135 . DECISIONES Y MIEDOS
BOSCO:
Estaba desconcertado, y creí que ella, después de escuchar toda mi historia, se compadeciera de mí. O quizás me diera un mejor consejo. Pero me estaba diciendo que era muy fácil. ¿Dónde demonios veía lo fácil? Al ver cómo la miraba, suspiró.
—Lo es —repitió, poniéndose de pie—. Vete y dile toda la verdad a tu suegro, pídele clemencia para tu familia. Él está probando tu lealtad.
—¿Cree que es eso? —pregunté. No había pensado en esa posibilidad.
—¿No te dijo que no rompería el compromiso con su hija, a pesar de que sabe que eres hijo de uno de sus enemigos? —preguntó la mujer.
—¡Sí, sí! Fue lo primero que dijo antes de ponerme a escoger —contesté emocionado.
—Ahí tienes tu respuesta. Solo quiere saber que eres justo.
Te está probando. Por un lado, quiere saber si eres tan cruel como para dejar que asesinen a los tuyos y, al mismo tiempo, si en verdad eres capaz de todo por la mujer que amas —la miré con incredulidad—.
Arrodíllate delante de él y dile que nunca vas a abandonar a tu mujer, que te la llevarás contigo a donde quiera que vayas.
Y pregúntale: ¿qué pensaría de ti si dejaras que mataran a tu familia?
Dile que estás consciente de que merecen un castigo y lo aceptarás, menos que los mate.
Y cuéntale toda la verdad, todo lo que has escuchado a través de todos esos años.
¡Tu suegro, si es como dices, se lo merece!
Me quedé en silencio. ¿Será eso lo que estaba haciendo Franco conmigo?
¿Me estaba probando? Si era así, la mujer tenía razón.
Esa era la solución. Le diría toda la verdad sobre todo lo que sabía de mi padre, sus sucios negocios, dónde se escondían los dragones de fuego en Sutera y todo lo demás.
Y rogaría para que le diera un castigo diferente a mi familia que la muerte.
Me puse de pie al ver que ella también lo hacía y la seguí.
Ya había amanecido. El sol estaba radiante.
Ella me llevó por otro camino, indicándome cada rato dónde detenerme o saltar porque decía que había minas.
También me prohibió que anduviera por esos lugares solo, porque había muchas trampas que podían matarme o los guardias podían dispararme.
Era un milagro que no lo hubieran hecho, me dijo.
Al fin, me indicó a lo lejos la casa donde me quedaba.
Sí que había caminado. Di la vuelta para darle las gracias a la mujer, pero esta ya había desaparecido.
Bueno, al menos me ayudó con mi problema.
Antes de llegar a la casa, me senté debajo de un frondoso árbol para organizar muy bien lo que le diría a mi suegro.
Desde donde estaba, podía ver cómo se montaban en un auto y se marchaban.
De seguro iban al hospital. Penetré en la casa y me di un buen baño.
Luego, en mi habitación, me dediqué a escribir todo lo que recordaba haber escuchado.
No quería que se me olvidara nada. De esas informaciones dependía que mi familia quedara viva.
Tenía que darle algo valioso a Franco a cambio de que les perdonara la vida.
FILOMENA:
Cuando me levanté aquella mañana, avisada por mi madre Annette, corrí a la habitación de Bosco. Al abrir la puerta, me quedé petrificada, porque la cama estaba como si nunca él se hubiera acostado. Lo busqué por toda la casa sin encontrarlo. Mi novio había desaparecido.
—¡Se fue, mamá! —le dije, entrando llorando en la cocina—. ¡Bosco se fue, me dejó!
Caí de rodillas al piso, llorando desconsoladamente. Mi mamá corrió a ponerme de pie, me abrazó muy fuerte y me ayudó a regresar a la habitación. Lloraba aterrada, sintiendo que mi vida había acabado para siempre.
—A lo mejor solo está pensando las cosas por ahí, Filo —dijo mientras me limpiaba las lágrimas—. Con lo que te ama, no creo que se haya ido sin despedirse.
—¿Lo crees? —pregunté esperanzada—. Mamá, ayúdame con papá, por favor.
—Lo haré, ya hablé con él —dijo mientras me secaba el rostro con cariño—. Ahora deja de llorar y vamos a ver a tu verdadera hermana. No demores. No le des otra excusa a tu papá para separarte de Bosco. Ya verás que cuando regresemos estará aquí.
—Sí, es verdad. ¡Mi Bosco jamás se iría sin despedirse!
¡No lo hará! —dije, poniéndome de pie. Pero me detuve antes de salir de la cocina—.
Aunque, mamá, te lo advierto: si papá no perdona la vida de esa gente, renunciaré a todo y me iré con mi Bosco como él mismo dejó a los suyos por mí.
Yo los dejaré a ustedes. Mi amor por él es tan grande como el que me tiene a mí.
Me alejé rumbo a mi habitación con ella detrás. Me tomó por un brazo con fuerza y me hizo mirarla fijamente mientras me sostenía por mis hombros.
—¡Deja de decir boberías! ¡No van a ir a ninguna parte!
Confía en Bosco. Va a encontrar la manera de hacerle ver a tu padre cuánto te ama y lo justo que es —la miré con incredulidad—.
A tu novio lo crió Franco, le inculcó principios, honor.
Lo enseñó a ser un hombre de bien. Confía en él, Filo, confía.
La miré esperanzada mientras en mi mente venían todas las memorias que tenía de mi novio.
Era cierto lo que decía mamá. Papá había educado muy bien a mi Bosco.
Lo hizo diferente a su padre. Él encontraría el modo de hacer que papá hiciera lo correcto.
No quería, no podía, quedarme de brazos cruzados mientras Bosco enfrentaba lo inimaginable.
Pero mamá hablaba con voz serena, con palabras que buscaban ser un refugio y, a la vez, una advertencia.
—¿Pero a dónde se fue? ¿No será mejor si lo ayudo? —pregunté, sin querer ir al hospital.
Mamá me acompañó hasta mi habitación. No quería que me quedara a esperar por Bosco. Decía que era algo que tenía que resolver solo. Creía que papá lo estaba probando y tenía que pasar la prueba. Si no lo hacía, ni siquiera escapando con él, mi padre lo perdonaría.
—Termina y vamos, no podemos hacer otra cosa que rezar para que Bosco encuentre la solución —declaró mientras sacaba ropa del armario y la colocaba sobre la cama.
Quería actuar, quería ser parte de la solución, pero entendía que la lucha de Bosco no me permitía un lugar en el campo de batalla.
—Recuerda ser muy buena con Alexcía. Dice tu padre que perdió la memoria, por lo que me pidió que me hiciera pasar por su verdadera madre —me contó muy seria—. Tú también tienes que hacerlo, Filomena. Esa niña nos necesita mucho.
Bajé la mirada. Alexcía. Qué ironía tan cruel, ¿no?
En ese mar de caos, una niña desorientada, sin memoria, se convertía sin quererlo en el nuevo eje de nuestras vidas.
Tomé aire, sintiendo mi propia piel cargada de resignación y del peso de cada una de esas intrigas, mientras el eco de la conversación se entrelazaba con los latidos inquietos de mi corazón.
—Lo haré, mamá —dije finalmente.
Mamá arreglaba mis mechones con dulzura mientras nos alejábamos en el auto. Miraba por la ventana esperando, en cualquier instante, ver la figura de Bosco surgir y borrar la incertidumbre con su sola presencia. ¿Dónde se habría metido? Él no conocía Roma.