154 . EL LOBO Y SU HIJO
ALESSIA:
Guardé silencio al escuchar los consejos de mi única y buena amiga Filomena.
Ella no respondió de inmediato la pregunta que le hice.
Sabía que, como yo, estaba confundida con todo lo sucedido con Gianpiero.
Apreté mi entrecejo como mismo hacía papá.
No quería llorar, pero el dolor de ser engañada por él me oprimía el pecho.
—No lo sé, pero ¿por qué desapareció de la escuela si según iba a estudiar?
¿No te dice eso que tu papá tiene razón?
—Me hizo las mismas preguntas que realizó papá—.
Gian no tenía motivo para huir como nosotras.
Duérmete y vamos a rezar para que tu papá esté equivocado.
¿Quién sabe si ese chico que te quiere presentar te gusta? Hasta mañana, Alessia, y no llores.
—Hasta mañana, Filo —me despedí, pensativa.
Seguí pensando en todo y lloré hasta quedarme dormida.
Al otro día hice un gran esfuerzo por arreglarme muy hermosa, como me pidiera mi padre.
Migue me ayudó, preguntándome a cada rato qué me pasaba, pero no le dije.
Luego, al bajar, vi a Minetti esperándome sonriente.
Corrí hacia él y lo abracé muy fuerte, mientras suspiraba.
—¡Vaya, sí que es linda mi hija! —exclamó papá, separándome de él para verme mejor. En verdad extrañaba la imagen verdadera de mí—. Ese cabello tuyo me encanta y veo que Migue hizo un buen trabajo. ¡Bravo, Alessia!
—Gracias, papá. Tengo que confesar que también extrañé ser yo —dije, mientras sacudía mi abundante cabellera roja rizada.
Papá se dirigió conmigo al coche. Todo el tiempo me explicó lo que debía hacer para lograr que Olenska me dijera lo que sabía. No volvió a mencionar al hijo del capo Cian, para mi alivio.
Llegamos al edificio frente a la biblioteca. Lo reconocía, sabía que era propiedad de mi padre. Bajamos y subimos en silencio hasta un apartamento. Al entrar, todo estaba muy bien arreglado, como si esperaran a alguien importante. Al momento, tocaron la puerta.
—Mi Capo, el Lobo y su hijo están aquí —anunciaron, abriendo la puerta.
Me mantenía sentada al lado de mi padre, algo nerviosa ante la avalancha de recomendaciones que me daba, cuando vi entrar a Faddei Volkov, el Lobo.
Era realmente impresionante: rubio, de ojos azules, muy fornido y lleno de tatuajes por todas partes, con una gran melena, barba y bigotes que le daban un toque salvaje.
Por la forma en que me miró y cómo mi padre se puso de pie de un salto para ir riendo a su encuentro y darle un fuerte abrazo, supe que había cometido un grave error.
—Faddei, amigo. Gracias por venir —dijo papá con una gran sonrisa.
—Mi Capo, esto es algo que no esperé. Estaba en medio de una gran operación y ahora todo se fue al traste —dijo con una voz gruesa amenazante—. ¿Qué pasó? ¿Cómo pudo volverme un traidor así de fácil? ¡Usted no sabe lo que hizo!
—Cálmate, todo tiene una explicación —habló papá, dándole dos palmadas en la espalda, mientras caminaba hacia los sillones—. Necesito que me ayudes a acabar con todos esos traidores seguidores del dragón de fuego, el mismo que atrapaste.
—¡¿Tenía que convertirme para eso en un traidor, mi Capo?! —gritó, realmente enfadado, maldiciendo en ruso—. ¡Debió avisarme primero!
A pesar de que no sabía lo que decía en ruso, pude entender por la cara que tenía mi padre que debía ser algo muy malo.
Me encogí en mi asiento con ganas de arrodillarme y pedirle disculpas al Lobo, que seguía maldiciendo.
Estaba casi a punto de hacerlo, cuando vi que el ruso se paseaba como un verdadero lobo enjaulado, muy, pero muy furioso, ante la mirada de papá, que esperaba que soltara todo lo que tenía atragantado en su pecho sin interrumpir.
Me deslicé, lista para arrodillarme y explicarle lo que había pasado. Pero la mirada fría que me dirigió mi padre, que parecía adivinar lo que pretendía hacer, me hizo congelarme.
—¡Debió hablarlo conmigo primero! —seguía exigiendo y protestando el Lobo, visiblemente en desacuerdo por convertirlo en traidor.
—Amigo, ven siéntate aquí a mi lado —lo llamó papá, tratando de calmarlo—. Ahora te explico.
Luego se giró hacia mí y me mostró, haciendo que la atención del Lobo se posara sobre mí. Como si hasta ese momento no se hubiera dado cuenta de que me encontraba allí, enseguida cambió y vino cerca.
—Mi amigo, te presento a mi hija. A partir de ahora será Alessia Moret, la cual compraste para regalársela a tu hijo Grigory. ¿Dónde lo dejaste? —preguntó, abriendo los ojos de una manera significativa de modo que yo no lo viera.
Aunque yo estaba realmente impresionada con ese Lobo peludo, que tenía unos ojos azules brillantes que parecían puñales y que querrían reventar a todo el que se pusiera delante, ya me imaginaba que su hijo debía ser algo como esa imagen grotesca y salvaje que tenía delante.
Por instinto, sin apenas darme cuenta de lo que hacía, ante el grito que dio el Lobo, me pegué a mi padre, que me sonrió, infundiéndome valor.
—¡Grigory, acaba de entrar! —gritó el Lobo, todavía molesto, en ruso.
En ese momento, un alto y muy bien formado joven rubio, prácticamente una copia joven del Lobo, entró por la puerta.
Iba vestido con el más increíble de los trajes, con joyas de la mejor calidad.
Exudaba un aura de seguridad y arrogancia que a mí me resultó insoportable.
Con una sonrisa muy amplia, saludó en perfecto ruso.
—Gracias por la invitación, mi Capo —habló con una sonrisa arrogante.
Y mientras avanzaba, sus ojos volaron hacia mí en una descarada inspección.
Lo miré solo un instante con repulsión. ¡Odiaba a los hijos de los capos mayores que eran así como él!
Menos mal que mi Gian no lo era, o al menos eso creía.
Porque después de lo que me dijeron, que lo habían recogido cuatro autos cargados de hombres armados y que iba muy bien vestido, había comenzado a dudar y a pensar que se había disfrazado para acercarse a mí.
Me mantuve en silencio, como me había indicado mi padre. También me dijo que no hablara a no ser que me preguntaran algo. Y al ver a esos dos, sobre todo al engreído lobezno que no me quitaba los ojos de arriba, pretendía cumplir con cada orden que me había dado.
—Siéntate, Grigory —le pidió papá con una gran sonrisa—. Te presento a Alessia Minetti.
—¿Eh? ¿Es su hija? —preguntó, asombrado y curioso a la vez de conocer de primera mano a la princesa de la mafia.
No tenía idea de que era Gian en su más que bien logrado papel de Grigory.
Hasta a papá le costaba trabajo reconocerlo debajo de aquel disfraz.
Me observaba fijamente mientras yo evitaba hacerlo.
Estaba concentrada en mirar mis uñas y jugaba con un hermoso anillo sin mirarlo.
Por eso no vi cuando giró su cabeza, disimulando el disgusto que le causé.
Al levantar mi mirada, pude leer con claridad lo que había en la suya: ¡Otra estúpida y engreída niñita de papá!