163 . UN DESENFRENO DE ALCOHOL
Continuación de Retrospectiva:
ALESSIA:
Estaba tan concentrada en beber que no me percaté de que mi hermano Kenet avanzaba hacia donde estaba sin que los gritos de mis primos lo detuvieran.
Sabía que él sabía que no sabía beber, pero al final mi primo lo detuvo y le recordó lo que acababan de hablar.
Así que se desvió hacia donde estaba Olenska, que lo miraba complacida.
La tomó por la cintura y se la llevó a bailar, muy cerca de donde nosotros reíamos y bebíamos un trago tras otro.
—Ya no quiero más, Grigory —dije, con mis mejillas encendidas mientras reía bobamente—. Te dije que no sé beber.
—Vamos, no seas cobarde. Dijimos que íbamos a tomar hoy hasta emborracharnos. Si lo haces, te cumplo cualquier fantasía que tengas —habló Gian en su papel de Grigory, sin soltar mi cintura, y a mí me encantó su sonrisa.
—¿Seguro? —pregunté, con la mente nublada por el alcohol.
—¡Seguro! ¡Palabra de honor! ¡Pide lo que quieras y lo haré! —Aseguró con firmeza—. Pero antes tienes que bajar esos cinco tragos que te quedan junto conmigo.
—¿Y vas a hacer lo que te pida y luego nos vamos? —pregunté, sin dejar de reír, con el pequeño vaso en la mano—. ¡Trato hecho! ¡Vamos!
Nos tomamos de la mano y nos dirigimos al bar. Comenzamos a beber uno tras otro los pequeños vasos de vodka que el barman nos colocaba delante.
—¡Así no! —me interrumpió Gian—. Tienes que chupar el limón, comer la sal y luego bebemos. ¡Ja, ja, ja…!
—¡Diantres, es muy fuerte! —exclamé, sacando la lengua luego de hacer lo que me indicó Gian, que al verme reír, sin más me besó—. ¡Otra más! Te quedan cuatro.
—¡Ya no puedo más, Gian! —me opuse. Al ver cómo me miraba, me di cuenta de lo que había dicho—. Perdón…, perdón…, quise decir Grigory, sí, Grigory el ruso, ji, ji, ji…
—¿Cómo me llamaste? —preguntó, muy serio, mirándome fijamente—. ¿Me dijiste Gian?
—Disculpa —reaccioné, aún en medio de mi borrachera, al ver cómo me miraba—. Me había hecho a la idea de que ibas a llamarte así. Perdón por eso, Grigory, eres Grigory Volkov, mi dueño. ¡Otra…!
Y bebí de un golpe la bebida, sintiendo cómo mi corazón se apretaba al pensar que mi primer novio me engañó. Tomé otro trago y me acerqué a Gian, que se había quedado observándome muy serio y se asombró porque yo le tiré los brazos al cuello y le susurré:
—¿Puedes ser mi novio por un rato? —pregunté sin saber por qué.
—¿Tu novio? —preguntó de igual modo.
—Sí, me tomaré cuantas bebidas quieras si te haces pasar por mi novio solo por hoy, y yo seré tu novia —seguí diciendo en mi locura—. Puedes practicar conmigo para pedirme matrimonio. ¡Sí, eso es lo que quiero!
—¿Qué cosa? —preguntó Gian, sin separarse de mí, que seguía abrazada de su cuello, acariciándolo y hablándole casi encima de su boca.
—¡Quiero que seas mi prometido y que me pidas casarte conmigo!
¡Eso es lo que quiero que hagas! ¡Que te arrodilles delante de mí y me pidas matrimonio!
—reí a todo dar, en medio de mi borrachera—.
Pero no te llamaré Grigory, no me gusta ese nombre.
Me acuerdo de que eras un odioso, ¡sí, un ruso odioso!
Me acuerdo ahora, ja, ja, ja, por eso no me gustaba ir a tu casa con papá.
