¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 136 . LOS PLANES DEL CAPO CIAN
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136 . LOS PLANES DEL CAPO CIAN

GIANPIERO:

Regresé de la escuela con cara de pocos amigos. Los días habían pasado y no había podido encontrar una sola pista de mi Alessia. Por eso tenía un humor de todos los diablos. Ese día, al llegar, me encontré con que mi hermano me estaba esperando ansioso.

—Gian —me llamó Giancarlos—, dice papá que vayas al despacho. ¿Hiciste algo malo en Roma?

—¿Por qué lo preguntas? —Lo miré sin entender, pero por su expresión de preocupación me imaginé que papá estaba tramando algo.

—No lo sé, tiene esa cara de cuando algo no anda bien —siguió diciendo mientras me seguía al despacho—. Me llenó de preguntas sobre ti. ¿Seguro que no hiciste nada?

—¿De veras papá está preguntando cosas? —me detuve para mirarlo—. No hice nada mal, vamos a ver qué quiere.

Caminé despacio hasta el despacho. Toqué la puerta y, al escuchar que mi padre me mandaba a entrar, entré para ver que mi hermano menor tenía razón y se negó a acompañarme. Su expresión no auguraba nada bueno. ¿Qué será lo que tiene?

—Me dijo Giancarlos que quieres verme —dije, tratando de sonar normal.

—Sí, siéntate —ordenó sin mirarme.

—¿Pasa algo, papá? ¿Hablaste con el Capo di tutti i capi? —Indagué, queriendo saber qué sucedía para preparar mi defensa y también con la esperanza de que me volviera a llamar a Roma.

—No, todavía no me ha llamado. Te hice venir por otro asunto —y con la misma me lanzó unas fotos sobre la mesa—. ¿Me puedes explicar qué coño es eso?

Tomé las fotos para mirarlas sin entender. En ellas vi a una chica saliendo de una clínica y a alguien que se parecía a mí. Estaban muy borrosas y no se distinguían bien.

—¿Por qué me enseñas esto? No tengo idea de quiénes son —dije, devolviendo las fotos.

—¿No tienes idea? ¡Ese eres tú saliendo de una clínica de maternidad!

—aseguró papá, señalando una de las fotos—.

Ese es el reloj que te regalé en tu cumpleaños.

¿Qué diablos hacías allí? ¿Sabes que le he dicho todas las veces que Baggio me ha insinuado que te case con Sibila que no?

¡Y resulta que tú ya andas con ella en esos niveles!

¿Cómo me voy a negar ahora? ¡Es mi mano derecha! ¡Rompiste todos mis planes!

Lo miré con incredulidad y luego a las fotos. No podía creer que ahora, que no había tocado a ninguna mujer desde que regresé, me estuvieran acusando. Me puse de pie de un salto al reconocer quiénes estaban en las fotos.

—¡¿Qué?! ¡No sé qué se traen entre manos Sibila y su padre Baggio, pero a ella no la he tocado jamás, ni lo haré! —grité ante la mirada de mi padre. —Así que si esto es una encerrona para atraparme, no voy a caer en ella. ¡Olvídalo!

Mi padre es un hombre fornido y alto. Se mantiene en forma por sus entrenamientos.

Un luchador al que muy pocos le hacen frente.

Pero sobre todo, es muy permisivo con nosotros, aunque cuando tiene que castigarnos lo hace con el mayor rigor.

Nos ha entrenado en todo lo que sabe, sobre todo a mí, ya que espera que un día asuma su cargo de Capo Mayor en Milán.

—¡Lo sabía, que no podías hacerme una cosa como esa! —dijo de pronto, dándome una palmada en la espalda—. Te creo, así que mis planes siguen intactos. Muy pronto los pondré en marcha para que dejen de seguir haciendo esto. Ja, ja, ja… ¡Casi lo logramos, Gian! ¡Serás alguien grande!

—Papá, en cuanto a eso…, quería hablar contigo —dije, sabiendo a lo que se refería—. Verás..., creo que no va a poder ser eso que tienes planeado. Yo…, yo tengo novia, papá. Es mi pareja perfecta, ¡la encontré, papá, la encontré! Me voy a casar con ella.

