¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 142 . BOSCO ESTABA EN CASA
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142 . BOSCO ESTABA EN CASA

FILOMENA:

Me había pasado todo el día muy preocupada por Bosco.

Traté de portarme normal debido a mi pobre hermana.

Al escuchar que ya podía regresar a mi casa me puse muy contenta, sobre todo porque Alessia dijo que me acompañaría.

Papá se fue con el señor Minetti para su empresa, mientras nosotros nos dirigimos a la casa.

Al llegar, Bosco estaba esperándonos. Corrí y lo abracé llorando.

—Pensé que te habías ido y me abandonaste —dije en medio de sollozos.

—Te dije que jamás me separaré de ti, amor —me consoló Bosco—. Solo necesitaba pensar. ¿Dónde está tu papá?

—Se fue con el señor Minetti y mamá se quedó con mi hermana. ¿Qué vamos a hacer, Bosco? —pregunté de inmediato—. Ya se lo advertí a mamá: si papá no perdona a tu familia, me iré contigo. Los abandonaré como tú lo hiciste por mí.

Bosco se quedó sorprendido al escuchar lo que acababa de decir. No podía creer que lo amara tanto al punto de abandonar todo por él. Me estrechó muy fuerte, para luego besarme emocionado.

—Gracias, Filo, por amarme como yo a ti —susurró en mi oído—. Pero no va a ser necesario. Encontré la solución.

—¿Qué solución? —pregunté de inmediato.

—No te diré, confía en mí. Ya verás cómo tu papá me escucha —dijo con una seguridad que me hizo levantar la cabeza para mirarlo.

—¿Seguro, Bosco? —pregunté mientras mis lágrimas corrían por mis mejillas—. No quieras saber el susto que me llevé cuando no te encontré en tu habitación. ¿Dónde fuiste?

—Solo caminé por los alrededores buscando la solución. Yo los vi cuando se iban, preferí quedarme y organizar todo antes de hablar con mi suegro —me contó, limpiando mi rostro—. Todo va a salir bien, amor, ya verás.

—Ojalá, Bosco, porque lo que te dije no es mentira. Si no lo logras, me escaparé contigo —repetí de nuevo con firmeza—. Ahora mira a quién traje.

Señalé a Alessia, que se había quedado hablando con Ray, que estaba muy silencioso con todos los hechos que estaban pasando.

Jamás se imaginó que fuera un Rinaldi millonario, y ahora se estaba replanteando lo que debía hacer con su vida.

Pues aunque estudió, no quiso ir a la universidad como quería papá, y no tenía un nivel alto de estudios.

¿Cómo iba a ayudar a Franco a dirigir esa enorme fortuna que decían que era?

También todavía no estaba seguro de si le tocaba algo de ese dinero, aunque su primo lo había incluido en todo.

—Hola, Ray —lo saludó Alessia.

—Hola, señorita Alessia —contestó muy serio.

—Nada de señorita, eres mi primo —le dijo Alessia con una sonrisa—. Nada ha cambiado, al menos de mi parte. ¿Qué opinas, Ray?

—Por mí no hay problemas, mi prima Alessia Minetti, ¿eh? —preguntó, más relajado—. Era verdad todo lo que me dijiste aquel día que nos atacó Benedetto. ¡Ja, ja, ja…! Y yo que te regañé por decirme aquello.

—Sí. No sé por qué me inspiraba decirte la verdad, me recordabas a Matías, mi jefe de seguridad. ¿Lo ves? Ese que está allá y no me pierde de vista —le señaló a su cuerpo de seguridad que la esperaba fuera de la casa—. Entonces seguimos en familia. ¿Aquí es donde van a vivir?

—No lo creo —negó con la cabeza—. Cuando Franco…, bueno, cuando tu papá le devuelva todas las propiedades a mi primo, de seguro nos iremos.

—¿Qué propiedades? —preguntó Alessia, intrigada.

—¿No te has enterado? —preguntó Ray, mientras nos acercábamos a ellos—. Somos la familia Rinaldi. Franco se llama Francesco Rinaldi y yo también soy Raymundo Rinaldi.

