¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 134 . PROBLEMAS QUE AFRONTAR
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134 . PROBLEMAS QUE AFRONTAR

BOSCO:

Después de que Filomena se retiró a su habitación llorando, salí a caminar.

No podía dormir. Mi alma me dolía ante el solo pensamiento de que iba a perder a mi adorada mujer.

Por más que lo analizaba, no encontraba solución.

Una sombra de pronto me asustó. ¡Era una mujer!

¿Qué hacía a esas horas una mujer sola allí? Ella me miró y no hizo nada.

No le presté atención, concentrado en mis pensamientos, y seguí caminando sin darme cuenta de que ella me seguía a donde quiera que iba, hasta que me di la vuelta despacio para hacerle frente.

Tendría unos treinta y algo años. Su tez era realmente blanca, donde relucían dos increíbles ojos negros, y sus labios eran del más puro rojo.

El cabello, de un negro impresionante, volaba llevado por el aire, a veces cubriendo su rostro.

Estaba enfundada en una holgada bata de dormir blanca.

¿Sería real o un fantasma? Me pregunté con un poco de temor.

—¿Qué quieres? —pregunté, tratando de que mi voz saliera normal.

No obtuve respuesta. Ella solo me miraba curiosa.

Di dos pasos hasta estar más cerca y pude ver que era real, no era un fantasma.

¿Qué podría hacer una mujer a esa hora de la noche vagando por el campo?

Miré a mi alrededor y no reconocí dónde estaba.

Había caminado sin rumbo, envuelto en mis pensamientos, y me había alejado de la casa a tal punto que no podía distinguirla.

Me giré sobre mí mismo. Existía un enorme campo iluminado y un lago más allá junto a una casa de tejas rojas. ¿Cómo había llegado allí? La casa de Franco no se divisaba por ninguna parte. ¿Cuánto había caminado?

—¿Por casualidad sabe dónde estoy? —pregunté a la mujer, que asintió, pero sin decir nada—. Disculpe si he traspasado su propiedad. Es que nos mudamos ayer para una casa que ahora mismo no sé dónde está. ¿Sabría usted hacia dónde debo caminar para regresar?

Tampoco obtuve respuesta, aunque ella giró y con la mano me indicó que la siguiera.

Lo hice pensando que me indicaría el camino de regreso.

Rodeamos un campo de golf, que era enorme y muy bien custodiado por hombres que nos miraban curiosos.

Al llegar a una enorme mansión, entramos por una puerta que nos llevó a la cocina.

Ella me pidió que me sentara en una silla al lado de una mesa mediana y, sin más, me sirvió un chocolate caliente.

Ahora que la veía bien, me pareció la mujer más bella que había visto. Claro, no como mi Filomena. Esta era de una belleza exótica y única.

—¿Qué tienes? —preguntó de pronto ella con una dulce voz que me pareció de un ángel, aunque algo hostil—. ¿Qué te hace deambular en medio de la noche sin rumbo?

Suspiré al escuchar esa pregunta. Por escasos momentos, desde que la encontré, había olvidado el calvario en que me encontraba. Di unos sorbos al chocolate y, sin saber por qué, comencé a relatarle todo a la mujer que me escuchaba en silencio.

—Y eso es todo. No sé qué hacer. Amo a mi Filomena con toda mi alma, sé que moriré sin ella, lo sé.

Es mi razón de vivir —confesé sin mirarla—.

Mi familia en verdad es lo peor de lo peor.

Mi padre es un cretino que se alía con cualquiera con tal de satisfacer sus más bajos deseos, sus ansias de ser alguien importante y enriquecerse.

No tiene noción del respeto, la justicia, ni del honor.

Es mi padre, lo sé, pero…, ¿conoces a uno que quiera estar con la mujer de su hijo, que sabe que es el amor de su vida, y que la quiera vender a matones para que la violen?

—¿Tu papá hizo eso? —preguntó sin dejar de mirarme.

—¡Sí! Por eso lo traicioné y fui a avisarle a mi suegro —contesté sin sentir remordimientos por haberlo hecho—. Escapamos por ello, pero ahora es distinto.

—¿Por qué es distinto? —Inquirió ella, sentándose en la silla opuesta a mí.

Di varios sorbos a mi chocolate caliente antes de contarle todo.

Inicié diciendo que mi suegro, con todo el derecho del mundo, iba a ir a cobrarse lo que le hicieron.

Le exterminaron a su familia, y no estaba seguro, pero había escuchado historias desde que tengo uso de razón sobre ello.

Eso quería decir que mi padre había participado de esa matanza.

En cuanto a mi madre y hermana, eran las personas más mezquinas, egoístas y malvadas que pudiera alguien conocer.

—Lo sé, no debería estar hablando con una extraña de estas cosas, pero me avergüenza hacerlo con mi novia o conocidos —dije al ver cómo me miraba—.

En mi pueblo, ellas son las que engañan a las jóvenes inocentes para satisfacer a mi padre con todos los aliados.

Sé que, aunque no participé en eso a pesar de que mi padre me quería obligar, ¡soy un cómplice!

Porque tampoco lo delaté con mi suegro, que era el jefe militar.

¡Pero le juro que soy diferente de mi padre, muy diferente!

—¿Qué te hace pensar que eres diferente de ellos? —Volvió a preguntar la mujer extraña.

Me quedé mirando sus increíbles ojos negros, que me sostuvieron la mirada.

Levanté los hombros diciendo que no sabía en qué era diferente de mi padre.

Ahora que lo había dicho en voz alta, no lo sabía.

Debí confesarle todo a mi suegro hace mucho, pero me daba miedo que me impidiera visitarlos o acercarme a Filo.

—¡Soy un cobarde! —dije, todo avergonzado—.

Sabe, yo crecí admirando al coronel Franco y lleno de vergüenza por mi padre.

Por eso casi toda mi vida la pasé en su finca con mi novia.

De niño soñaba con ser su hijo, aprendía todo lo que me enseñaba y traté de ser fiel a esa educación.

Después, al darme cuenta de que amaba a su hija, dejé de hacerlo.

Sé que los míos se merecen un castigo, quizás ese que le quiere dar mi suegro.

Pero…, no dejan de ser mi familia. No sé si me entiende. No sé qué es lo que debo hacer ahora.

—Fácil —dijo ella.

—¿Fácil? ¿Cómo puede decir que es fácil? —No pude evitar explotar—. ¡Es mi familia la que van a asesinar si no les aviso!

—No lo harán —dijo ella fríamente. La miré, preguntándome por qué estaba discutiendo mi situación con una extraña.

—¡Sí lo hará! —afirmé con vehemencia—. Usted no conoce a mi suegro, ni vio la mirada que tenía anoche. Conozco esa forma de ver. Es como mirar en los ojos del diablo, y ay del que se ponga delante de él cuando está así. ¡Lo admiro a mi suegro, realmente lo hago!

Pasé la mano por mi cabello nerviosamente. Estaba en una encrucijada. No era solo a Filomena a quien me daba miedo perder. Tampoco a Franco quería perderlo, ni mucho menos convertirme en su enemigo. Pero si me quedaba, mi familia moriría, lo sabía. Y si les avisaba, los perdía a ellos.

—¡No sé qué hacer, en serio! —Dije, volviendo a mi encrucijada—. ¿Cómo puede decir que es una decisión fácil?