147 . NADA DE ARREGLOS MATRIMONIALES
ALESSANDRO:
En verdad me gustaba Gianpiero para Alessia, era un gran chico. Si resultaba que se entendían, sería su esposo y no solo eso, pasaría en un futuro a ser el consigliere para Kenet. ¡Una dupla perfecta!
Además, no quería que surgiera un malentendido con el capo Giulano, tampoco que pensara que le arrebaté al yerno. Estaba pensando que era una situación que podía volverse muy incómoda con mis dos capos mayores de Milán. Rufo también se apresuró a decirme que lo detuviera, que le prohibiera todo.
—Cian, nada de pedirle la mano de su hija a Giulano. Espera que lo hablemos, ¿de acuerdo? —insistí de nuevo—. ¡No vayas a hacer un convenio ni empeñar tu palabra, te lo prohíbo! ¡Olvídate de enredar a Gian en algún trato, no te dejaré! Tengo planes mayores para tus hijos. ¿Capisci?
—¡Pero ya cité a Giulano para una cena el fin de semana, mi Capo! ¡Se va a molestar! —Seguía empeñado en continuar con su plan—. Va a creer que me estoy burlando de él. No lo hemos hablado claro, pero he dejado caer mis intenciones hace mucho, esperando que su hija creciera.
—Déjame al capo Giulano a mí, yo lo arreglo.
Pero no vayas a comprometer a Gian en su ausencia.
¡Es una orden! —le dije, ahora muy serio.
No quería que nadie le arrebatara el novio a mi hija.
Ella se veía muy feliz a su lado—. Dile que necesito a Gian y, si tu hijo hace todo lo que espero y se sigue comportando como hasta ahora, lo siento mucho, Cian, creo que me lo quedaré por acá.
—Pero, mi Capo…
Lo detuve de nuevo. Lo conocía demasiado bien. Cuando creaba un plan lo llevaba a cabo. Le aseguré que no debía preocuparse y que todo saldría mejor de lo que esperaba. Le aseguré que le haríamos una visita cuando todo terminara.
—Entrena a tu otro hijo para eso que quieres, no es mala idea —dije, tratando de liberar a Gianpiero de todo ese arreglo matrimonial—. Y por lo que acabas de decir, la hija de Giulano está más cerca de él que de Gian en edad.
—Es cierto eso, mi Capo, pero Gian es mi hijo mayor y quería… —siguió diciendo.
—No hagas nada por ahora, Cian. ¡Es una orden! —Me puse firme—. Y hablando de otra cosa, ¡entramos en guerra!
—¿En guerra? —preguntó de inmediato.
Le expliqué de inmediato la situación. Teníamos enemigos infiltrados que teníamos que resolver, por lo que nada de acuerdos ahora con otros capos. También le expliqué que el Lobo no era un traidor y que estaba seguro de que en Milán también había traidores.
—Así que comienza a trabajar. Llevas mucho tiempo divirtiéndote —traté de sonar más relajado.
—¡No diga eso, mi Capo! —exclamó de inmediato—. ¡Yo no he dejado de cumplir con mi trabajo!
—¿Es que ya no sabes bromear, Cian? —Reí, divertido al escucharlo—. Empieza a investigar a todos los grandes primero, empezando por el capo Giulano.
—¿Giulano? ¿Sabe algo que yo no sé, mi Capo? —Se puso serio.
No podía decirle nada en concreto porque no teníamos nada claro todavía. Solo debía hacer lo que le pedía y que nadie se enterara. Era de vital importancia para lo que estábamos haciendo.
—Y nada de arreglos con nadie sin consultar conmigo, aunque sean familiares. ¿Capisci? —Le ordené de nuevo—. Volveremos a hablar. Confío en ti, Cian, no me decepciones.
—¡Nunca, mi Capo! —dijo con firmeza—. Sepa que cumplo todo lo que me ordena al pie de la letra. Cuídame a Gian y hablamos.
—Adiós, Cian, y no te preocupes. Estará muy bien protegido tu hijo —le aseguré y colgué.
No pude dejar de reírme todavía con las cosas del capo Cian, hasta que vi a Franco, que nos había estado escuchando. Me miraba muy serio con el ceño fruncido, y recordé que no le habíamos contado nada sobre ese asunto.
—¿Gianpiero es hijo del capo Cian de Milán? —preguntó, riendo y negando con la cabeza—. Ahora entiendo por qué no me tenía miedo. Me enfrentó por Alessia… Es un mafioso de los buenos…
—¿Qué quieres decir con que te enfrentó por Alessia? —pregunté, intrigado—. ¿Cuándo y por qué?
Comenzó a contarme que después de una salida a un parque de diversiones donde Gianpiero y Alessia se enfrentaron a unos maleantes y los vencieron, los chicos se habían ido sin decirle nada a su esposa Annette.
Cuando los estaba regañando, Filomena le dijo que eran novios.
Alessia le pidió permiso para ser su novia y lo mandó a buscar.
—¡El muy condenado muchacho me enfrentó muy firme, diciéndome que lo quería todo con ella, que era su mujer perfecta, y me pidió mi bendición para ser su novio!
—Rió divertido Franco—. Y lo son, Alessandro.
Esos dos parecen que nacieron uno para el otro.
¡Parecía que se conocían de toda la vida!
Nunca vi a dos personas encajar tan rápido.
—¡Te lo dije, Ale! Esos dos son la pareja perfecta, como dice Gian. No lo eches a perder —dijo Rufo, emocionado al escuchar la historia—. Ahora tenemos que pensar bien las cosas con ellos. ¿Cómo vamos a hacer?
Los miré. Ambos hombres amaban a mi hija y podía ver que querían que fuera feliz con Gianpiero. Yo también, y ya empezaba a hacerme a la idea de que sí, que eran la pareja perfecta. Pero algo dentro de mí todavía se negaba a aceptarlo a la primera.
—Quiero ponerlos a prueba antes de hacer cualquier cosa —dije, ante la mirada desaprobadora de los dos—. No me importa lo que piensen. Si Gianpiero va a ser mi yerno, tengo que convencerme por mí mismo de que lo merece y que ambos están dispuestos a todo por estar juntos.
—De acuerdo, pero no exageres —dijo Rufo, que sabía que no iba a cambiar de idea—. Te conozco, Alessandro. Y recuerda, te estaré vigilando.
Me reí con esos dos que me enfrentaban por proteger a mi hija. Me sentí complacido a pesar de mis celos. Seguimos hablando por un rato, planeando cada detalle del plan que llevaríamos a cabo, hasta que nos pusimos de acuerdo.
Luego fuimos a la casa de los padres de Franco, que estaba intacta. Solo la limpiaron después de los asesinatos. Yo le di las llaves. Las había guardado mi abuelo desde esa época.
—Gracias, Minetti, por esto —dijo emocionado, mientras se introducía en su casa paternal—. ¡Todo está igual!
—Sí, mi abuelo se encargó de eso. Él decía que un día ibas a aparecer, como lo hicieron mis padres —le conté, mientras miraba alrededor—. Y mira, tenía razón. Regresaste.
Hablaba mientras observábamos a nuestro alrededor.
Nunca antes había venido, que yo recordara.
No acostumbraba a ir mucho con mis abuelos a las visitas sociales.
Aunque tenía un vago recuerdo, no estaba seguro.
Hasta que me detuve en una foto de la familia y me acerqué lentamente.
Era familia, pero una imagen me llamó la atención.
—Franco, ¿ella es mi Celia? —pregunté, señalando a una joven en ella, con incredulidad—. ¿Qué hace ahí?