139 . RESOLVIENDO LOS PROBLEMAS PASO A PASO
ALESSANDRO:
Después de que mi hija se alejó junto con Humberto, al que le había ordenado que no la perdiera de vista para que no cometiera más errores, me giré para Rufino, que estaba furioso. No le gustó para nada que hubiera hecho creer a Alessia que Gianpiero la había engañado.
—¡Es verdad que lo hizo! —Dije, volviendo a sentarme.
—Porque tú lo pusiste a hacerlo —me acusó molesto—. ¿Por qué no dejas que sea feliz? ¡Arréglalo o se lo voy a decir yo!
—Rufo, que soy tu Capo —dije con seriedad—. ¡Tienes que hacer lo que te mande!
—Eres mi Capo, pero también soy el tío de Alessia y el que no va a dejar que vuelvas a cometer el mismo error con ella —me enfrentó como siempre, pero ahora se había hecho el propósito de cuidar de mi hija—.
Te conozco, Alessandro Minetti. Ahora mismo estás celoso de que ella, al tener a Gian, ya no siga siendo tu niña que te llena de besos y abrazos. ¿Di que me equivoco?
No podía decir que se equivocaba, porque era cierto. Los celos me estaban matando. Podía ver cómo los ojos de mi hija se iluminaban cada vez que hablaba de Gianpiero. Y también cómo se entristeció de solo imaginar que él la había engañado.
—¿Qué quieres que haga, Rufo? —dije, sintiéndome derrotado.
—No lo sé, pero tienes que arreglar eso. Ya los viste, ellos son parejas que se complementan, están enamorados —me recordó muy serio—. ¿No viste cómo lloró al saber que era uno más que la engañó? ¿Eh? ¿Te gusta hacerla sufrir así?
No, no me gustaba. Pero ahora temía haber cometido un error.
Gianpiero en verdad lo perseguían muchas jóvenes en Milán, y jugaba con ellas como si nada.
¿Y si hubiera hecho lo mismo con mi hija?
Después de todo, él no sabía que era yo el padre.
No podía entregársela así no más. Tampoco quería hacer sufrir a mi Alessia.
—Está bien, deja que la termine de hacer esto.
Además, tengo que ir ahora a ver lo de la escuela, ha perdido muchas clases —acepté, porque tenía razón—.
Gian también perdió muchas clases en su universidad.
Dejemos que pase todo esto y te prometo que lo arreglo.
Primero tengo que encontrar la manera de que no se entere que fui yo quien lo hizo.
—Le estás exigiendo a ella que te sea honesta y tú la quieres engañar —Rufo me miró con furia—. ¡Le dices la verdad, para que deje de pensar mal de su novio!
—¡Ya te dije que lo voy a arreglar! —Le grité, molesto.
Rufo me miró sabiendo que había ganado esa batalla, aunque yo no lo admitiría jamás. Se cruzó de brazos con esa expresión suya de triunfo que tanto me irritaba. No dije más nada al respecto. Hay cosas que un padre nunca admitirá en voz alta, aunque las sienta con toda el alma.
—Cambiando de tema —dije muy serio—. Humberto me dijo que Franco mandó a tener listo a los hombres que se van a ir a Sutera a acabar con todos. ¿Qué opinas?
No contestó de inmediato. Rufo nunca me daba una respuesta sin analizarla. Se sentó despacio mientras su mente trabajaba aceleradamente. Al final dijo que debía sentarme con Franco y decirle cómo eran las cosas. Aunque era su pelotón en el ejército, en esos momentos eran nuestro cuerpo élite.
—No puede irse con todos ellos y dejarnos desprotegidos —dijo como conclusión.
—Yo se los di —dije, recordando que no se lo había dicho.
—¿Qué significa eso? —preguntó con incredulidad.
—Le dije que podía hacer con ellos lo que quisiera.
Pero está bien, vamos a sentarnos con él y trazar un plan —me apresuré a decir—.
También quiero exterminar a todos nuestros enemigos.
He estado pensando en lo que me dijo él.
No cree que el hecho de habernos salvado sea solo el motivo por el que exterminaron a su familia.
—Yo tampoco —estuvo de acuerdo Rufo—. Debe existir algo más.
Estuve de acuerdo también. La eliminación de la familia Rinaldi debía tener otra explicación que la simple venganza porque Francesco nos hubiera rescatado.
Más bien creía que fue algo de los dragones.
Esa familia era igual en fortuna a la Minetti.
Ellos tenían un poder adquisitivo en piedras preciosas como nosotros lo teníamos en oro.
—Pienso que tiene que ver con su fortuna —dijo en voz alta Rufo lo que yo estaba pensando—. Ese debe ser el principal motivo. Vamos a analizarlo muy bien, pero ahora lo urgente es resolver todo y crear un plan para eso que propusiste. No me gusta para nada poner a Alessia cerca de los Conti.
Estaba de acuerdo con Rufo. Esta vez no podía cometer un error con mi hija.
Le podía costar la vida, y eso no lo podía permitir.
Pero el problema de Franco era más urgente.
Pude ver la alegría de mis hombres al ver regresar a su coronel.
Todos se arrodillaron ante él. Necesitaba ganarme la lealtad de Francesco Rinaldi.
Había abandonado a su familia cuando apenas era un niño y había ido a parar al ejército.
¿En verdad estaría de mi lado una vez que vengara a su familia?
—Rufo, aunque le dije a Franco que podía utilizar a sus hombres para resolver el lío en Sutera, estoy de acuerdo contigo en que debemos sentarnos a hablar con él —dije, mientras mi mente no dejaba de pensar en mis leales hombres que no me habían fallado nunca—.
Creo que ellos lo que desean es que Humberto les ceda el puesto. Pero no sé…, ¿qué opinas?
Sabía que Rufino tenía el mismo temor que yo. Éramos mafiosos y conocíamos que las lealtades podían cambiar. Francesco Rinaldi no solo era mi igual frente a mis hombres más cercanos, sino en fortuna. La riqueza de los Rinaldi que yo guardaba era tan grande como la mía. No podía tenerlo de oponente.
—Franco es el dragón de la décima que nos falta —me recordó Rufo—. La pregunta ahora es: ¿Solo utilizará el pelotón para vengarse y luego se irá? O…, ¿va a jurar ser un dragón leal a ti? Sin aclarar eso, no puedes dejar que utilice al cuerpo élite así no más. ¿Qué opinas?