¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 138 . UN NUEVO ERROR
54%

138 . UN NUEVO ERROR

ALESSIA:

Me sentí muy mal por volver a cometer un gran error. Aunque respiré aliviada y a la vez estaba agradecida porque papá no había hecho como antes. Se había tomado el trabajo de explicarme sin molestarse conmigo. Me estaba enseñando como hacía con mi hermano, y eso me llenó de alegría.

—Lo sé, y por último —siguió diciendo—. Ese otro chico que mencionaste también va a estar en serio peligro.

—Precisamente, papá, de eso quiero hablarte. Hay… hay… algo que necesito pedirte —tartamudeé con un nudo en la garganta—. Es sobre ese nombre que dije, Gianpiero di Novara. Es de un chico que conocí cuando vivía con padre Franco. Trabajamos juntos y luego estudiamos en la misma escuela. Yo… yo y él…

—¿Qué te preocupa? —me interrumpió.

Vi cómo el tío Rufo me abría los ojos y entendí.

No debía hablar en ese momento de nada personal con papá.

Ya me había perdonado un error, no podía decir que tenía novio.

Tomé aire y le dije que tenía mucho miedo de que le fuera a suceder algo.

Debía estar todavía solo en la última casa en la que vivíamos.

—¿Crees que pudiéramos ir a verlo y que lo protejas? —sugerí tímidamente—. Él no es un mafioso, papá, no sabe quién soy. Por eso, ¿puedo ir con Kenet para que no se asuste?

—Está bien, lo protegeré, pero no tenemos que ir. Ahora mismo mandaré que vayan por él. Humberto —llamó sin darme tiempo a decir nada más—. Vete a ver a un amigo de mi hija que se llama Gianpiero di Novara en la última vivienda que habitaron y protéjanlo.

Estaba feliz y al mismo tiempo triste. Había querido ir para ver a Gian de nuevo y quizás decirle la verdad, pero no podía ir en contra de las órdenes de mi padre. Tenía que esperar cuando fuera el tiempo de contarle todo.

—Disculpe, mi Capo —se adelantó Humberto—. Mis hombres me informaron que ese chico desapareció sin dejar rastros.

—¿De veras? —pregunté con incredulidad—. ¿Están seguros de que no lo atraparon los que nos perseguían?

Humberto negó con la cabeza y aclaró que al poco rato de que la teniente Annette se fue, los hombres que dejaron protegiéndolo vieron cómo llegaron unos autos de su padre y se lo llevaron.

Al parecer, por lo que mencionaron, parecía ser hijo de alguien muy poderoso.

Los cuatro autos que envió estaban muy custodiados, y salió vistiendo muy bien.

—¿Estás seguro de eso, Humberto? —preguntó papá con incredulidad—. ¿Me estás diciendo que ese chico que estaba al lado de mi hija puede ser alguien premeditado que pusieron con ella?

Papá me miró de soslayo mientras yo lo miraba asustada.

Ahora comprendía que los hombres que en ocasiones veía siguiéndonos a todas partes, y que creía que eran los que me cuidaban, eran de Gian.

No podía creer que me hubiera engañado de esa manera y fuera uno más de los tantos que solo se le acercaban por las ansias de poder y de mi padre.

Aunque parecía muy sincero en todo lo que me dijo.

—No lo sé, mi Capo, ¿quiere que lo investigue? —preguntó Humberto.

—¡No! —intervine, haciendo que todos me miraran.

—¿Segura? —inquirió papá.

—Sí. Nunca más lo voy a ver, papá, no hace falta que lo investigue. Al parecer no era quien creímos —dije tristemente—. Mi miedo era que le fueran a hacer algo por haberlo mencionado a esa chica. Pero por lo que cuenta el tío Humberto, no necesita de nuestra protección. Es un alivio.

Se hizo un silencio en lo que el tío Rufo regañó a papá sin que lo viera, por tener la cabeza baja. Al levantarla, vi cómo intercambiaba una mirada con Humberto, que se alejó. Me limpié una lágrima con disimulo mientras mi padre me pasó un brazo por los hombros.

—¿Estás bien, hija? No llores. Es verdad que cometiste un error, pero me demostraste que confías en mí y me lo contaste enseguida —dijo, limpiando las lágrimas que rodaban de mis ojos por el engaño de Gian—.

Bravo, así es como se hace. Vamos a buscar a tu madre y a tu hermano, que está muy mal con eso de la novia cambiada.

—Espera, Ale —lo detuvo el tío Rufo—. Mira la foto de la hija de Franco. Creo que Lily puede devolverle su rostro. Si ella y su familia lo aprueban, después que se ponga bien, puedo realizar la cirugía.

—Sí que se parece a su hermana. Háblalo con ellos, sería muy bueno —dijo papá mientras observábamos la foto de Alexcía—.

Kenet está muy afectado. Le duele más que la hayan cambiado que el hecho de que ella lo haya olvidado.

Si le regresan su rostro se va a sentir feliz, aunque deba enamorarla de nuevo. ¿No se lo pueden hacer ahora?

—No. Hay que hablar con Franco primero y, claro, con ella —respondió, correcto y medido como siempre. Luego se dirigió directamente a mi padre—. Ale, tenemos que hablar. A solas.

—Está bien —aceptó papá, y se giró para mí—. Alessia, ve hasta la consulta de tu madre. Ella y Kenet deben estar allí. Espérenme.

Asentí sin chistar, todavía pensando en que Gian me había engañado.

Me puse de pie y salí de la consulta. Mientras caminaba por el pasillo del hospital, no pude evitar llevarme las manos al pecho.

Mi corazón dolía al pensar en él. Aunque siempre me dijo que tenía cosas que contarme, quizás no me engañó realmente.

Caminé despacio, mientras pensaba en lo que había dicho el tío Rufo.

Si podían devolver la imagen de Alexcía, mi hermano Kenet se pondría feliz.

¿Cómo hacerle saber que, a pesar de todo, a pesar del rostro cambiado de Alexcía y de su pérdida de memoria, el amor que habían compartido no podía ser olvidado tan fácilmente?

Siempre podía empezar de nuevo con ella.

Quizás hasta era una bendición que hubiera perdido la memoria.

Mi mente regresó a lo que acababa de saber de Gian.

Aunque enseguida me repuse. Él no me engañó.

Al acordarme de que, como yo, también me dijo que tenía que contarme algunos secretos, pensé que a lo mejor era eso, que no era pobre.

¡Ojalá sea hijo de un mafioso amigo de papá!

Porque así no tendría problemas para rogarle a mi padre que me dejara seguir con él.

¡Ojalá lo sea! Seguí rezando en lo que fui al encuentro de mamá y Kenet, al cual le mostré la foto de Alexcía sin cirugía.

—¿Quién es ella? —preguntó mamá.

—Es Alexcía, mamá, la novia de Kenet, que le hicieron cirugía para hacerla parecer a mí —expliqué mientras mi hermano la observaba fijamente.

—Sí que era linda. Puedo volver a operar y devolverle su rostro —dijo mamá, como el tío Rufo.

—¿En serio, mamá? —preguntó emocionado Kenet—. ¿Puedes devolverme a mi novia?