144 . PONIENDO LOS PUNTOS EN SU LUGAR
ALESSANDRO:
Me dirigí al despacho junto a Rufo y Franco.
Todavía era incapaz de creer cómo nuestras vidas habían estado entrelazadas de esa manera desde que éramos unos niños.
En primer lugar, cuando nos salvó. A continuación, por resultar ser el heredero perdido y dragón de los Rinaldi.
Y ahora, para colmo, la casualidad hacía que su hija fuera la novia de mi hijo Kenet.
Aunque aún no sabía si estaría de acuerdo con esa unión, después de enterarme de que ella se había prestado para engañar a mi hijo.
Tendría que ver cómo manejaba la situación.
Franco también estaba pensativo. Como yo, se preguntaba quién sería el responsable de todo lo que le habían hecho a su hija pequeña. No podía pensar que Eleonora y Ronaldo se prestarían para eso. Todavía se preguntaba por qué escaparían y de quién.
Rufo contó que, al parecer, ellos la habían robado del hospital. Así que, ¿estaban o no estaban Eleonora y Ronaldo de acuerdo con lo que hicieron con Alexcía? Pero ahora mismo lo que más nos preocupaba era qué dragón la había comprado y la había marcado.
—No lo encuentro —dijo Rufo, después de revisar el libro de los dragones.
—¿Qué es lo que no encuentras? —le pregunté.
—El símbolo que tiene Alexcía en la espalda no forma parte de nuestra organización —dijo, cerrando el libro.
—¿Estás seguro? —le pregunté, tomando el libro que tenía a todos los dragones que formaban esa organización—. ¿Este fue el que te dio mamá?
—Sí, y tú, papá, dice que ese de color azul oscuro con negro es el que le corresponde a Francesco —señaló un dibujo específico.
—¿Y cuáles son los que ahora están en la décima?
¡Se los dije, que dejaran la estupidez esa de taparse las caras con las capuchas!
—protesté, molesto—. No debí complacer a mamá en eso.
Tanto secretismo no me gusta. Mira el resultado: llevamos veinticinco años con un espía y no lo sabíamos.
Solo papá decía que faltaba un dragón en la décima porque nunca estaban completos.
—¿Pueden explicarme eso de la décima? —intervino Franco—. Por lo que veo, el color del dragón de mis padres era azul oscuro, ese era su favorito. ¿Quién tiene ese color?
—¡Nadie! —Contestamos Rufo y yo al mismo tiempo.
—¿Nadie? —preguntó, intrigado.
De inmediato le pasé el libro mientras le decía que los habíamos inscrito cuando asumimos el mando.
Está el UNO, es decir yo, que es negro. Le sigue la tríada: blanco, rojo y tricolor.
Luego la décima: naranja, azul, verde, amarillo, violeta, marrón, beige, gris, azul y amarillo claro.
Todos ellos con mi signo negro. Después le siguen los demás, que pueden elegir entre todos esos colores de acuerdo a quien los dirige.
—Entiendo, entonces ese signo que le hicieron a mi Alexcía, ¿de quién es? —inquirió, mientras pasaba las páginas.
—No sabemos —respondió Rufo—. Por eso, hoy en la noche le haré el tatuaje de tu dragón a toda tu familia. A Alexcía se lo haré mañana cuando la duerman para la operación. Le borraré la marca muy bien, aunque me temo que ese oro va a resaltar debajo del azul de tu dragón. Si al menos fuera negro…
—¿El de tu hijo debe ser negro? —preguntó Franco, señalando el dibujo del dragón negro de mi hijo—. ¿Es el que heredará el tuyo?
Asentí mientras guardaba silencio. Ya había pensado lo mismo que él: poner la marca de Kenet en ella.
Pero hasta que no descubriera quién fue el que la compró y, de acuerdo a nuestras propias leyes, le perteneciera, no quería exponer a mi hijo a ese peligro.
