¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 152 . ENFRENTANDO A PAPÁ
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152 . ENFRENTANDO A PAPÁ

ALESSIA:

Cuando papá regresó a la casa, lo primero que encontró fue a mi bisabuelo y a la abuela Libia riéndose a carcajadas conmigo. Le estaba contando las historias de las cosas que me pasaron en Sutera. Por supuesto que no le dije lo malo, solo aquello que me parecía increíble y de mis reacciones.

Me observó por un rato sin que yo lo supiera, hasta que me di cuenta y corrí a saludarlo.

—¿Ya llegaste, papá? —Lo abracé feliz de verlo.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —preguntó demasiado serio, haciendo que mi corazón saltara asustado.

—Claro, papá, vamos —dije, colgando de su brazo mientras trataba de contener el miedo en mi corazón.

Lo acompañé hasta el despacho, intrigada. Me senté y esperé que hiciera lo mismo detrás del buró. No lo apuré, porque me di cuenta de que debía ser algo delicado por la forma en que me miraba. Parecía que estaba buscando las palabras correctas.

—A partir de mañana te harás pasar por la novia del hijo del Lobo. Es decir, serás Alessia Moret —me informó con seriedad—. Ya llegaron y están listos. Pero recuerda, nada de ir a visitar a los Conti, ni moverte sin tu escolta. Harás exactamente todo lo que te diga, sin improvisar. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, papá. ¿Quién será el chico? —pregunté, esperanzada de que se tratara de Gianpiero.

—Ya te lo dije, es el hijo del capo ruso, el Lobo. Se llama Grigory. Mañana lo conocerás —respondió, bajando la mirada—. Cuando termines aquí, vete con Migue a ver a Gina. Quiero que te transformes en mi hija.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, tomando un mechón de pelo todavía pintado de negro—. A Alexcía no le gusta el cabello rojo.

Al ver que papá no tenía ni idea de cómo era Alexcía, traté de explicarle lo que me había dicho Olenska de ella.

Pero él siguió sin cambiar de parecer. Me recordó que a ella la habían transformado en mí.

Tenía que ser yo con todas las de la ley.

Vestiría como lo que soy, la princesa del mundo de la mafia.

Tenía que representar ese papel porque el Lobo era millonario.

—Te llenarás de joyas y usarás siempre unos espejuelos oscuros que oculten el color de tus ojos.

Por ningún motivo, ni ante nadie, deberás quitarte ese disfraz —siguió ordenando—.

Además, quiero que seas caprichosa y malcriada.

Debes volver a ser lo que eras antes de castigarte.

¿De acuerdo? Y nada de enamorarte del hijo del Lobo, ni de decirle quién eres.

—¿No se supone que está de nuestro lado? —pregunté, intrigada por el misterio—. ¿Por qué tengo que ocultarle que soy tu hija?

—¿Ya empezaste a cuestionar lo que te dije? —preguntó, mirándome con el ceño fruncido—. Mejor lo dejamos, no va a funcionar si va a ser así.

—¡No, papá! Disculpa, no estoy cuestionando nada, solo pregunto por curiosidad —me apresuré a aclarar—. Solo trataba de ayudarte a conocer cómo era esa chica.

Papá se quedó observándome por un momento. Sabía que se estaba preguntando si sería correcto hacer esto. A pesar de que había entrenado muy fuerte físicamente, nunca me dejó codearme con nadie. No estaba preparada para mentir.

Pensó por un momento qué hacer. Ese plan ya no le parecía inteligente; yo correría realmente peligro.

—Alessia, vamos a hacer una cosa. Tu objetivo será engañar a Olenska para que crea que nosotros te tomamos por mi hija. ¡Solo a ella! —Dijo, visiblemente preocupado por mí—. Nada de encontrarte con Alexander, ni su abuelo o Adelina, y mucho menos con Dimitrov. ¿Capisci?

—Sí, sí, papá —acepté de inmediato.

—Kenet te va a ayudar en eso. Harás una o dos salidas con Olenska y nada más. Pero sobre todo, ¡no te separarás de Grigory! —Lo dijo con tanta firmeza que comencé a ver que era en verdad una misión peligrosa—. Y nada de enamorarte de él, ya tiene una novia que adora.

—¡No, papá! —negué con vehemencia—. No te preocupes, haré exactamente lo que me dices, no te volveré a defraudar.

—Tampoco te alejarás del Lobo y su hijo cuando andes con Olenska.

Y no te preocupes, Rufo se hará cargo de ella —era evidente que papá estaba muy asustado y preocupado por mí—.

Cuando eso suceda, ahí acaba tu misión y regresas a la casa.

Repito, ¡no le dirás a Grigory que eres mi hija!

Dirás que te disfracé de ella. ¿Entiendes?

Lo miré por unos instantes sin decir nada.

Por primera vez veía a mi padre nervioso y asustado, aunque hacía todo lo posible para controlarse.

Lo entendía, yo también lo estaba, pero participar en la vida de la mafia era un paso para pasar a formar parte de ella, más que ser una flor inmaculada en medio de todo.

—De acuerdo, no lo haré —dije, tratando de sonar lo más normal posible—. ¿Puedes explicarme por qué él no debe saber que soy tu hija?

—¿No te acuerdas lo que pasa con todos los hijos de mis colegas cuando se te acercan sabiendo que eres mi hija? —preguntó, y me sentí tonta—. Quiero que te trate como a su igual, que no tenga miedo de hacer nada porque seas tú. ¿Comprendes por qué lo hago? Su papá, Faddei, el Lobo, sabrá quién eres.

—Ya, ahora entiendo, papá, es verdad lo que dices —acepté su explicación, inclinando la cabeza—. Gracias, no lo había pensado. No se lo diré.

—Tampoco conoces de cerca a los Rinaldi —siguió instruyéndome.

Papá volvió a quedar en silencio mientras se presionaba el puente de la nariz, gesto que sabía que hacía cuando en verdad estaba muy preocupado por algo.

No dije nada más. Haría exactamente lo que le pidiera.

Tenía que demostrarle que no solo era su niña mimada, sino una mujer con la que podía contar y confiar para cualquier cosa.

Debía estar preparada para el día en que ellos no estuvieran, ayudar a mi hermano.

Como tantas veces Kenet me repetía, porque para él no concebía dirigir esa organización sin mí a su lado.

Me lo decía cada día de su vida. Y esta era mi oportunidad de crecer y demostrar que era una digna heredera del dragón negro.

Sobre todo, hacerle entender que confiaba ciegamente en su sabiduría.

—Ahora quiero hablarte de otra cosa muy seria —me sacó de mis pensamientos la voz de mi padre—. ¿Confías en mí?

—Sí —respondí enseguida, mirándolo.

—¿Segura? ¿Confías tu vida en mí? —Insistió de nuevo.

—¡Sí, papá! Ordena lo que sea, que lo haré sin chistar —dije, algo impaciente—. Te demostraré que confío en ti ciegamente.

Papá se puso de pie, rodeó el buró y vino hasta estar frente a mí.

Se inclinó y me miró directamente a los ojos.

Le sostuve la mirada, intrigada. Lo vi sentarse en el sillón frente a mí, sacar un tabaco, prenderlo y darle varias chupadas, llenando todo de humo, antes de quedarse por un momento mirándome fijamente para luego decir:

—Te voy a comprometer con el hijo mayor del Capo Cian.

—¿Qué? —me esperaba todo menos eso.

—Quiero que lo conozcas para ver si se gustan —siguió hablando, mientras fumaba con parsimonia su tabaco, sin dejar de observarme a través del humo esparcido delante de su cara—. Pero ya está decidido. Te casarás con él.