¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 149 . DESENTRAÑANDO LA TRAICIÓN
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149 . DESENTRAÑANDO LA TRAICIÓN

FRANCO:

Rufo negó con la cabeza al escuchar la conclusión a la que había llegado.

Ronaldo seguro pensó que heredaría todo, ya que creía que me habían desheredado.

Tampoco podía delatarse. Annette lo había visto, tenía que asegurarse de que me eliminaran.

Por eso me siguió y estuvo delatándome todo el tiempo.

Pero resulté muy difícil de atrapar y él no tenía el valor de asesinarme.

—Luego lo mandaste a América y se encontró a Eleonora Conti e idearon todo lo demás —miré a Rufo y estuve de acuerdo con su conclusión.

—No sé si fue así —dije, todavía dudando—. ¿Por qué no me delató todos estos años que sabía que estaba en Sutera?

—¡Porque no eras una amenaza! Se convencieron de que no pensabas volver a ser Francesco Rinaldi.

Tenías a Ray, que, si te mataban, toda la fortuna pasaba a él inmediatamente —dijo Alessandro, viendo todo con claridad—.

Ya viste que en los papeles que te di estaba la raíz familiar tuya, donde se indican todos los varones de apellido Rinaldi.

—Y si los eliminaban a los dos, el dinero iba a parar a manos de los Minetti, como estipula en el testamento —agregó Rufo—. A Ronaldo solo le tocaba una pequeña parte que le dejaron.

—Tiene sentido eso que dicen —dije, pensativo—. Ahora ya está muerto, no puedo hacer nada.

Aunque mi hermano adoptivo me había traicionado, ya no podía hacer nada con él.

Solo nos quedaba averiguar quién estaba detrás de él.

Rufo y Alessandro salieron de la casa para dejarme privacidad.

Estuve un buen rato dentro de la casa paternal.

Después de terminar de inspeccionar toda la propiedad, regresé pensativo a la casa donde me hospedaba.

¿En verdad Ronaldo, a quien tanto amaba y cuidé, a pesar de no ser mi hermano biológico, me traicionó de esa manera?

Pensaba mientras terminaba de cenar y me dirigía con Bosco al despacho de la casa, impidiendo que Filomena lo acompañara.

Al llegar, lo primero que hizo él fue arrodillarse delante de mí.

—Mi suegro, sé que tiene todo el derecho de eliminar a mi familia por lo que pasó con la suya.

Pero son, después de todo, mis padres y mi hermana —comenzó a hablar, sin levantar la cabeza—.

Por eso le ruego que los castigue de otra manera.

Lo ayudaré el resto de mi vida en todo. Pagaré yo mismo las culpas de ellos si así usted lo desea.

—¿No vas a avisarles? —pregunté, muy serio.

—No, señor, no lo haré —aseguró, y no me sorprendió. Luego levantó la cabeza para mirarme fijamente—. Sin embargo, si decide ir a atacarlos, iré a morir con ellos. No les diré nada, solamente recibiré el castigo junto a ellos que usted decida imponernos.

—¿Y Filomena? ¿La abandonarás? —presioné aún más.

—¡No, jamás abandonaré a Filomena! ¡Me la llevaré conmigo a donde quiera que vaya! —dijo con firmeza—. Trabajaré duro para hacerla feliz. Ella está de acuerdo.

—¿A qué está de acuerdo mi hija? —pregunté, inclinándome un poco.

Quería saber hasta dónde ese chico era capaz de llegar por mi hija. Pero también qué era eso que le había prometido ella. Aunque casi podía saberlo. Conocía demasiado bien a esos dos. Por eso no me sorprendió que le dijera a Bosco que abandonaría a la familia por estar juntos.

—Aunque no quiero eso, señor Franco. Como le dije, estoy dispuesto a servirle para averiguar quiénes fueron los autores de ese crimen —se apresuró a aclarar Bosco—.

Por ello me puse a recordar todo lo que escuché en las reuniones que hacía mi padre con los extraños que lo visitaban, y lo escribí aquí.