Aunque no le dije nada a Franco, que tampoco insistió, porque en verdad su hija no se acordaba de Kenet.
No podía quitarle la marca de un hombre desconocido por otro que tampoco conocía.
—¿En serio no puedes quitarle ese pedazo de piel? —me giré para preguntar, preocupado, a Rufo.
—Puedo. Es más, Lily lo hace sin apenas dejarle una marca.
Podemos alegar que fue del accidente. ¿Quieres eso?
—preguntó Rufo, mirando a Franco—. Fíjate que estamos infringiendo una de nuestras reglas principales que hemos tratado de abolir y no pudimos.
El dragón que marca a uno es suyo y nadie puede oponerse a eso. Debe acatar la ley.
Franco nos miró con la misma expresión que teníamos nosotros cuando pasamos por lo mismo con mi esposa Lilian. Miró de nuevo los dibujos de los libros antes de explotar.
—¿Quién pudo hacer una ley como esa? ¡Mi hija no será de nadie, aunque tenga que matar al maldito que se atrevió a marcarla como si fuera un animal! —dijo, furioso, ante la mirada de los demás.
—No fuimos nosotros, Franco. Por ese mismo motivo estuve a punto de perder a mi mujer —expliqué sinceramente—. Aunque soy el Uno, debo en este caso contar con la décima. Ellos no quieren abolir una ley ancestral de la primera organización, de cuando se creó por mis padres.
—Entonces nos queda aprovechar el terrible accidente que tuvo para quitársela de esa manera que me pides, Franco. ¿Estás seguro de eso? —preguntó Rufo de nuevo—. Es algo que nadie debe saber.
Franco asintió. Ordenó que se la quitaran con la operación. Aunque era novia de mi hijo, ella no se acordaba de nada. No sabíamos si iban a seguir o no. No podíamos adelantarnos. Estuve de acuerdo con Franco. Entre más aprendía de esa organización, era claro para mí que menos le gustaba.
—Quítasela aunque le dejes una cicatriz en su espalda —insistió Franco—. ¡Es lo mejor para evitar arrasar con todos esos malditos que le hicieron eso ahora mismo!
Se hizo un silencio en que intercambié con Rufo miradas inteligentes.
Nos percatamos de que había un largo camino todavía por recorrer con Franco.
Pero también sabíamos que no podríamos separarnos de él nunca, porque su mentalidad era otra, a pesar de que ahora quería venganza.
Teníamos que hacerlo entender de qué iba todo.
Siempre estuvo del lado opuesto de nosotros los mafiosos.
Estaba consciente de que ahora le iba a resultar muy difícil estar de mi lado y entender muchas cosas que eran normales entre nosotros.
—También pienso lo mismo —opiné, desviando el tema—. Nuestros hijos, no sabemos si van a continuar. Además, solo la esposa recibe el dragón de su esposo cuando se casan y consuman el matrimonio, no antes, y ellos acaban de iniciar.
—Es lo más sensato —estuvo de acuerdo Rufo—. No debemos adelantarnos ni presionarlos.
—Eso es cierto. También tenemos que investigar quién es el traidor primero y qué pretendían con tu hija.
Nosotros suponíamos que la iban a cambiar por Alessia, pero eso ya lo habían logrado —dije, aliviado ante la decisión de Franco—.
Es casi la copia de mi hija. De lejos, hasta yo la hubiese confundido.
¿Qué más opinas que le iban a hacer, Rufo?
—No lo sé, pero aquí tengo las fotos. Junto a Lily podemos saber qué pretendían hacerle, al menos por las marcas —extendió las diferentes fotos que le tomaron a Alexcía el día que llegó al hospital.
—Rufo, tú dices que parecía que la iban a seguir operando. ¿Para qué? —preguntó también Franco, mirando las fotografías de su hija—. A simple vista, por esas marcas que tenía, ¿qué opinas que le iban a hacer?