pensé que quizás tenía razón—. Aunque sabes…, tiene algo ella que no me convence.

Todos nos detuvimos a mirar a Ray. Mamá se acercó con esa expresión que ponía cuando algo le llamaba la atención. Ella era otra de las cosas que me tenía sorprendida. Nunca imaginé que fuera una teniente del ejército junto a papá.

—¿Qué quieres decir con eso, Ray? —le pregunté, intrigada—. ¿Qué es lo que no te convence de mi hermana?

—No olvides que la conocí de grande, cuando estuve viviendo aquí en Roma.

Por eso me parecía tan extraña Alessia cuando estaba allá en Sutera —comenzó a decir Ray, con los ojos entrecerrados—.

No le dije nada a Franco porque ella me salvó.

Pensé que la loca de Eleonora en verdad le había hecho cirugía para cambiarle el rostro.

Lo miramos desconcertados. Él sabía eso y no nos dijo nada.

Siguió diciendo que la vez que la vio, estaba huyendo porque no quería que le hicieran esa cirugía.

Pensó en llevársela con él cuando regresó a Sutera, pero desaparecieron todos.

No los pudo encontrar, y lo otro que supo fue sobre su accidente, en el que murieron.

—Debiste decirle a papá tus dudas —dije, muy seria—. ¿Por qué piensas que esa que está en el hospital no es mi verdadera hermana?

Ray guardó silencio por unos instantes mientras todos lo observábamos.

No sabía cómo explicarlo, pero era verdad que le habían hecho cirugía para que se pareciera a Alessia Minetti.

También era cierto que olvidó todo. Pero hay cosas que no cambian en una persona.

Podía que recordara mal, pero creía que esa chica no era su hermana.

—¿Qué te hace decir eso? —preguntó mamá.

—Tía, no sé cómo explicarlo. Su mirada es muy diferente, y casi estoy seguro de que no perdió nada de la memoria.

Nos miraba a todos como si fuéramos tontos.

¡Esa no es la Alessia que yo conocí! —aseguró Ray, para nuestro desconcierto—.

Tu hermana es la chica más dulce e inocente que puedes imaginar.

Eleonora y Ronaldo abusaban de ella. Y esta chica tiene una mirada que da miedo. ¡Casi estoy seguro de que no es ella!

—¿Qué? —lo miré, desconcertada—. ¿Por qué no se lo dijiste a papá y dejaste que le pusieran su rostro?

—Porque solo hoy me di cuenta, y ya lo hablé con Franco. Me dijo que también lo había notado —nos dijo, para nuestro alivio—. Lo vamos a saber porque le mandó a hacer la prueba de paternidad. No ha dicho nada porque, si lo es, no es justo que la acuse de falsa. Ya bastante ha sufrido. ¿No te parece?

Todos asentimos. Alexcía había sufrido mucho, y era muy triste que hubiera perdido la memoria. No saber quién eres ni recordar nada de los veinte años que tienes es devastador. No se acordaba ni de su novio, que tanto decía él que la quería. Menos mal que papá parecía que había aceptado a Kenet.

—Eso está por ver. No me pareció que le gustara la nueva vida que tenemos por delante —intervino Bosco—. Todo el tiempo ha estado del otro lado.

Mamá echó a andar sin decir nada hacia el auto. Estaba muy pensativa desde que salimos del hospital. Había aceptado decir que mi hermana menor era hija de ella. Le aclararía todo cuando recuperara la memoria.

—Oye, Filo, ahora que vamos para la casa, ¿por qué no invitamos a Alessia Minetti a que venga a visitarnos? —preguntó Bosco, cambiando de tema.

—No lo sé, Bosco. Ahora ella está con su lío del prometido que le impusieron.

La última vez que hablamos estaba llorando mucho, aunque su papá tiene un punto en lo que dice.

¡No sabemos nada de Gianpiero! —contesté, con un suspiro—.

Todo esto que está sucediendo es muy extraño. ¡Él desapareció sin dejar rastro!

Mientras conversábamos, avanzábamos hacia nuestro auto sin darnos cuenta de que nos escuchaban desde detrás de una columna.

Luego nos montamos y, custodiados por los hombres que le puso papá, nos fuimos.

No llevaba ni cinco minutos en el asiento trasero cuando el celular comenzó a vibrar dentro de mi bolso.

Lo saqué apurada, consciente de la mirada de mamá clavada en mí desde el asiento del copiloto.

—Es papá —dije, mientras descolgaba—. Ya vamos para la casa. ¿Sucede algo? ¿Quieres hablar con mamá? Ya estamos en el auto.

Mamá giró la cabeza de inmediato al escuchar que era papá. Su expresión cambió a alerta en un instante.

—¿Qué quiere? —intervino enseguida—. ¿Pasó algo con Alexcía?