¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 159 . LA SALIDA AL CLUB
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159 . LA SALIDA AL CLUB

ALESSIA:

Papá nos llevó hasta una hermosa casa donde nos hospedaríamos durante la misión. Me puse feliz al ver llegar a mi grupo de guardias disfrazados. Mi tía Alexa también llegó, y me sorprendió mucho, pues nadie la conocía porque ella no salía de la finca. Era un milagro que hubiera aceptado.

—Tu tía andará contigo todo el tiempo —me dijo papá al oído—.

A ella nadie la conoce. Por eso le dije que viniera, para que no estuvieras sola y con miedo.

Además, ya tienes activado el aparato en la muela.

Cualquier cosa, Alessia, la más mínima, llámame a mí primero, ¿entiendes?

Luego a tus guardias. Y confía en Faddei y Grigory.

No te separes de este último; te traerá de la mano todo el tiempo.

—No te preocupes, mi Capo, haré exactamente lo que me pediste —dije con una sonrisa—. Ya Olenska me dijo que sí. Dije que pasaré por ella, ¿está bien?

Todo se hizo como lo planearon. Con la ayuda de mi tía, me arreglé muy hermosa. Tanto que cuando Gian me vio, su corazón le latió acelerado sin que pudiera evitarlo. Se suponía que amaba a su novia, ¿cómo podía sentir eso por esta chica?

A mí me pasaba lo mismo. No sabía cómo comportarme.

No podía apartar los ojos de mi ahora muy elegante y atractivo dueño.

Y cuando me tomó posesivamente de la cintura al entrar en el club, toda yo me estremecí.

¿Qué estaba pasando? Me preguntaba, toda confundida, mientras me dejaba llevar por Grigory, que no me soltaba y me conducía a la mesa que teníamos reservada.

Nos seguía Olenska, que estaba muy feliz, sobre todo cuando vio aparecer a Kenet con sus primos.

¡Nunca antes había podido entrar en un lugar de los dragones de alta gama!

—Buenas noches —saludó Kenet, sin quitar los ojos de mí, y me preguntó de mala manera—: ¿Qué haces aquí sola? ¿Te volviste a escapar?

—Kenet, hola —lo saludó Olenska—. Ella está conmigo.

Kenet bufó molesto, queriendo desprenderse de Olenska.

Necesitaba hablar conmigo. Quería preguntarme algunas cosas sobre su novia.

Nosotras habíamos ido de compras juntas antes de todo lo sucedido y la vi sin ropa.

Porque ahora el tatuaje de la marca que tenía la chica del hospital no parecía recién hecho, sino viejo.

Y yo le había dicho que a su novia le habían hecho uno reciente que le dolía y traía cubierto.

Quería asegurarse de eso. A pesar de que mamá le dijo que la vigilaría, él mismo le pidió a la enfermera que la cuidaba que grabara todo lo que hacía sin que ella se diera cuenta.

No quería hablar hasta que comprobara que tenía razón.

La vez que le sucedió lo mismo en el club, su primo Laurent le dijo que Alexcía se había marchado corriendo asustada cuando vio aparecer a unos tipos. Que la había seguido para ayudarla, pero al ir a salir, la vio entrar con otra ropa y pasar a su lado como si no lo conociera.

En aquel entonces no le creyó, pero ahora pensaba que había otra haciéndose pasar por su novia con cirugía para ser igual que yo.

La enfermera le había dicho que su cabello no era natural, que se lo pintaba de rojo, y se lo demostró abriéndolo para ver la raíz rubia.

Aunque no sabía si su novia tenía el cabello rojo o pintado.

Me hizo señas para que lo siguiera, pero yo le abrí los ojos a Gian.

Maldijo furioso, porque aunque había hablado con mamá para que lo ayudara a verificar si era su querida Alexcía o una impostora, la verdadera había desaparecido.

La prueba de paternidad que le mandó a hacer Franco se demoraría aún veinticuatro horas.

¡No quería esperar tanto para salir de dudas!