Mejor te diré el nombre de mi novio. Yo seré tu Katiuska y tú mi Gian. ¡Otra…!
Sacudió la cabeza sin saber qué pensar. La manera en que lo miraba, el calor de sus brazos, esa caricia tan familiar… ¿Y si era en verdad ella? El Capo de seguro no la dejaría hacer todo esto. Concéntrate, Gian, me dije.
—¡Otra…! —grité, y volvimos a beber y besarnos—. ¡Dale, mi Gian, tienes que pedirme matrimonio, ja, ja, ja…! ¡Otra…!
—¡Otra…! —hizo lo mismo que yo, que volví a abrazarlo y lo besé.
Gianpiero volvió a sacudir su cabeza tratando de despejarse, y me siguió el juego bebiendo una y otra vez las bebidas que nos sirvieron, hasta perder la cuenta.
Todo lo hicimos bajo la mirada rabiosa de mi hermano Kenet, que quería intervenir, pero Olenska no lo dejaba y lo besaba, lo cual hizo que se concentrara en ella y comenzara a interrogarla, como le ordenó su padre.
—¿Qué tal si hacemos lo mismo que ellos? ¿Sabes beber? —propuso, caminando hacia donde estaba.
—Sí, estoy segura de que más que tú —rió Olenska, divertida—. Trato hecho, vamos a hacerlo, pero me tienes que prometer que mañana saldrás conmigo.
—No hay problemas. ¿Tienes novio? —preguntó Kenet, acercándose hacia ella.
—No. ¿Y tú? —contestó ella.
—Mi novia desapareció, así que no tengo —dijo, mientras la volvió a besar—. Y si quieres puedes ocupar su lugar.
—¿En serio me estás pidiendo ser tu novia? —Sonrió feliz Olenska.
—¿Por qué no? —le siguió el juego Kenet—. Eres hermosa, llevas mucho tiempo tratando de que te vea. Pues bien, hoy te veo. Seremos novios si hacemos lo que ellos.
Y sin más, Kenet llegó a la barra y se puso a darle una bebida detrás de otra, mientras le preguntaba diferentes cosas.
Olenska, en medio de su alegría de ser al fin la novia del heredero del Uno, bebía y respondía a todo sin darse cuenta de que él le cambiaba las cosas una y otra vez mientras la hacía bailar y la mostraba delante de todos, asombrando a todos, lo que la hacía creer que en verdad lo había conquistado.
Aunque no dejaba de ver con rabia cómo no perdía a Alessia de vista, que seguía bebiendo con el ruso Grigory.
Mientras Gian y yo seguíamos envueltos en nuestro mundo, reímos, bebimos, nos besamos y abrazamos ambos con tremenda borrachera.
Luego no supimos cómo lo hicimos. De pronto estábamos en el medio de la pista.
Y sin más, a una señal de Gian, la música cambió al tiempo que él se arrodilló a mis pies.
Todo el mundo sacó sus teléfonos para grabar la proposición de matrimonio.
—Mi linda novia que me dijiste que sí, en una noche de luna llena en medio de un parque, y me llenaste de felicidad.
Después de desearte por tantos días en que te negaste a mirarme —hablaba a toda voz—.
Hoy que me perteneces por derecho, quiero darte la alegría de pedirte con todo el mundo por testigo que seas por siempre mi único amor.
Alessia Minetti, ¿aceptas ser mi esposa?
Me quedé por un momento mirando a Gian. No sabía que se había quitado los lentes azules porque le molestaban.
Por un momento pensó que por la oscuridad y las luces nadie se percataría de ello.
Cerré y abrí los ojos pensando que estaba alucinando.
¡Era mi Gian! ¡Mi novio había venido por mí!
Era lo único que tenía en mi mente en medio de la gran borrachera que me embargaba.
Me incliné y lo besé feliz, al tiempo que le dije:
—Sí, Gian, acepto ser tu esposa. Llévame contigo. ¡Casémonos ahora mismo para que papá no lo impida!