161 . LA HISTORIA CONTINÚA
ALESSANDRO:
La voz de mamá hizo que prestáramos atención a lo que continuó contando. Podía ver que ella realmente amaba toda esa historia.
En China existían muchas leyendas sobre los dragones.
Es su animal más respetado y adorado. Y a ella se le llenó el corazón de ese respeto y adoración por ellos.
Por eso, en vez de quedarse con sus abuelos en Italia, cuando escuchó que sus padres habían sido designados a China, los obligó a llevarla.
De todas las leyendas que aprendió, la de los cuatro dragones era la que utilizó para formar la organización junto a mi padre.
—¿Los cuatro dragones? Nunca supe de ella —dije, mirando a Rufo, que negó con la cabeza.
—Nunca has querido aprender de dónde surgió la organización que diriges —me regañó mamá y siguió—. La leyenda china dice:
"Hace muchos, muchos años, en el principio de los tiempos, no había ríos ni lagos sobre la tierra.
Solo había el Mar del Este, donde vivían cuatro dragones: el Gran Dragón, enamorado del agua; el Dragón Amarillo, enamorado de la Tierra; el Dragón Negro, el mejor volador; y el Dragón de la Perla, el dueño del fuego.
Estos seres volaban y eran felices, hasta que un día vieron cómo en la tierra los seres humanos suplicaban a los dioses por la lluvia, sin la cual no podrían obtener cosechas para alimentarse.
Los dragones, apenados, decidieron acudir al Emperador de Jade y le pidieron que hiciera llover.
Este se irritó por su intromisión, pero prometió hacer llover al día siguiente y les dijo que volvieran al mar.
Sin embargo, ni al día siguiente ni muchos días después cayó una sola gota de lluvia, algo que aumentó la desesperación de la humanidad.
Los dragones se entristecieron ante la falta de actuación del emperador y su despreocupación para con el hombre.
Visto que el emperador no iba a hacerlo, los dragones decidieron pasar a la acción.
El Gran Dragón propuso tomar el agua del mar y arrojarla desde el cielo para regar los campos, algo que los cuatro hicieron con premura.
Pero el dios del mar avisó al Emperador de Jade, que se enfureció al no haber contado con su permiso y mandó apresar a los dragones.
El emperador ordenó al dios de las montañas que pusiera una montaña sobre cada uno de ellos con el fin de aprisionarlos por siempre.
No arrepintiéndose de sus actos, los dragones se transformaron en los ríos Yangtzé, Heilongjiang, Huanghe y Zhujiang.
Y de esa manera siguieron ayudando a los hombres."
Terminó de contar con una visible alegría y admiración. Ante el silencio de los demás que la observábamos, viendo que en verdad adoraba esa cultura y tenía un amplio conocimiento de ella.
—Esa es la leyenda china que más me gustó.
Y quise, cuando regresé, hacer una organización que, como los cuatro dragones, ayudara a la humanidad de las fuerzas oscuras que se esconden debajo del poder de la sociedad —siguió explicando, por primera vez, por qué había hecho a los dragones—.
Pensé que existieran cuatro en la cúpula.
Pero no podían reinar todos; debía existir un Uno.
Y escogí al dragón negro que volaba y adoraba el aire.
Él sería quien organizaría a todos los demás.
No es que fuera superior, debería contar con los otros para gobernar.
—Mamá, entre más cuentas, menos entiendo —dije, pensando que ella había hecho de esa hermosa leyenda una macabra organización de los peores mafiosos que existen—. Esos colores que mencionas no tienen nada que ver con la cúpula, a no ser el mío.
—Lo que pasa, hijo —intervino mi padre—, es que además de que tu suegro no quería ser el dragón de fuego, sino el rojo por el color de su cabello, teníamos otros colaboradores que fueron los primeros que contactamos en nuestro intento de hacer a los mafiosos aceptar nuestra idea.
