165 . LA NUEVA MAÑANA
ALESSIA:
Miré al Lobo, que en ese momento hacía justicia a su apodo.
Tenía el cabello suelto y alborotado, y su enorme barba y bigotes casi no dejaban ver su rostro.
Soltaba humo del tabaco que le cubría el rostro.
Parecía realmente un licántropo. Todavía tenía la mente embotada por el alcohol que había tomado la noche anterior, y su voz gruesa retumbó como un tambor en mi cabeza.
Giré luego para Gian, que estaba con la misma resaca que yo. Tenía su cabeza tomada con ambas manos, apoyada en sus rodillas.
—Es mi culpa —dijo Gian—. No debí obligarla a que bebiera así. Pensé que era mentira que no sabía beber.
—¿No pregunté eso? —lo interrumpió el Lobo—. ¿Qué piensan que va a decir el Capo Mayor ante ese espectáculo que dieron ayer?
—¿Qué espectáculo? —pregunté, asustada.
A pesar de que mi cabeza se llenó de imágenes, no podía creer que fueran verdad. Yo no podía haber hecho eso. Debía ser un sueño, o más bien, una pesadilla.
—No es nada, Alessia, solo bromeamos para mortificar al hijo del Capo —contestó Gian.
—¿Le llamas broma a arrodillarte y pedirle que se case contigo? —dijo con sarcasmo el Lobo—. ¿Y no solo eso, sino obligar al padre de la iglesia, con una pistola en la cabeza, a las dos de la mañana, a casarlos?
—¡¿Qué?! ¿Qué es eso que está diciendo, señor Faddei? —pregunté, aterrada. Eso no podía ser verdad, porque si era cierto, de seguro mi padre me mataría cuando se enterara—. ¡Yo no me puedo casar con Grigory, estoy comprometida!
—¿Y a mí qué me dices? —preguntó el Lobo, divirtiéndose con nuestras caras—. Yo no estaba por todo aquello. Ustedes fueron solos.
—No te asustes, Alessia, no nos casamos —dijo Gian, para mi alivio—. El que cree que es tu hermano nos lo impidió.
—¿Kenet hizo eso? —pregunté, respirando aliviada—. ¡Gracias al cielo, gracias al cielo! ¡Te lo dije, Grigory, que no sabía beber y me obligaste a tragar toda esa vodka! ¡Odioso, no has cambiado nada!
El Lobo soltó una estridente carcajada en medio de una bocanada de humo que me hizo toser.
—¿Quién ha visto una hija de un mafioso que no sepa beber?
—preguntó el Lobo, sin dejar de mirarme.
Luego se puso serio—. Pero hay algo que debes saber, princesa.
Aceptaste a mi hijo en público, aunque seas la falsa Alessia Minetti, la cual no ha anunciado su compromiso todavía.
Tú la hiciste la prometida de mi hijo Grigory.
—¡Eso no puede ser verdad! ¡Papá jamás va a aceptar eso!
¡Yo estoy comprometida, lo estoy! —dije con vehemencia y, al ver cómo me miró Gian, aclaré de inmediato—.
Digo, la hija del Capo Mayor lo está. Haré una declaración diciendo que era una broma, ¡eso!
Llamaré a mi tía para que lo desaparezca todo ahora mismo.
Hablaba mirando las noticias en mi teléfono, donde había una foto de los dos.
No sé por qué, pero los ojos de Grigory no eran azules.
Giré la cabeza y lo observé, los tenían de ese color.
Debió de ser la luz, me dije. Me alejé un poco y le envié un mensaje a mi tía Lucy para que borrara todo.
¡Ojalá papá no se molestara por esa estupidez que hicimos!
¿Por qué Kenet no me ayudaría sabiendo que no sé beber?
—Deja eso y ven a sentarte —me llamó el Lobo—. A partir de ahora iré con ustedes a todas partes. Tu guardia de seguridad, Alexa, también. Pensé que podía confiar en ustedes, pero veo que no.
