156 . DESCONOCIDOS
GIANPIERO:
Miraba a la hija de Minetti, cada vez más preocupado por lo que me esperaba en los siguientes días.
Suspiré aliviado de haberla rechazado cuando el capo mayor me propuso que fuera su novio.
A pesar de que aún no le había visto el rostro bien, porque el abundante cabello que permanecía cubriéndolo totalmente mientras miraba sus uñas, me pareció otra de esas bellezas que rechazaba en Milán a manos llenas: frívola y pensando que el mundo le pertenece.
—No, ella no es la verdadera Alessia Minetti —aclaró el capo Minetti, satisfecho, sin dejar de observar la expresión de disgusto en mi rostro—. Se convirtió en su semejanza, se va a hacer pasar por mi hija y por tu novia.
Miraba al capo de todos los capos explicar, sin dejar de analizarnos a los dos.
No había entendido todavía que la que tenía justo frente a mí no era la hija de Minetti, y que, en ese momento, el capo de todos los capos estaba jugando con nosotros mientras analizaba si seríamos capaces de descubrirnos debajo de esos disfraces.
Tampoco sabía que estaba disfrutando de ver cómo los dos nos habíamos causado una muy mala impresión.
Él sabía que Alessia odiaba a todos los hijos de los capos que se comportaban como Grigory y yo lo estaba imitando muy bien.
También sabía que yo tampoco soportaba a las niñas mimadas de papá, como la que estaba justo frente a mí.
De seguro me había investigado muy bien, por eso le pidió a ella que se comportara como una princesa inútil, y lo estaba haciendo bastante bien.
Así que nos observaba atentamente, hasta que intercambió una mirada con el Lobo.
Este parecía no entender lo que estaba pasando, ni mucho menos por qué Minetti había disfrazado al hijo del capo Cian en lugar de pedir que trajera al suyo propio.
—A partir de ahora tú serás Gianpiero di Novara. Deben andar juntos todo el tiempo, sin separarse jamás —siguió explicando Minetti—. Se supone que tu padre te la compró, ¡es tuya! Ahora salgan un momento, necesito hablar con el Lobo a solas.
Ambos nos dirigimos hacia afuera de la habitación. Yo, aún en mi papel del principito de la mafia rusa, Gregory. Pero, pensando que teníamos que trabajar juntos, me acerqué y le extendí la mano a la falsa Alessia Minetti, quien me miró con desdén, sin intenciones de tomarla.
—Mucho gusto, Alessia Minetti. Espero que nos llevemos bien y cumplamos esta misión lo antes posible —hablé muy fríamente mientras retiraba la mano al ver que ella no me la tomó.
—Eso también espero. Aunque no pienso quedarme aquí en medio del pasillo. Me iré a la cafetería —dijo, e hizo el intento de irse. Pero la detuve, hablando con una voz extraña, con acento ruso.
—¡No puedes moverte de aquí! —respondí con firmeza, mirándola con rabia. Pensaba que esto era lo último que me faltaba: luchar con una malcriada—. Mira, niñita mimada, mejor te portas bien. Te advierto que no tengo mucha paciencia con chicas como tú.
Toda mi educación se esfumó y actué como lo que realmente soy: un mafioso. No iba a aguantar todos sus caprichos y desobediencias. El capo mayor había dicho que nos quedáramos allí y pretendía obedecerlo.
—¿Chicas como yo? —me enfrentó furiosa Alessia—. ¿Y cómo soy, si se puede saber?
La falsa Alessia me miró desafiante, sin quitarse las gafas de sol, lo que me impedía ver sus ojos. Pero me bastó su pose de niña malcriada. No tenía paciencia para discutir con ella, así que me giré y la miré con desdén.
—Se nota que eres hija de alguien que te lo da todo y te deja hacer lo que se te antoje. Pero desde ahora eres mía, de mi propiedad —dije, sin ocultar mi actitud de ser el hijo mayor del capo Cian—. ¡Tienes que hacer exactamente lo que yo te diga, cuando te lo diga y cómo te lo diga! ¿Capisci?
Alessia, por un momento, se quedó mirándome fijamente y frunció el ceño sin dejar de observarme, como si me reconociera.
Pero yo había impregnado un acento ruso en mi voz, arrastrando mucho la "r", y ella pensó que estaba alucinando.
Le di la espalda al decir aquello, pero ella se acercó despacio, lista para enfrentarme, quedando prácticamente pegada a mí.
Sentí una energía familiar que me hizo levantar la cabeza para mirarla.
Para mi sorpresa, parecía que ella también lo había sentido.
Pude leer en su actitud la misma pregunta que me hacía yo: ¿Cómo era posible que sintiéramos de esa manera?
Era como si ambos nos hiciéramos la misma pregunta.
Alessia me miró a través de sus gafas oscuras y, desconcertado, retrocedí un paso.
—Será mejor que nos llevemos bien. Ya papá me dijo que estás comprometido —dije, girando la cabeza y hablando más despacio, tratando de reconciliarme con ella—. Yo también tengo a mi novia, a la que amo mucho. No quiero que haya malos entendidos entre nosotros. ¿Hablas ruso?
—Muy poco —respondió Alessia, sin atreverse a moverse de allí. Había algo en mí que la atraía y quería saber más—. Es verdad lo que dices. Es mejor si nos llevamos bien. ¿Puedes practicar ruso conmigo? Hablas muy bien el italiano. No es que me des clases…
Por primera vez desde que salimos, Alessia se apresuró a aclarar al ver la cara de disgusto que tenía al darme cuenta de que no era una profesional, como me había imaginado para la misión. Me pasé la mano por la ridícula barba que llevaba, sintiendo que todo esto iba a ser demasiado difícil.
—Disculpa, es que todos los que vamos a estar viendo hablan ruso, y voy a quedarme varada —dijo más amablemente. Luego suspiró y añadió—: Aunque, bueno, se supone que perdí la memoria.
—¿Perdiste la memoria? ¿Qué quiere decir eso? —pregunté, interesado. Todavía no sabía todos los detalles, y quería saber más.
—En serio, necesito tomar algo o creo que me voy a desmayar —dijo, pasando la mano por su estómago—. Por favor, Grigory ¿puedes acompañarme a la cafetería? Allá te contaré todo lo que me explicaron sobre la misión. No está tan lejos, está en el primer piso.
Después de dudarlo un poco, hice una señal a mi escolta y la seguí a donde me indicaba.
Era, en verdad, una elegante cafetería. Enseguida nos sirvieron lo que pedimos, y nos sentamos frente a frente en una de las mesas.
A Alessia le temblaban las manos cuando tomó la taza de café que le sirvieron.
La miraba, observando a mi compañera de misión.
A pesar de su abundante, rizado y desordenado cabello rojo que prácticamente le cubría todo el rostro, y los enormes espejuelos que ocultaban su expresión, había algo en ella que me resultaba familiar.
—¿Por qué estás nerviosa? —pregunté mientras daba un sorbo a mi café—. No te voy a comer.
—Es mi primera vez en esto —dijo, sin dejar de temblar.
—¿Qué? ¿Cómo el capo di tutti i capi me va a poner con una novata en esta misión? ¡Eso es ilógico! —dije, haciendo el intento de ponerme de pie. Pero Alessia me lo impidió, tomándome del brazo.
—Espera, deja que te explique lo que pasó —dijo, tirando de mí, obligándome a volver a sentarme—. Y por qué me veo en la necesidad de hacer este papel.