132 . UNA PRIMA
ALESSIA:
La joven gesticulaba a toda voz sin importarle que estábamos en un hospital.
Los guardias se acercaron para alejarla de nuevo de mí, pero volví a negar con la cabeza.
Quería averiguar todo de ella por mi hermano, y también por la pobre chica a la que habían convertido a mi imagen y que, por lo que acababa de decir, habían vendido en una subasta.
—Lo siento, ¿cómo te llamas y quién eres? —me apresuré a aclarar al ver su expresión—. Tuve un accidente en el que fallecieron mis padres y perdí mi memoria.
—¿En serio? —preguntó, mirándome con curiosidad—. ¿Ibas en el auto de los tíos cuando ocurrió el accidente?
—Sí. ¿Tú quién eres? Por lo que escucho, somos primas, ¿verdad? —Insistí en mi historia.
—Yo soy Olenska, tu prima por parte de madre, y tienes otro primo que se llama Alexander Dimitrov, tu mejor amigo —contó sin dejar de mirarme con recelo—. Es el que te habló en la universidad. ¿Ya sabes a quién me refiero?
La miré intrigada. Ahora entendía por qué Alexander se había comportado conmigo como lo hizo en la escuela. Me había confundido con su prima Alexcía. Pero quería saber más, aunque sabía que no debía actuar sola. No podía perder la oportunidad.
—¿En serio ese chico que se me acercó es mi primo? —pregunté, siguiendo en mi personaje—. No me lo dijo, solo me estaba diciendo cosas extrañas como esas que dices. ¿Y dónde está?
—No lo sé. Yo vine hoy al hospital a otra cosa y me encontré contigo. ¿Qué haces aquí? —preguntó, tomándome del brazo con mucha confianza—. Alexander me dijo algo de que los habían asaltado en un parque. ¿Cómo escapaste?
—¿Ah, eso? —me detuve, pensando aceleradamente en una historia convincente para ella, que no dejaba de mirarme—. Mi novio me sacó de allí. Ya sabes, es muy poderoso y está feliz conmigo. Su padre me compró para él y me trata bien.
—¿Su papá te compró para él? ¿Cómo se llama? —preguntó, y no había tenido tiempo para más.
—Gianpiero —contesté antes de que pudiera detenerme.
Ella frunció el ceño sin dejar la sonrisa que se había instalado en mis labios al mencionar ese nombre.
—¿Él no, chica? —preguntó para mi asombro—. ¿Cómo se llamaba el viejo que te compró? Todos eran de fuera de la ciudad.
—Ah —pensé rápido, mirando a Humberto, que se acercaba preocupado y me abría los ojos, pues parecía conocer a Olenska, y un nombre vino a mi mente—. Es un tal Lobo, muy aterrador.
Olenska se quedó al fin en silencio. Parecía que estaba pensando en algo. Yo estaba preocupada. No estaba preparada para esa conversación. Humberto me hacía señas desde lejos de que mi papá me estaba esperando, pero le dije que esperara unos minutos.
—¿Estás segura? ¿El Lobo dijiste? ¡No puedes ser de ellos, Alessia! Son enemigos de nuestra familia —y bajando la voz, me dijo—: Ven, tengo que explicarte todo.
—No puedo, tengo consulta. Además, ellos me siguen para que no me escape.
Vine a ver al doctor para eso de recuperar mi memoria —hablé bajo, acercándome a ella casi en un susurro—.
Ya casi lo logro, gracias a Dios. Pero si obtengo tu ayuda, será más rápido.
Cuéntame todo lo que sepas de mí. ¿Quieres acompañarme a la consulta?
Siempre me están pidiendo que traiga a un familiar, pero no me acordaba de ustedes. ¿Me ayudas?
Tenía que avisarle a mi padre, o al menos al tío Rufo, para que me ayudaran.
Esa chica podía ser de mucha ayuda para averiguar qué le habían hecho a la hija menor de Franco, que resultó ser la mujer que amaba mi hermano, es decir, mi cuñada.
Aunque ahora me preocupaba haber dicho el nombre de Gian y el Lobo.
Eran hombres de mi padre y, por como habló Olenska, al parecer eran enemigos nuestros.
Olenska me miró complacida, sin saber que ese encuentro no era casualidad.
Tampoco sabía que hacía días que estaba siguiendo a mi mamá por orden de su abuelo Conti.
Todos sabían que mamá era muy inestable y ellos querían ver si lograban atraparla para ir en contra de papá.
Además, no sabía que ellos andaban detrás de mí.
—Nunca imaginé que me encontraría contigo, prima, y mucho menos que habías olvidado todo —dijo ella, mientras caminaba a mi lado.
Me siguió sin dejar de hablar de todo, hasta la consulta del tío Rufo. Al entrar, me miró frunciendo el ceño al ver a Olenska. Le abrí los ojos, y de inmediato entendió. Nos mandó a sentar enseguida, a la espera de que hablara.
—Doctor, ella dice que es mi prima Olenska, que me conoce muy bien.
Usted me dijo que trajera a alguien de mi familia —expliqué rápidamente, tirando de ella—.
También me dijo que me vendieron en una subasta y que tengo un primo que se llama Alexander, por parte de madre.
¿Recuerda, doctor? ¿El que me confundió en la escuela con otra Alessia?
—¿Ah, sí? —enseguida, para mi alegría, Rufo entendió—. Bueno, Olenska, sería muy beneficioso si cuentas todo lo que sabes de la vida de tu prima para hacernos una idea del trauma con el que tiene que luchar. ¿De acuerdo?
Olenska lo miró sonriente. Para mi sorpresa, parecía que lo conocía muy bien, sin saber que era porque siempre andaba con mamá, a quien ella vigilaba.
Le había parecido muy guapo, y ahora que lo tenía de cerca le gustaba aún más.
Observé cómo el tío Rufo frunció el ceño, y como él, me di cuenta de que Olenska lo observaba coquetamente.
Y para mi desconcierto, ante la mirada de ella, hizo lo mismo. Pasó su mirada por todo el cuerpo de Olenska. Nos sentamos frente a él. Mi ahora prima cruzó las piernas provocativamente, disfrutando de ser observada así. Parecía que estaba decidida a conquistar a mi tío.
—Doctor, ella dice que sabe algo sobre esa subasta que creo recordar —dije para iniciar—. Mi prima, cuéntale todo lo que pasó esa noche.
—Doctor, en realidad fuimos con ella esa noche para ver de qué iba todo.
Escuché a mi abuelo decir que iban a hacer una subasta para grandes personas de los negocios —comenzó ella a contar, sin dejar de mirar a Rufo, que le seguía el juego de seducción—.
La idea era que, como a mi prima sus padres le compraban todo, queríamos que nos ayudara a pagar algunas prendas, y mi hermano quería saber quiénes eran los que estaban allí.
¡Nunca imaginamos que fuera de mujeres, se lo juro!
Desde que mi hermano Alexander se apareció con las dos.
¡Pues mírenos, éramos las más hermosas de todas, y ella lo era aún más, antes de eso que le hicieron!
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó muy serio el tío Rufo.