¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 146 . LOS ARREGLOS DEL CAPO CIAN
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146 . LOS ARREGLOS DEL CAPO CIAN

ALESSANDRO:

Lo miré, tentado a hacerlo, pero vi a Rufo negando con la cabeza. Por lo que me negué. Debía aprender las leyes de la mafia primero a mi lado. Necesitaba toda su inteligencia y estrategia militar para que me ayudara a ganar esa guerra. Si veía que Axel solo no podía, iríamos nosotros.

—Primero debo aclarar algo, Franco —dije, inclinándome con los codos en la mesa y las manos cruzadas—. ¿Estás seguro de que te vas a pasar para mi lado? No es que desconfíe de ti, pero debes entenderme.

—Todos mis hombres me aseguraron que eras un hombre de palabra —contestó Franco—. Yo también lo soy. Dije que me quedaría a tu lado y asumiría todo. No solo para vengar a mi familia, sino porque es la única manera de mantenerlos seguros.

No dije nada. Su respuesta era satisfactoria y le extendí la mano, que estrechó con firmeza. Respiré aliviado, sobre todo porque había obtenido a un hombre que me sería muy útil. Y después de todo, por el modo que mi hijo miraba a la suya, muy pronto seríamos familia.

—Bueno, siguiendo con tu plan —rompió el silencio Rufo—. Tienes que mandar a venir a Gianpiero. No podemos sustituirlo porque ellos lo vieron en la escuela. Es el novio de tu hija, te guste o no.

—Tiene razón en eso, Rufo —lo apoyó Franco—. Gian debe hacerse pasar por el hijo del Lobo y el dueño de Alexcía.

Me quedé observando a los dos. No quería unirlos de nuevo tan pronto, pero sabía que tenían razón.

Fui yo a quien se me ocurrió el plan, tratando de hacer sentir a Alessia mejor por el error que cometió, y separarla de Gian.

Me di cuenta de que caí en mi propia trampa por no pensar las cosas con calma.

Resoplé, pero levanté el teléfono y le marqué al capo Cian.

—¡Dije que no quiero que nadie me moleste! —Se escuchó el grito de Cian en el otro lado de la línea.

Torcí el rostro, apartando el aparato de mi oído. Puse el altavoz, como era mi costumbre cuando estaba con Rufo y hablaba con alguien.

—¿Pasó algo, Cian? —pregunté, intrigado—. Soy Minetti.

Era la primera vez que llamaba al capo Cian de Milán y me respondía de esa manera. Era uno de los capos en quien más confiaba y dirigía casi a todos los grupos de esa ciudad.

—Perdón, mi Capo, perdón —se apresuró a decir Cian—. No miré quién llamaba, disculpe por eso. No es nada, solo cosas de la familia. ¿Qué puedo hacer por usted?

—¡Quiero a Gian en el avión ahora mismo, directo a Roma! Necesito que siga con su misión —ordené, haciendo eco de una voz gruesa y autoritaria.

—¿No la había terminado? —preguntó, sonando algo decepcionado, y enseguida se puso a explicarme—. Es que, mi Capo, necesito concretar algo con Giulano sobre nuestros hijos y me hace falta que esté Gian presente. ¿Puedo mandarle a Giancarlos?

—¿Qué es lo que quieres hacer con Giulano sin consultarme, Cian? —pregunté, sintiendo que la desconfianza se hacía evidente en mi voz.

—¡No es nada de lo que se imagina, mi Capo! Estoy tratando de unir a Milán bajo un solo capo —se apresuró a explicar Cian, al escuchar el tono que empleé, lleno de desconfianza—. ¡Voy a casar a Gian para unir familias! ¡Seremos una sola bajo su mando, mi Capo!

—Ya veo. ¿Y Gian está de acuerdo con eso? —pregunté, queriendo saber cómo había reaccionado él.

De la respuesta de ese muchacho dependía lo que seguiría a continuación. En ese instante se hizo un silencio donde podía oír claramente que Gian discutía con su padre, pidiendo que no mandara a Giancarlos, sino a él.

—Bueno, mi Capo, Gian va saliendo ya. Dice que él lo inició y va a terminar esa misión que le encomendó —escuchamos a Cian—. ¡Ese muchacho ya no me escucha! Ya se fue. En un rato estará allá. Pero, mi Capo, ¿puede evitar que se junte con esa que le dice que es su mujer perfecta?

—¿Así que no te gusta la mujer que escogió Gian? —pregunté, con una sonrisa maliciosa.

—¡Es que rompe todos mis planes, mi Capo!

—exclamó, alterado—. De seguro es una de estas que solo quiere su dinero.

O porque es muy bien parecido está encaprichada, y él, de tonto, se dejó envolver por una bandolera de Roma.

¡Ellas son unas expertas en atrapar a los chicos tontos de las otras ciudades, usted mejor que nadie lo sabe!

¡No me gusta para nada que lo hayan atrapado como lo hicieron!

No lo preparé tanto para que se deje envolver por la primera que le remueve el piso.

Así que manténgalo bien alejado de esa mujer, por favor, mi Capo.

Vi la sonrisa de Rufo y Franco al escuchar al capo Cian, junto con la mía. Ya me imaginaba cómo se pondría el día que supiera que estaba hablando de mi hija. Pero aún no era el momento de decírselo. Tal vez Alessia y Gianpiero no llegaban a nada serio. Pero me dieron ganas de bromear un poco con él.

—¿Estás seguro, Cian? —continué interrogándolo, algo divertido—. A lo mejor es una buena muchacha.

—¡No me importa quién sea, no la quiero, ni la aceptaré jamás! ¡Gianpiero tiene que casarse con quien yo le diga! —gritó, visiblemente afectado.

—Bueno, si tú lo dices, no quiero insistir —dije, al ver a Rufo haciendo señas de que no hiciera eso—. Te repito que a lo mejor es una excelente mujer y la pareja perfecta para él.

—¿Usted también con eso, mi Capo? —Bufó, molesto—. ¡Pareja perfecta! ¡Eso no existe! ¡No la aceptaré sin importar qué él diga!

Nosotros nos reíamos al imaginar lo que iba a pasar cuando Cian se enterara de quién era y todo lo que decía en ese momento.

Sería realmente muy cómico. Yo no le decía nada y lo dejaba hablar, porque no quería adelantarme.

Primero tenía que ver si era verdad que era el indicado para mi hija.

Solo llevaban unos pocos días de relación.

¿Y si después resultaba que no se entendían y se separaban?

No quería tener problemas con mi mayor subordinado en Milán.

Por eso lo dejé desahogarse sin interrumpir.

—Ya sabe lo difícil que ha sido todos estos años hacer que Milán cumpla con todo.

Porque mientras yo hacía exactamente lo que me pide, Giulano no, y siempre arma un lío por todo —siguió hablando Cian, más calmado—.

Se me ocurrió la idea de resolver ese problema: casar a mi Gian con su hija y así solo existiría debajo de usted un capo aquí.

Ya lo había conversado con Rufo, no sé si lo mencionó.

No le dije exactamente lo del matrimonio, sino de la idea de hacer la unión.

¿Qué opina, mi Capo? ¿No es buena idea? Ya todo está listo.

A los demás que le he pedido su opinión creen que sería muy bueno, siempre que sea Gian el que asuma.