—¡¿Qué dijiste?! —gritó, poniéndose de pie de un golpe. —¿Tienes novia y te vas a casar con ella? ¡Olvídalo! ¡Tú solo te vas a casar con la mujer que yo elija y ya lo hice desde que eras un niño! ¿Capisci?

—¡No lo haré! —Lo enfrenté, poniéndome de pie—. ¡Te dije que encontré a mi mujer perfecta! Así que olvida ese trato.

Papá se detuvo al escucharme y verme de pie frente a él. Era la primera vez que lo enfrentaba. Sabía que llevaba mucho tiempo planeando una alianza por matrimonio. Pero ahora era distinto. Dio un puñetazo en la mesa antes de ponerse a gritar.

—¡Lo sabes muy bien, Gianpiero! Te lo he estado advirtiendo desde que tienes uso de razón, que no te enamoraras.

No me vengas con eso ahora, porque soy capaz de meterte yo mismo un tiro en la cabeza.

¡He trabajado muy duro para llegar a donde estamos!

¡No puedes fallarme ahora por una mujer, Gian, no te dejaré!

¿Capisci? —Lo miré sin ceder un ápice, decidido a no dejar que me obligara esta vez—.

¡Serás quien estás destinado a ser porque he trabajado muy duro para lograrlo y no me vas a fallar, Gian, no te voy a dejar!

—¡Pero papá, es mi mujer perfecta! —dije sin levantar la voz—. No me obligues a ir en contra tuya, por favor.

A pesar de todo, lo entendía muy bien. Me advirtió que no me enamorara porque quiere adquirir con esa unión el poder completo de Milán, ya que el otro capo tan poderoso como él es Giulano.

Ambos trabajan para Minetti. Quiere llegar al acuerdo de unir las familias por matrimonio y ser el Capo Mayor de Milán.

Antes no le importaba esa unión que quiere concertar.

Pretendía que, aunque me casara con la tonta niña esa unos años menor que yo, podría tener varias amantes por la ciudad como mi padre.

Pero ahora tengo a Alessia, y siento que no puedo vivir sin ella.

Aunque todavía no sé si Franco me dejará ser su novio cuando se entere de que soy un mafioso.

Me pregunté si sería correcto decepcionar a mi padre y desbaratar todo lo que ha estado tratando de conseguir por una mujer que no sé quién es.

¿Y si no puedo estar con ella? Me pregunté mientras escuchaba a mi padre vociferando, sin entender lo que decía.

Sin embargo, le prometí a Alessia luchar por ella contra quien fuera, y lo haré empezando ahora por mi padre.

¡Ella es la mujer de mi vida, es perfecta para mí!

No me rendiría tan fácil ante los primeros gritos que encontrara. Quizás pueda hacerla mi esposa oficial y ya veré qué hacer con esa otra. Me levanté para marcharme cuando el timbre del teléfono del despacho sonó.

—¡Dije que no quiero que nadie me moleste! —gritó a todo dar papá, y estaba a punto de colgar cuando una voz lo detuvo en seco.

—¿Cian, pasa algo? —Era una voz que ambos conocemos muy bien.

—Perdón, mi Capo —se apresuró a decir papá, inclinándose una y otra vez como si Minetti lo estuviera viendo—. No es nada, solo cosas de la familia. ¿Qué puedo hacer por usted?

—¡Quiero a Gian en el avión ahora mismo, directo a Roma! ¡Necesito que siga con su misión! —ordenó con voz gruesa.

—¿No la había terminado? —preguntó papá—. Es que necesito concretar algo con Giulano y me hace falta que esté aquí. ¿Puedo mandarle a Giancarlos?

—¿Qué es lo que quieres hacer con Giulano sin consultarme? —preguntó desconfiado Minetti.

—¡No es nada de lo que se imagina, mi Capo! Estoy tratando de unir a Milán bajo un solo capo —se apresuró a aclarar papá.

—¿Qué significa exactamente eso, Cian? —preguntó Minetti.

—Voy a casar a Gianpiero para unir familias —anunció mi padre—. ¡Seremos una gran familia bajo su mando!

—Ya veo, ¿y Gian está de acuerdo con eso? —preguntó Minetti.