148 . ¿COINCIDENCIAS?
ALESSANDRO:
Franco, al escucharme preguntar si la que estaba en la fotografía era mi Celia, vino a ver de quién hablaba.
Se quedó observando la foto y luego la tomó, sonriendo.
Era evidente que era toda su familia la que había sido asesinada.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que no rodaron, y un leve estremecimiento de su labio inferior me hizo guardar silencio.
Después de unos minutos, levantó la cabeza para mirarme.
—Esa es una foto de mi familia. Como ves, la hicieron cuando todavía no éramos mayores —habló mientras acariciaba la imagen con cariño y añoranza—. Por lo que veo, no sabes mucho de tu Celia.
—¿Qué quieres decir? ¿Celia es de tu familia? ¿Y esa otra que está a su lado quién es? —señalé a una chica un poco menor que, a simple vista, se veía que debía ser familia por el gran parecido que poseían.
—Sí, ella es tu Celia, como dices, y esta de al lado es su hermana Cecilia, que vivía prácticamente con los abuelos aquí —contestó, mientras me mostraba la foto—.
Venían hasta cuatro veces al año a pasar una temporada con nosotros.
Eran muy buenos amigos de mis padres y nos visitaban a cada rato.
Tenían la ilusión de que nos emparejáramos, pero Celia estaba enamorada desde niña de un amigo de la infancia.
Y a mí no me interesaba para nada. Aunque al final lograron su objetivo.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, intrigado.
Franco se sentó frente a nosotros en un sillón, mientras nos contaba que, aunque no funcionó entre Celia y él, Cecilia se enamoró de Reinaldo.
Era hijo de un primo de su papá, pero se querían como hermanos.
Habían crecido juntos y vivían al lado, en la casa que está antes que esta.
No sabía por qué mi primera esposa nunca me lo había mencionado.
Él se había ido muy temprano de la familia Rinaldi en rebeldía y no sabía que la habían casado conmigo. Se enteró aquella primera vez que fue a mi oficina porque vio su foto.
—Hasta donde yo sé, tenía obsesión con Damián Cavalieri y decía que se iba a casar con él —dijo lo que yo sabía—. Lo decía cada vez que le insinuaban que nos íbamos a casar.
—Es cierto, pero Damián no me lo dijo. Yo hice que el abuelo se la pidiera a sus padres y aceptaron —conté con pesar—. Luego las cosas se complicaron. La historia es larga, pero ni siquiera a la boda nuestra asistió su hermana Cecilia.
—Por lo que me dijo su esposo Reinaldo, cuando me buscó para que lo ayudara, ellos se casaron antes que Celia —siguió contestando—. Mucho antes, porque ella salió embarazada. Luego tuvo un accidente y estaba muy mal.
Asintió de nuevo. Rufo y yo estábamos desconcertados.
Nosotros, que investigamos a todos, nunca antes supimos de esa relación familiar.
Nunca imaginamos que Celia tuviera una relación familiar en Roma.
Jamás habló de que tenía una hermana menor.
Franco siguió diciendo que Cecilia se había ido a comprar sola por las tiendas y desapareció.
Cuando la encontraron, estaba tirada en la calle y su bebé había desaparecido.
Ella juraba que alguien se lo había robado y exigía una enorme suma de dinero.
Pero nadie nunca vino por él. Sus padres iban a pagar cualquier cantidad, pero no pasó.
Luego la llevaron a Francia para ver si olvidaba lo sucedido y tuvieron a Ray. Ella murió en el parto.
—Vaya, qué tragedia. Ya veo por qué Celia no me contó nada.
En realidad, era muy cerrada y callada —dije, mirando la foto de mi difunta esposa—.
Las pocas veces que quise saber algo de su vida, solo sonreía, pero nunca me contestó, y dejé de preguntarle porque después se pasaba el resto del día triste.
Hablaba mientras miraba la expresión feliz que tenía ella en esa foto al lado de su hermana, que parecía su gemela. Por un momento, mi hermana Alexa vino a mi mente. Se la enseñé a Rufo, que entendió con solo ver la mirada que le dediqué, y seguí averiguando la historia.
—¿Y nunca encontraron al bebé? ¿No pidieron el dinero? —pregunté de nuevo.
—¡Nada! Mi primo Reinaldo, al enviudar, vino a seguir buscando.
Fue cuando me buscó. Yo hice todo lo posible por encontrarlo, todo fue inútil —siguió contando—.
Para empezar, no sabemos si fue niño o niña.
Tampoco si en verdad se la robaron, o ella lo botó, lo regaló o nació muerto.
Ella padecía de algo que la hacía hacer cosas y luego las olvidaba. No sé qué enfermedad era, la verdad.
Cecilia era una chica muy silenciosa. No hablaba mucho y tampoco oía muy bien, pero era muy hermosa.
Nació con esa enfermedad, por eso no la dejaban sola.
Los padres de Reinaldo no aceptaron al inicio que se casaran por eso.
Luego el señor Rinaldi los convenció. Por suerte la aceptaron, la querían y cuidaban como a su hija.
—Ese día en que dio a luz en la calle, se le había escapado a su esposo —dijo con tristeza Franco.
—Es terrible. ¿Y a Reinaldo lo mataron junto con los demás la noche esa, me imagino? —pregunté de nuevo.
—Sí. Fue él quien escondió a mi hermano menor Ronaldo junto con su hijo Ray en un closet —habló como si pensara, mirando la foto en sus manos—. Ahora tengo la sospecha de que mi hermano estaba metido desde entonces con los enemigos de mi familia.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Rufo, intrigado.
Ni él ni yo conocíamos esa parte de la historia. Sobre todo la que conectaba a mi Celia con los Rinaldi, lo cual me decía que ese fue el motivo por el que mi abuelo aceptó que me casara con ella, aunque no me lo dijo. Dejé de pensar para escuchar lo que seguía diciendo Franco.
—Siempre mi esposa Annette me ha dicho que cuando ella entró en la habitación, vio a mi hermano Ronaldo conversando con uno de los atacantes.
Le estaba indicando el closet donde estaba escondido Ray, y mi primo Reinaldo estaba tirado en el piso, boqueando.
Él no parecía inmutarse —contaba pensativo, moviendo la cabeza negativamente, como si, a pesar de todas las evidencias, todavía no lo pudiera creer—.
Ella me ha jurado todos estos años que Ronaldo mató al tipo, corrió y se metió con Ray porque la vio.
Él la conocía muy bien. Me había visto con ella varias veces que me fue a ver al ejército.
Yo llegué después y fue cuando los rescaté.
Guardamos silencio. No conocía a la teniente Annette, pero no creía que mentiría en algo como eso.
Con todas las informaciones que teníamos entre todos, me parecía que Ronaldo, que tendría unos diecinueve o veinte años en esa época, era capaz de hacer algo como eso para apoderarse de la fortuna Rinaldi.
—Poco a poco me doy cuenta de por qué daban con nosotros tan rápido.
De seguro Ronaldo les avisaba —hablaba Franco, más para él que para nosotros—.
Debe haberse enterado de que no era un Rinaldi, por eso no me delató, porque me necesitaba para recuperar todo.
¡Él debe haber sabido antes o sospechado que era adoptado!