145 . TÚ LA HICISTE MI HIJA
ALESSANDRO:
Rufo sacó el expediente de Alexcía y le mostró en un cuerpo humano todas las marcas que tenía cuando yo se la llevé la noche que la encontré. Con paciencia comenzó a explicar cada una de ellas.
—Estas de aquí, parece que le iban a operar los senos. Pero ella los tiene casi del mismo tamaño que Alessia. No creo que se les fueran a colocar implantes, no tiene sentido —guardó silencio como si dudara en decir algo—. Lily dijo algo que no sé si deba decirlo, el día que llegó Alexcía.
—Dilo. Es la madre de Alessia. Si hay alguien que la conoce, es ella —dije con firmeza—. Me dijo que se había asustado cuando la vio, y enseguida se dio cuenta de que no era su hija. Opinó que se le parece, pero que no es idéntica, como les dije.
Rufo asintió, diciendo que el día que Alexcía llegó, después de la primera impresión, cuando la estaban preparando para operar, Lilian la había observado y dijo que a quien se parecía más era a Kenet, no a Alessia.
—Por las marcas, parece que la querían convertir en chico —dijo para nuestra sorpresa—. Y si te fijas bien, en esta foto que tiene el pelo recogido, es a él a quien más se parece.
—¡¿Qué locura es esa?! —exclamó Franco, sin poder creer lo que escuchaba.
Miré la foto que mostraba con mayor detenimiento. Estudié cada rasgo de la chica con el cabello recogido y tuve que estar de acuerdo con mi esposa. Me percaté de que desde la primera vez también tuve esa impresión.
—Aunque mis dos hijos parecen gemelos, a lo mejor es verdad, Franco —dije, pensando que todo se complicaba cada vez más—. Eso que dice Rufo cobra sentido. Piensa, solo los hombres de tu familia tienen derecho a reclamar tu herencia.
—¿En serio crees que la iban a convertir en tu hijo? ¿Para qué? —preguntó desconcertado Franco—. ¡No tiene sentido si era para reclamar mi herencia!
—Tienes razón en eso —opinó Rufo—. Debe entonces ser otra cosa. A no ser…, que la quisieran casar con Olenska, la prima que se encontró hoy con Alessia. Les digo que esa chica es igual de diabólica que su padre Dimitrov, sino peor.
—Esto es una locura, una locura —opinó desconcertado Franco—. ¡No puedo creer nada de eso! Mejor, vamos a buscar a ese doctor que lo hizo. ¿Ya saben quién es?
Rufo negó con la cabeza, diciendo que lo estaba buscando.
No era alguien conocido, aunque ya tenía una pista.
Humberto le daría todas las informaciones.
Franco apretó fuerte las manos y asintió.
Por el modo en que observaba las fotos de su hija, estaba seguro de que lo encontraría aunque se metiera debajo de la tierra.
—Entonces, hasta que no lo encontremos, no hagamos suposiciones erróneas —intervine con firmeza, tomando el control—. Ahora debemos analizar todo lo que vamos a hacer. Creo que todavía no podemos atacar a los dragones de fuego, solo conocemos por arriba quiénes son.
—Después de lo que me dijo Alessia, opino igual —dijo Franco para mi sorpresa.
Pensé que se iría—. Aunque estaba furioso y quería ir a acabar con Sutera, no es lo más inteligente.
Ellos llevan mucho tiempo organizándose ocultos en pequeños poblados como ese, para que no los descubrieras, Alessandro.
Ahora deben estar en alerta y escondidos como ratas.
Me quedé mirándolo fijamente. El coronel en él había despertado. No por gusto había obtenido ese grado. Después que su sangre se enfrió, se había sentado a analizar todo lo sucedido y lo que había aprendido.
—Opino lo mismo —dijo Rufo, mientras yo asentía—. Aunque me preocupa que Alessia sea el contacto para engañar a los Conti. El Lobo ya viene, llega en tres horas, y te advierto, Alessandro, está muy furioso. ¿No sabes lo que se ha armado por eso que dijo Alessia?
—¿Qué quieres decir? —pregunté, intrigado.
Sabía que ese ruso era muy fuerte y de un carácter violento. Pero también era muy leal, me lo había demostrado. Rufo me mostró su teléfono lleno de mensajes avisando que el Lobo era un traidor y que estaba con los dragones de fuego.
—Les digo que esa chica Olenska es muy peligrosa —dijo Rufo—. ¿Sabes lo que significa que tu mayor aliado en Rusia se ponga en tu contra? Muchos lo van a seguir. Estamos en serio peligro.
—¡Esa muchacha…! ¡Maldición! —exclamé sin poder contenerme.
No contaba con que la noticia se expandiera tan pronto. Había puesto a uno de mis leales con toda su familia en grave peligro. La voz acusadora de Franco me sacó de mis maldiciones. Me dijo con franqueza que todo era mi culpa por no haberle enseñado desde pequeña mi mundo.
—Alessia no tenía ni idea de que tu mayor aliado en Rusia le decían el Lobo —dijo, y tenía razón—. Es una buena e inocente chica a la que no educaste como lo que es: la princesa de la mafia italiana.
—¡Franco…!
—¡Franco nada, Alessandro! Soy justo y no me ciegan las emociones. Me la pusiste de hija. Como tal la quiero y la voy a defender. Debes mirar los hechos como son —siguió diciendo, sin dejar de sostener mi mirada furiosa—. Creo que debes iniciar por educar a tus hijos, a mí y a los míos en eso.
Hasta entonces solo Rufino, mi consigliere, me enfrentaba así, aparte de mi abuelo.
Y aquí estaba ese hombre que acababa de llegar y no bajaba la cabeza ante mí.
Y lo peor no era eso: me estaba enfrentando por defender a mi propia hija.
Una sonrisa asomó a mis labios mientras resoplaba.
Era cierto lo que decía. Le había llevado a mi hija como si fuera suya.
La protegió y la amó. Y ahora Alessia le seguía diciendo padre. Yo mismo le había dado ese derecho.
—No te molestes, Alessandro. Estamos como Alessia, ciegos.
Como ella, podemos cometer el mismo error —dijo más suavemente—.
Además, el de la idea de seguir lo que ella inició fuiste tú.
Pudiste desmentir eso y ya, pero lo aprovechaste.
Es inteligente, pero tiene sus consecuencias como en toda guerra.
—Eso es cierto, Ale. Yo también vi la enorme posibilidad de averiguar todo y no me detuve a pensar lo que eso iba a desencadenar —dijo Rufo, y tuve que aceptar lo que decían, porque era cierto—.
No podemos echarnos para atrás ahora. Para empezar, debes mandar a alguien urgente a cubrir el lugar del Lobo, de nuestra entera confianza.
—Sí, eso es lo primero —me senté y levanté el teléfono—. Axel, toma a unos cuantos hombres y vete a Rusia ahora mismo a sustituir a Faddei, el Lobo. Entra a todo el mundo en cintura.
—¡Enseguida, mi Capo! —respondió de inmediato.
—Llévate uno de los helicópteros de combate, y cuídate —terminé mi orden.
—Deja que vaya con mi pelotón, Minetti —se ofreció Franco—. Tengo que entrar en acción para ponerme al día.