—¿De veras? ¡Nadie me había dicho nada! —exclamó Alessia, realmente impresionada—. Entonces son millonarios, por lo que cuenta mi bisabuelo. Vive hablando de esa familia, estaba investigando por qué los habían asesinado. ¿Padre es el heredero que busca todo el mundo?

—Eso parece —contestó Ray—. Yo todavía no me lo creo.

—¿Y si es así, por qué tienes esa cara? ¡Deberían estar felices! —Dijo Alessia, refiriéndose a la expresión desconcertada de Ray.

Mi primo se quedó en silencio al escucharla, sin decir nada.

Luego comenzó a hablar más para él que para nosotros.

Toda su vida había querido saber de dónde venía.

Franco nunca se lo dijo, decía que era mejor que no supiera.

Y ahora resultaba que su familia era muy grande.

Pero sobre todo, iba a poder conocer toda su historia.

—Incluso Franco me dijo que yo no vivía aquí en Italia, que era de Francia.

Estaba de visita cuando todo sucedió, y que soy hijo de un primo por parte de padre —siguió diciendo, mirando a lo lejos—.

Ahora al fin sé por qué no los entendía en mis memorias que tengo con Annette y Franco cuando era un niño.

Era porque solo hablaba francés. La tía fue quien me enseñó el italiano.

—Vaya, eso sí es una gran historia —dijo Alessia alegremente—. ¿Francés, eh?

—Sí, todavía no me lo creo —Ray se rascó la cabeza—. Cuando arregle todo, vamos a ir a Francia a ver si mis abuelos todavía viven. Franco dice que tenía una hermana. No sabe qué pasó con ella, si la encontraron o no.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Estaba perdida? —pregunté con curiosidad.

Levantó los hombros, diciendo que él no sabía nada. Papá le dijo que precisamente por eso estaban en Roma en esa época, buscando a su hermana menor. No le había explicado más.

—¿Te imaginas que todavía esté viva y que tenga una familia allá? —preguntó ilusionado.

—Eso sería grandioso, Ray. Espero que sí —le deseó Alessia.

—No quiero ilusionarme mucho, porque Franco me dijo que ya mis abuelos eran viejos —siguió diciendo mi primo—.

Que mi única tía por parte de madre murió en un accidente muy joven y que mi papá era hijo único.

Entonces solo me queda la esperanza de encontrar a mi hermana.

A lo mejor la encontraron mis abuelos en Francia.

Alessia se quedó en silencio mirándolo, mientras él se estrujaba las manos nerviosamente. Me miró, porque eso no se lo había dicho. Ahora entendía el nombre de Francesco Rinaldi que le dijo Alexcía a Kenet en el hospital. Creía que era falso porque se estaban escondiendo.

—Vaya, y yo ya estaba planeando hablar con mi papá para que los contratara a todos —dijo con una sonrisa—. Aunque temía que padre Franco se negara al saber que era un mafioso. Al parecer ya lo sabe y no hay problemas, por la manera en que se tratan todos.

—Alessia —la llamé agradecida—. Bosco estaba aquí, no se había ido.

—¿Qué quieres decir? ¿A dónde se iba? —preguntó Alessia, mirando a Bosco.

—A ningún lugar —se apresuró a decir Bosco—. ¿Qué haces aquí? ¿Ya te deja tu papá andar sola?

Alessia lo saludó con una sonrisa, al tiempo que señalaba al grupo de guardias que la seguían. Había venido, además de acompañarme, para ver si Bosco o Ray tenían el número de teléfono de Gianpiero. Ya le había dicho que yo no lo tenía.

—¿De Gian? No, yo no lo sé —dijo Bosco—. Recuerdo que iniciaba con ochenta y seis, como lo tenía grabado en el teléfono, no me lo aprendí.

—Yo lo tengo —dijo Ray, sacando su teléfono—. Míralo aquí.

—¡¿En serio, Ray?! —exclamó feliz Alessia.