¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 168 . FIN DE LA MISIÓN
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168 . FIN DE LA MISIÓN

ALESSIA:

No sabía por qué mi tío Rufo me pedía eso. Pero sospechaba que era una orden de mi padre. Estaba segura de que me iba a sacar de esta misión y eso no me gustaba para nada. Lo peor era que no tenía idea de cómo resolver todo el lío que había armado. Aun así, realicé la pregunta:

—¿Olenska, no vamos a ir a las tiendas después?

—La llevaré yo —dijo el tío Rufo—. Puedes regresar a tu casa, Alessia. Me encargaré de comprarle todo lo que quiera a tu prima. Después hablaremos. Vete directo, que tienes que aclarar ciertas cosas que sucedieron ayer. Yo cuido de Olenska.

—¿Olenska…? —La miré, queriendo que se negara para que papá no me sacara de la misión.

—Vete, mi prima. Ya oíste lo que dijo el doctor —dijo ella, con una gran sonrisa—. Te llamo después para ponernos de acuerdo e ir de tiendas.

—De acuerdo, adiós —no me quedó más remedio que aceptar.

Salí de la consulta con una gran respiración. No podía negarme. Caminé por el pasillo con la intención de ir a ver a todos, pero mi tía Alexa me dijo que teníamos que ir en busca de Grigory, que me esperaba en el parqueo para irse.

—Tu papá me dijo que no dejaría que nadie más te viera —me dijo, mientras avanzábamos de regreso—. Ya se acabó tu misión. Vamos para la casa.

—Está bien —dije, con un suspiro—. ¿Papá se enteró de lo que pasó anoche y por eso me mandó a que regresara?

Mi tía asintió. Ya me lo había imaginado.

No debí perder la cabeza y beber de la manera que lo hice.

Busqué con la mirada a Grigory. Quería despedirme de él.

Tenía la imperiosa necesidad de aclararle que no me casaría con él.

Aunque papá quisiera obligarme, no lo haría.

No me iría a Rusia por nada del mundo. Prefería al hijo del capo Cian, que vendría a vivir aquí.

Al menos era italiano como yo. Si era preciso, hablaría con su prometida para explicarle.

—Vamos por la escalera —me indicó mi tía—. Está toda la familia por allá y no pueden verte con ellos. Sobre todo Olenska. No olvides que están operando a la hija menor de los Rinaldi. Es decir, tú.

—¿Verdad? —Se me había olvidado por completo—. Sí, mejor nos vamos. Luego iré a ver a Filo a su casa.

Tomamos las escaleras para evitar encontrarnos con nadie.

Al llegar al estacionamiento, vi al ruso oculto detrás de una columna.

Corrí y me coloqué a su lado. Al asomarme, me di cuenta de que se estaba escondiendo de Bosco, Filomena, Annette y Ray.

Conversaban entre ellos mientras avanzaban hacia el auto.

Me escondí también. No podía dejar que me vieran y descubrieran.

Cuando al fin vi que se marchaban, le pregunté:

—¿Por qué te escondes de ellos?

Gian se giró para verme en compañía de la tía Alexa, que fue y se montó en el auto.

Me observó entonces de cerca, con atención, y suspiró.

Por el modo en que me miraba y pasaba su lengua por sus labios, creí que estaba recordando la cantidad de besos que Olenska me dijo que me había dado la noche anterior.

Me hice la que no recordaba nada, lo cual me entristeció sin saber por qué. Aunque en verdad estaba muy confundida. Tenía una gran cantidad de imágenes confusas en mi mente que prefería no recordar. ¿Qué pasaba contigo, Alessia? ¿Cómo pudiste hacer todo aquello ayer?

—No me escondo —contestó, saliendo a caminar hacia el auto—. Solo no quería que me viera nadie aquí abajo. ¿Los conoces?

—No personalmente, pero sé que son la familia Rinaldi —le respondí, creyendo que no había necesidad de mentirle, ya que estábamos en el mismo bando.

Además, ya se había acabado la misión, pensé con un suspiro. Me sentí un poco mal, porque no duré ni dos días en ella. Papá debía estar decepcionado conmigo.

—¿Rinaldi? ¿Quiénes son esos? —preguntó Gian, realmente interesado, pensando que al fin iba a poder saber quién era en realidad su novia.

—¿No has escuchado mencionar a la familia Rinaldi? —pregunté, mirando sus ojos azules—. Son millonarios, casi a la par del Capo di tutti i capi.

—¿De veras? —Se cruzó de brazos e inclinó la cabeza para mirarme.

Era realmente alto y, sin saber por qué, me ponía nerviosa.

Di un paso atrás mientras me giraba hacia la salida del estacionamiento.

Dije que sí con la cabeza, mientras le contaba que quedaban pocos.

A esa familia la asesinaron los dragones de fuego casi en su totalidad.

Quedaron el hijo mayor, Francesco Rinaldi, que tenía dos hijas.

Filomena, que era novia de ese chico que la llevaba de la mano, que se llamaba Bosco.

El que iba con ellos era Raymundo, el otro Rinaldi que quedó vivo después de la matanza, al que le decían Ray.

Y la hija más pequeña, que como le dije, tuvo un accidente muy malo en el que perdió la memoria.

—Se llama Alexcía y, según me acabo de enterar en mi consulta, la acababan de operar —dije, mientras giraba de nuevo para darle frente—. Es novia de Kenet Minetti, el hijo del Capo di tutti i capi.

—¡¿Qué?! —gritó, para mi sorpresa.

—¿Por qué gritas? Da la impresión de que la conoces —pregunté, mirándolo fijamente.

Gian guardó silencio y miró hacia afuera sin responderme, mientras yo avancé hasta el auto y me puse a conversar con mi tía.

Sin saber que en ese momento Gian se estaba preguntando si Alessia lo había engañado de esa manera.

Le había dicho bien claro que era su primer novio.

¿Cómo pudo dejarse engañar así tan fácil?

Ahora entendía el empeño del Capo di tutti i capi de separarlo de Alexcía. ¡Era la novia de su hijo!

¿Lo habría entendido todo mal? Por eso sería que le advirtió que no dejara a nadie acercarse a ella, solo él.

No para que la enamorara, sino para que evitara que eso sucediera.

Sin embargo, ¿por qué Humberto no se lo advirtió cuando lo llamó antes de hacerse novio de ella? Algo se le escapaba en todo ese asunto.

—Alessia —me llamó. Me giré al escucharlo—. ¿Son mafiosos como nosotros? ¿Me refiero a los Rinaldi? ¿En verdad ese Francesco es un coronel?

—Sí, es un coronel —respondí con sinceridad, acercándome a él—. Bueno, lo fue en el ejército, y dicen que muy bueno. Y no creo que sean mafiosos.

—¿No? ¿Y cómo son amigos del Capo Mayor? —Siguió preguntando.

—Eso no lo sé —me apresuré a contestar. No sabía por qué se veía tan angustiado, pero no podía decir mucho. No era correcto—. Escuché decir que él los había salvado una vez. ¿Por qué?

—No, por nada, por nada —dijo Gian, pensativo—. ¿Y cuándo fue que tuvo el accidente su hija pequeña?

—Deja ver…, creo que hace ya un tiempo —no quería decir mucho más—. Ahora la están operando para devolverle su rostro. Ya te dije que la convirtieron en Alessia Minetti, y de verdad ya no sé más nada. ¿Por qué te interesan ellos?