—Papá me dio permiso —dije, viendo lo furioso que estaba mi hermano. Y aunque quería ir con él porque sabía que le pasaba algo, me quedé sentada—. Te presento a Grigory, el hijo de Faddei Volkov. Es con él que salí.

—¡Si me engañas, nadie te quita el castigo! —dijo Kenet, acordándose del papel que tenía que representar cuando Lucien le dio un codazo a su lado. Respiró hondo y, con una sonrisa, extendió la mano hacia mí—: ¿Me concedes esta pieza de baile, hermanita?

—¡No! —se interpuso Gian, muy serio, impidiendo que me levantara—. Baila con ella —dijo, señalando a Olenska, que se puso de pie enseguida—. ¡Ella es mía y no le doy permiso para bailar con nadie, ni siquiera tú!

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Kenet, realmente celoso—. ¡Ella no es de nadie!

—Pregúntale a tu padre y me dará la razón —contestó Gian, y me hizo sentar a su lado mientras escuchaba cómo Olenska me decía al oído:

—Sigue representando el papel, vas muy bien. Si él se confundió, todos los demás también lo harán.

Luego se giró hacia Kenet, lo tomó de una mano y se lo llevó con ella.

¡No podía creer que todo estuviera saliendo tan bien, mejor que el plan anterior de su padre!

Cuando regresara de Rusia, se asombraría del enorme progreso que había dado con el verdadero Kenet.

Sobre todo, que la tonta de su prima seguía al pie de la letra todos sus consejos, olvidando que estaba enamorada de él y hacía todo lo que el ruso le pedía.

¡Muy pronto ella sería la primera dama de la mafia italiana y la dueña de todo!

No Alexander y mucho menos sus tontas primas.

¡Era a ella a quien le pertenecía ese trono, a nadie más, como le decía su padre!

Lo haría sentir orgulloso entregándole esa organización en bandeja para que la dirigiera.

Su padre sería el Uno después de eliminar a todos.

Sonreía feliz mientras bailaba abrazada a Kenet, que bebía molesto pero le seguía el juego.

—Oye, se supone que debía bailar con él —le dije al oído a Gian, que giró la cabeza, haciendo que ambos quedáramos casi con los rostros pegados, mirándonos fijamente a los ojos y sintiendo miles de emociones.

Luego reaccionó, se separó de mí, se puso de pie, me tomó de la mano y me llevó hacia la pista.

—¡Grigory, Grigory! —Lo llamaba—. ¡Tienes que ponerte celoso y hacer una escena!

—¡Ya la hice al no dejarte bailar con Kenet! ¿O no viste cómo todo el mundo se giró para ver cómo enfrentaba al principito de la mafia? —dijo pedantemente.

—¡No le digas así! Kenet no es tonto, es muy inteligente —defendí a mi hermano, molesta, pensando que este ruso era un engreído.

—¿Te gusta? ¿Por qué lo defiendes tanto?

—preguntó Gian, realmente celoso, sin comprender sus sentimientos.

No sabía si estaba celoso de ver que aquel ocupaba su lugar habitual, o si simplemente se estaba volviendo loco por esta imitadora que al tocarla le recordaba a Alexcía.

Con el alcohol que había ingerido sin parar desde que llegó, le parecía que había estado enamorado y defendiendo una burda imitación de la princesa de la mafia, a la cual acababa de rechazar.

Y creía que había sido un tonto al que ella jugó a su antojo.

Al llegar al centro de la pista, giró para quedarse frente a mí.

Me quedé mirándolo asombrada, casi pegado a mi rostro, sin dejar de mirar mis ojos.

Sentí cómo su aliento caliente chocaba contra mí, haciendo que cerrara los ojos.

Me asombré al sentir que levantaba mi barbilla, deseando que me besara, al tiempo que lo escuchaba decir casi encima de mi boca:

—¡Tú no puedes bailar con nadie que no sea yo! ¡Eres mía! ¡Mía!

—¡Deja de decir eso! —protesté, tratando de alejarme.