¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 137 . OTRA VEZ EN PROBLEMAS
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137 . OTRA VEZ EN PROBLEMAS

ALESSIA:

Escuchaba a mi tío Rufo y me di cuenta de que al parecer sí existía alguien apodado así, "el Lobo".

¿Y ahora qué iba a hacer? Además, ¿cómo pude dar el nombre de Gian así de fácil?

Debe ser porque lo tengo presente en mi mente.

Fue el primero que me vino y el llamado primo Alexander lo había conocido en la escuela.

Ahora le había dicho a Olenska que era un mafioso.

De seguro irían contra él. ¿En qué diablos estaba pensando al exponerlo a ese enorme peligro?

¡Cielos, Alessia! ¿Es que no vas a aprender nunca y vas a seguir cometiendo errores que ponen a todos en peligro?

¿Y qué iba a pasar ahora con Gian? Me asusté al darme cuenta de que debía estar solo y desprotegido, como le dijo Filomena, en la casa en la que vivían.

Me puse de pie de un salto para ir en busca de mi padre.

—¿Adónde vas? ¡No te atrevas a moverte de ahí!

—me ordenó el tío Rufo, tratando de encontrar lo más rápido posible una solución para evitar que papá volviera a castigarme—.

¡No debiste hacer esa locura, no debiste!

¡Nunca has estado en medio de un lío tan grande como este que acabas de ocasionar!

¡No des un solo paso fuera de aquí y déjame pensar!

—¿Por qué le gritas a mi hija, Rufo? —preguntó papá, que entró en ese momento.

—Ale… —comenzó a hablar Rufo, sin querer que me volvieran a castigar, pero nunca le había mentido a papá.

Pero no quería meterlo en un problema con mi padre. Así que antes de que pudiera pensar en una manera de decirle la verdad, me adelanté y dije:

—Papá, acabo de meter la pata más allá de lo que puedo comprender, según lo que me dice el tío Rufo.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, mirando al tío.

—Deja que te lo cuente yo, Ale —intervino el tío Rufo, sabiendo que por menos que eso él explotaba, pero yo seguí.

No lo dejé. Tomé a papá de las manos, haciendo que me mirara, mientras le decía al tío Rufo que le había jurado a papá que nunca más le mentiría ni le faltaría el respeto. Luego miré fijamente a mi padre, tomando una gran respiración.

—Papá, me encontré con Olenska Dimitrov, la hermana de Alexander Dimitrov, el chico que me ha estado siguiendo. Ella me confundió con Alexcía, la hija menor de Franco, por la cual me hice pasar —le conté con firmeza y sin miedo—. Vi la oportunidad de averiguar qué había pasado con ella.

—Bien, muy bien, hiciste lo correcto —dijo para mi alivio—. ¿Cuál es el error?

—El error por el que el tío me está regañando, en verdad no sé cuán serio es.

No sabía que tenías un hombre a quien le decían el Lobo —seguí contando—.

Lo ubiqué junto a una reunión de traidores seguidores de los dragones de fuego.

Además, le dije que era el que había comprado a Alexcía para su hijo Gianpiero di Novara.

Por eso me estaba gritando mi tío de esa manera.

Papá se quedó mirándome muy serio con las mandíbulas apretadas.

Pude leer claramente en su mirada las preguntas que se hacía: ¿Cómo pude decir que precisamente el Lobo era un traidor?

¿Es que esta hija suya no piensa? Vi cómo Rufo le pedía que se calmara detrás de mí, así que bajé la cabeza asustada al verlo así.

Soltó mis manos y respiró hondo, tratando de controlarse. Luego me miró. Sabía que nunca me había permitido que conociera nada de la organización ni de los mafiosos. Pude ver cómo abría y cerraba las fosas nasales y se apretaba el entrecejo. Y lo supe: quería gritarme y regañarme.

No lo hizo. Primero, porque en verdad yo no sabía que él tenía un hombre tan importante al que le decían así.

Segundo, porque yo, valientemente, le había dicho la verdad, y eso era un gran progreso que indicaba que había comenzado a confiar en él ciegamente, lista para afrontar cualquier consecuencia de mis actos.

Por eso me abrazó muy fuerte ante la mirada de sorpresa del tío Rufo, que respiró aliviado.

—Sí, es muy grande ese error, Alessia —dijo al fin—. Debes aprender a esquivar decir nombres. Ven, siéntate y cuéntame todo de nuevo.

Respiré aliviada al ver cómo me había tratado. Temí que me gritara furioso o se volviera a molestar conmigo. Le conté con lujo de detalle todo lo que había pasado. Papá me escuchó en silencio. Al terminar, me quedé en espera de ver qué iba a pasar.

—Rufo, no creo que haya sido malo eso que pasó —dijo para mi sorpresa.

—¿No? ¿Por qué lo dices? —El tío se sentó frente a nosotros.

—Llama al Lobo y dile que venga —le ordenó, y agregó—. Lo infiltraremos como suegro de Alexcía, junto a los Conti. Tenemos que averiguar quiénes están con ellos aquí en Roma.

—Es una buena idea, ahora lo hago —aceptó el tío y sacó su teléfono.

Y mientras él se dedicaba a eso, yo pensaba en la forma de hablar de Gian, mientras papá respondía la llamada de mamá, que le pedía que no se fuera sin ella.

Al terminar, me miró y acarició con cariño mi cabeza.

Luego pasó a explicarme que teníamos un serio problema.

Al haberme hecho pasar por Alexcía, que no recordaba nada, ahora tenía que seguir haciéndolo, lo cual no le gustaba para nada.

Pero no podíamos perder esa oportunidad de saber qué pasaba con los Conti y por qué ese Alexander me había seguido por tanto tiempo.

—Pero la próxima vez, la traes directo a ver a Rufo —me indicó muy serio y preocupado—. Así él no te va a dejar cometer errores. Aunque vamos a repasar todo lo que vas a tratar de averiguar con ella. ¡Nada de ir a visitarlos!

—Está bien, papá, discúlpame. Me tomó de sorpresa y no pensé más allá, como nunca me había visto en esta situación antes —dije con sinceridad—. Solo quería ayudar a mi hermano a saber qué pasó con su novia.

—Lo entiendo, pero no lo vuelvas a hacer, Alessia —insistió papá—. Es muy peligroso. Vas a hacer exactamente todo lo que te diga y como te lo diga.

—¡Sí, papá, perdón por eso! —dije mientras lo abrazaba—. ¿Fue muy malo lo que hice? ¿Puedes arreglarlo?

—Sé que no sabes el alcance de lo que hiciste, por eso te lo voy a explicar.

El Lobo es un gran mafioso de mi entera confianza en Rusia.

Al decir que estaba con los traidores, no sabes el lío en que lo metiste —lo miré desconcertada.

¡Sí que era un gran problema!—. Me basaba en él para mantener la estabilidad de esa zona.

Por otro lado, al hacerte pasar por Alexcía, que es novia de tu hermano, y ellos lo sabían, lo metiste a él también en el problema.

—No quise hacer eso, papá —exclamé, ahora asustada, temiendo que mi papá volviera a castigarme.