Tu madre se empeñaba en eso de los dragones y, como escuchaste, existían cuatro: "el Gran Dragón, enamorado del agua; el Dragón Amarillo, enamorado de la Tierra; el Dragón Negro, el mejor volador; y el Dragón de la Perla, el dueño del fuego."
—Entiendo. ¿Y qué pasó? Acaba de explicar —dije, con impaciencia.
Era la primera vez que me explicaban cómo se habían fundado los dragones. La primera dirección que crearon les dieron esos nombres. Papá sería el dragón negro y el UNO. Al gran dragón que adoraba el agua le concedimos el color azul, que fue al padre de Francesco Rinaldi.
—¿En serio? ¿Mi papá aceptó eso? —exclamó Franco, incrédulo, que escuchaba todo—. ¡Si él no mataba ni una mosca!
Miré a Franco, que repetía eso una y otra vez. Según papá, la idea era que ellos, que tenían el poderío económico, dirigirían a los criminales.
Franco soltó una carcajada, seguido por mí. Ambos intercambiamos una mirada de entendimiento.
—¿Y esa tamaña estupidez? Perdón, perdón —se disculpó Franco.
—No te disculpes, Franco —dije, pensando lo mismo—. Mi abuelo tiene razón en eso. ¡Para dirigir una organización como la nuestra, debemos ser los peores criminales que existan! Que fue a lo que me condenaron a ser, bueno, a todos nosotros.
Se hizo un gran silencio al escucharme decir eso. No podía esconder el resentimiento que sentía por haberme condenado a esta vida. Pero sobre todo a mis hijos. No había necesidad de condenarnos con tanto dinero y negocios que poseen los Minetti.
—¿Y quiénes eran los otros dragones? —preguntó Rufo.
—El otro se suponía que iba a ser el dragón amarillo que amaba la tierra, pero la otra organización nos exigió que fuera blanco —contestó papá—, para diferenciarla de la de ellos, y aceptamos. Era el abuelo chino que luego puso a su nieto Xialong, quien tendría la sabiduría de sus ancestros.
—Entonces tú eras el negro, Xialong el blanco, mi suegro el rojo. ¿Y quién era el dragón perlado de fuego? —enumeré, intrigado.
Mamá fue la que intervino. Sabía que ella era la de la idea, pero no la interrumpí queriendo saber todo.
Habían escogido un billonario de la industria farmacéutica, es decir mi suegro.
El magnate más poderoso del mundo de las joyerías Rinaldi.
A nosotros, los Minetti, que tenemos un gran poderío económico.
Decidieron elegir al magnate ruso que dominaba el mundo de la mafia: Víctor Rostall.
—¿Víctor Rostall? —exclamó Franco, incrédulo.
—¿Lo conoces? —pregunté de inmediato.
—¿No me digas que en todos los años que tienes dirigiendo a los dragones no chocaste con él? —preguntó papá.
Los miré sin entender. Era la primera vez que escuchaba ese nombre. No tenía idea de quién podría ser Víctor Rostall. Nunca se había interpuesto en mi camino. Miré a Rufo, que estaba igual que yo, y también a Franco.
—¿Pueden decirme quién es? —pregunté, con impaciencia.
—Es un asesino despiadado que no tiene idea del honor y la moralidad, un salvaje que no le tiene miedo a nada —contó Franco con firmeza—.
Hace años nadie sabe nada de él. Hubo un tiempo en que lo perseguí porque había asesinado a casi un pelotón completo nuestro para robar las armas, pero no pude dar con él.
—Espera —lo detuvo Rufo—. ¿Te refieres al Oso?
—¿Lo conocen? —preguntó Franco.
—Sí, claro que lo conocemos —dije de inmediato—. Le dimos caza por atreverse a robarnos un cargamento de armas y lo ejecutamos.
—¿Lo ejecutaron? ¿Están seguros de eso? —preguntó Franco—. ¡Ese hombre tiene más de siete vidas!