Creo que le va a ser de mucha ayuda. También estoy dispuesto a ir a enseñarle todos esos escondites, incluso a infiltrarme entre ellos si me lo pide, para seguir averiguando lo que planean.

Me extendió varias hojas que tomé, intrigado.

Me senté y comencé a leer. Entre más lo hacía, más me asombraba.

En ellas estaban relatadas las respuestas a muchas interrogantes que había tenido durante muchos años en Sutera.

No solo eso, también dibujó los dragones que recordaba y otros signos, sobre todo uno que conocía muy bien.

—Levántate, Bosco. ¿Conoces al dueño de este signo? —pregunté enseguida.

—Sí, señor, trabaja para un capo en Milán —respondió de inmediato.

—¿Milán? ¿Estás seguro? —pregunté, interesado—. ¿No sabes cómo se llama exactamente?

—No. Pero sé que es ruso por su manera de hablar. Creo que puedo averiguar con la tonta de mi hermana —sugirió enseguida—. Ella estaba empeñada en casarse con su hijo para venir a vivir a Milán.

—Muy interesante. No hagas nada hasta que te lo pida —me puse de pie y le extendí la mano, complacido con mi yerno—.

Y gracias, Bosco. Me has demostrado que no perdí el tiempo contigo.

No asesinaré a tu familia. Cuando investiguemos todo, porque tú me vas a ayudar a descubrir la verdad, veremos qué castigo imponerles si estuvieron implicados en ese asunto, que no lo creo.

Bosco abrió los ojos al escuchar lo último que dije. Por eso me dediqué a explicarle que no creía que su padre estuviera envuelto en los asesinatos, era demasiado cobarde para eso. Puede que después se enterara de todo cuando lo reclutaron los dragones de fuego.

—No creo que supiera quién en verdad era yo, o me hubiera delatado. Incluso hizo intentos de reclutarme para ellos —seguí diciendo—. Tu padre es un ambicioso gamberro, pero nada inteligente. Por eso se dejó engañar por los demás. Quédate tranquilo, quizás nos sea útil después de todo. ¿De acuerdo?

—Muchas gracias, mi suegro, muchas gracias —volvió a arrodillarse delante de mí, emocionado, repitiendo una y otra vez—. Muchas gracias, mi suegro, muchas gracias.

—¡Levántate! ¡No quiero volver a verte arrodillado delante de nadie! ¡Eres mi hijo varón que no tuve, no debes doblar tus rodillas así de fácil! —le grité, haciendo que se levantara de un salto.

Lo miré, satisfecho. A pesar del enorme cuerpo de hombre que poseía, seguía siendo todavía un chico al que debía guiar por la vida para que hiciera feliz a mi hija. Como acababa de decir, Bosco era el hijo que deseé tener y no tuve, pero que ahora era mi yerno.

—Eso está mejor, no lo olvides. Eres mi hijo, tienes que defender mi honor —dije, dándole dos palmadas en la espalda—.

Ahora vete a ver a Filo. Debe estar muriendo de angustia.

¡Y nada de escaparse! Desde mañana tienen que andar con escolta.

Ah, en un rato vendrá el doctor Rufo a hacernos el tatuaje de mi dragón.

¿Estás seguro de que quieres permanecer en mi familia y convertirte en un mafioso?

—¡Sí, señor! —contestó, cuadrándose como si fuera un militar—. Yo soy de su familia. Me acaba de decir que soy su hijo y, como tal, lo seguiré en todo lo que usted emprenda.

—¡Así me gusta! ¡No perdí el tiempo contigo todos estos años! —dije, satisfecho.

Lo acompañé hasta la puerta, recordándole que al otro día debía levantarse temprano para entrenar con mi pelotón junto a Filomena.

—Pues bien, mañana te levantas a las cuatro de la mañana para que inicies el entrenamiento con el pelotón. Filomena también. En esta vida que vamos a llevar, tenemos que estar preparados para todo.

—Entrena con ella en serio, Bosco. Confío en ti, no me defraudes —dije antes de salir.

—¡No, señor! —Sonreí al escucharlo. Había pasado la prueba.