155 . LAS DUDAS
KENET:
Después de que todos salieron de la habitación en el hospital, me quedé con mi novia Alexcía, solos, todavía tomados de la mano.
Me senté a su lado en una silla. Estaba emocionado porque iba a recuperar la imagen de la que me enamoré y, al mismo tiempo, asustado de no gustarle ahora.
Ella me miraba con curiosidad, como si tratara de recordarme, pero podía ver que no lo hacía.
—¿En verdad soy tu novia? —preguntó Alexcía.
—Sí, espera —contesté, nerviosamente.
Saqué mi teléfono, donde tenía muchísimas fotos de nosotros juntos, que le enseñé. Incluso hasta videos de las ocasiones en que salíamos a clubes. Ella se quedó observándolos atentamente. Los pasaba despacio con los ojos entrecerrados, con incredulidad. Negó con la cabeza tristemente.
—No recuerdo nada —dijo al fin, después de ver todas las fotos y videos.
—No importa, de a poco lo harás —dije con una sonrisa, ocultando mi decepción ante ella—. Yo te ayudaré.
—¿Quién es esa rubia que aparece en casi todas mis fotos? —preguntó, señalando a Olenska.
La observé detenidamente. Ella nunca me había dicho nada sobre ella. Era muy misteriosa y escurridiza. Por mucho que le pregunté con delicadeza, nunca me dijo nada en concreto.
—No lo sé, nunca me dijiste. Verás…, yo estudiaba en otra escuela y iba a verte a la tuya. Te conocí un día que te caíste delante de mí en la calle y te recogí —le contaba con sinceridad—. Estabas desmayada y tuve que montarte en mi auto. Fue en ese momento cuando empezaste a gustarme.
—¿De veras? —preguntó, ruborizada, lo cual, a pesar de que tenía la imagen de mi hermana, la hacía ver muy hermosa.
Desvié la mirada, no queriendo ver a mi hermana en ella. Amaba a Alessia, pero vamos. Quién quiere ver la imagen de su hermana en la mujer que ama. Pero no quería irme y dejarla sola. Temía en mi interior que volviera a desaparecer.
—Sí, me gustaste desde la primera vez que te vi —dije lo más firme que pude, esforzándome por mirar su imagen en mi teléfono—. Sobre todo, porque después de eso no hiciste como todas las demás chicas.
Me miró curiosamente, sin entender a lo que me refería. Sabía que ella, como estaba ahora, no tenía idea de lo que significaba ser el príncipe de la mafia italiana. No solo eso, sino el heredero de una de las familias más adineradas y sobresalientes de Italia.
—Quiero decir que no me caíste atrás ni te hacías la que me conocías —aclaré, un poco avergonzado—. Todo lo contrario, me huías cuando me veías.
—No te creo —dijo, coquetamente.
—Sí, no te miento. Me diste mucho trabajo para dejar que me acercara a ti —le conté con una sonrisa.
Yo era un hombre que hablaba muy poco. Ahora me veía obligado a contarle todo para recuperarla—.
Pasaba los días esperando que terminaras tus clases para invitarte a salir y no aceptabas.
Hasta que al fin invité a todo tu grupo con la condición de que te llevaran. No me querías a tu lado, te lo juro.
Ella se rió con una risa cristalina que hizo que mi corazón saltara alborotado.
Siempre me había costado mucho hacerla reír.
Siempre parecía que me escondía algo y que se esforzaba en decir lo correcto todo el tiempo.
Por un momento me quedé mirando los hoyuelos en sus mejillas y pensé que quizás que perdiera su memoria era una gran oportunidad para mí.
No había el temor que siempre vi en sus ojos.
—Creo que exageras. Eres muy guapo —dijo de nuevo, sonrojándose.
—No lo hago. Cuando salgas de aquí, iré a verte con mis primos.
Ellos son testigos de que no me aceptabas —dije, sonriendo también—.
Ahora que lo mencionas, no me había dado cuenta.
El día que te desmayaste delante de mi auto y yo creía que te había golpeado, me pareció que escapabas de esa rubia de la foto.
—¿De veras? —preguntó, tomando de nuevo mi teléfono para mirar la foto donde aparecía esa chica—.
No recuerdo nada. Es como si me lo hubiesen borrado todo.
Las únicas memorias que tengo son todas las que he hecho desde que me desperté aquí.
Ni mi nombre sé bien. Aunque papá me dijo Alexcía, siento que no me llamo así.
La miré fijamente, no queriendo engañarla.
Aunque no sabía la razón por la que Franco le había cambiado el nombre, decidí ser sincero con ella.
Si ella se iba a recuperar, no podía ser a base de mentiras que la confundieran más.
Era la mujer que había elegido para mí y la iba a proteger de todos. Incluso de su familia.
—En realidad tu papá dijo que te llamas así.
Lo que pasa es que te gustaba que te dijeran Alessia, como a mi hermana —dije una media verdad, porque en realidad no conocía mucho de mi novia—.
Tú la admirabas mucho. Me vivías haciendo preguntas sobre ella.
Y hasta empezaste a usar cosas que se pone.
Dejaste tu cabello rojo y te hiciste el mismo peinado de Ale, aunque te dije que prefería el tuyo.
No sabes lo feliz que me hace que vuelvas a ser tú.
—¿Por qué? —preguntó, muy seria—. ¿Por qué te gusto, Kenet?
—Porque eres muy hermosa y eres la chica que me gustó mucho desde el mismo momento que te conocí —dije con sinceridad.
—Ji, ji, ji…, tú…, tú…, también me gustas ahora, ji, ji, ji… —dijo, tapándose el rostro con las manos.
Me incliné sobre ella y, al cerrar los ojos, la besé suavemente en los labios, sintiéndome muy feliz por eso que me dijo.
Porque en verdad nunca antes me lo había confesado.
Aunque no sé por qué, los besos de ella no me saben igual ni me hacen sentir lo de antes.
Eso me llenó de una gran sorpresa y me separé de ella, confundido.
—Keni…, te extrañé —susurró Alexcía, apretándome con su brazo sano contra ella.
Al escuchar cómo me decía, me quedé muy cerca mirándola a los ojos y, aunque no sé por qué, me pareció ver una mirada de triunfo en ellos. Retrocedí, sintiendo repulsión. ¿Qué fue eso? Me parecía que era otra mujer que no conocía. Era la segunda vez que me pasaba.
Lo recordé bien. Luego de hacernos novios en el club, fui al baño y cuando regresé, ella me besó y sentí lo mismo. Todas las alarmas de mi bien entrenado instinto se despertaron y me quedé observándola, preguntándole muy serio:
—¿Alexcía, estás segura de que no recuerdas nada?
No estaba seguro, pero mi instinto me decía que no era ella.
No sé por qué, pero nunca antes me había equivocado.
Ella bajó la mirada ante la mía, ruborizándose.
Pero la duda no se iba de mí. Volví a sentarme, sintiendo que me estaba volviendo loco.
Debía ir a buscar a mi madre o al tío Rufo.
Recordaba la prueba de paternidad que le habían hecho con Franco.
Si no era mi novia, los resultados lo dirían.
—¿Qué te pasa, Kenet? —preguntó ella, tirando de mi mano—. ¿No te gustó mi beso porque me parezco a tu hermana?