—No es necesario —dijo Gian en ruso, sabiendo que yo no entendía bien—. Te doy mi palabra de que no volverá a suceder. Yo en verdad tengo a mi novia, a quien amo. Siento mucho haberle causado ese problema a tu hijo.
—No importa. Todo el mundo sabe que mi hijo iba a comprometerse.
Ahora no sé qué va a pasar con esto de que nos volvieron traidores.
¡Nadie querrá casar a su hija con un traidor!
¡Demonios! —El Lobo dio un puñetazo en la mesa, furioso—.
Y encima de eso lo comprometiste con la princesita.
¡La novia jamás lo recogerá, pensando que se estaba burlando de ella y que vine a lo del compromiso! ¡Diablos!
—De seguro el Capo lo arregla todo —dije en voz baja, sintiéndome cada vez más culpable por toda esta situación.
Estaba segura de que papá me sacaría de esta misión y vendría a regañarme.
Confió en mí y lejos de ayudar, había vuelto la situación aún más complicada.
¿Por qué, Alessia? ¿Por qué no dejabas de cometer errores?
El Lobo no dejaba de decir cosas en ruso.
A veces Gian le respondía en el mismo idioma.
Sabía que estaban discutiendo entre ellos por mi culpa, pero no podía entender de qué hablaban.
—Eso espero. Terminen y vamos. Alessia, llama a tu prima Olenska y dile que tienes consulta con Rufo —habló en italiano el Lobo—.
Hoy debemos ver si le sacamos algo sobre quiénes pertenecen a esa organización de los dragones de fuego.
Esa chica es un diablo, igual que su padre. ¡Tenía que ser nieta de Víctor!
—¿Quién es Víctor? —Me atreví a preguntar.
—Es el peor asesino que existió en Rusia. Ahora apúrense —respondió, poniéndose de pie—. Tenemos que acabar de resolver esto lo más rápido posible. ¡Y cuídate de esa chica, es un demonio!
Salimos todos rumbo a la casa de los Conti en busca de Olenska, que nos estaba esperando emocionada.
Los autos tenían cristales negros que no dejaban ver quién iba en su interior.
Esto nos permitió a Gian y a mí ver a Alexander en su motocicleta, que nos observaba intrigado. Incluso pudimos escucharlo.
—Ole, ¿quiénes son? —preguntó.
—Unos amigos —dijo Olenska, secamente.
—¿A dónde vas? —insistió Alexander—. ¿No me dijiste que te llevara al hospital a hacer tu trabajo?
—Y para allá voy. No me tienes que llevar —contestó, bajando la voz—. Encontré transporte anoche en el club. Adiós.
Dicho esto, se montó en el auto junto a mí, que no podía evitar mirar a Alexander, lo que Olenska notó y me preguntó:
—¿Te acuerdas de él?
—Sí, de cuando nos encontramos en la universidad —respondí, como si nada.
Gian giró la cabeza al escuchar eso y entrecerró los ojos, tratando de recordar de qué habíamos estado hablando en la noche.
En varias ocasiones, yo le dije que tenía un novio que se llamaba Gian, que había desaparecido.
Pensó que estaba siguiendo el papel aprendido.
Él también me confesó que su novia se llamaba igual que yo: Alessia, solo que tenía el pelo negro y liso.
Me percaté enseguida de cómo él me miraba y me guiñó el ojo, pidiendo que le siguiera la corriente.
—Sí, nos encontramos con él allá —intervino Gian—. Lo que no dijo es que era tu primo, según recuerdo.
—¿Tú también estabas? —preguntó Olenska, con interés—. En las fotos que tiene mi hermano, no te pareces en nada al chico que estaba con mi prima.
—Porque estaba disfrazado de italiano —contestó Gian, haciendo que lo mirara fijamente.
¿Cómo sabía eso? No recordaba haberle contado nada de eso. Mi cabeza dolía y estaba confusa por la resaca. A lo mejor se lo había contado papá. Sí, debía ser eso. ¿Cómo podía este ruso saber eso?