¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 131 . LA NOVIA DE KENET
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131 . LA NOVIA DE KENET

ALESSIA:

Nos encontrábamos en la habitación donde la hija menor de Franco estaba.

Todo era alegría dentro de ella. Después del momento embarazoso con mi hermano Kenet, nos concentramos en Alexcía, que se había quedado mirando la puerta sin entender.

Era evidente que no nos conocía a ninguno de los que estábamos allí.

—Hija, esta es Filomena, tu hermana mayor —continuó presentando a todos Franco—. Y esta es una querida amiga de la familia, casi una hermana tuya, Alessia Minetti.

—¿Alessia Minetti? —preguntó Alexcía—. Creo que he escuchado ese nombre antes.

—¿Te acuerdas de algo, hija? —se apresuró a preguntar Franco.

—No, no es eso —negó con la cabeza Alexcía—. La enfermera me dijo que yo me parecía a Alessia Minetti, y es verdad, aunque ella tiene el cabello negro.

—Me lo pinto, pero es rojo, un poco más llamativo que el tuyo —me adelanté, sonriendo—. Como el de mi mamá, la doctora Lilian. Casi parecemos gemelas. Como Filo, seremos hermanas también, Alexcía, solo ponte bien pronto.

Alexcía se quedó observándome en silencio y sonrió. Luego se giró hacia Annette y comenzó a hacerle muchas preguntas. Me percaté de que la tía no le había dicho que en verdad no era su hija biológica. La trataba como a Filomena, que no estaba tan habladora como era su costumbre.

Al poco rato llegó el tío Rufo con mi papá y mi hermano Kenet, que se quedó en la puerta. Al verlo, fui a su encuentro. Mi instinto me decía que le sucedía algo.

—¿Qué pasa, mi hermano? ¿La conoces de verdad? ¿Es ella tu novia? —pregunté, y recordé cómo le había tomado la mano—. Conozco el anillo, te ayudé a mandarlo a hacer por el mío.

—Sí, ella es mi Alessia, que la convirtieron en ti —dijo al fin, pasando la mano por su rostro—. Y no solo eso, mi hermana. ¡Alguien la vendió y la compró un dragón! ¡Tiene la marca de posesión, dice el tío Rufo!

—¿Qué? —pregunté con incredulidad.

Había oído hablar mucho de esa marca de posesión. Mi mamá tenía la de mi padre en su cuerpo desde que se casó con él. Y por lo que decían, si un integrante de los dragones lograba tatuar su signo en una mujer, ella le pertenecía y nadie podía negarse a esa unión.

—Y eso no es todo —siguió hablando Kenet—. Lo peor es que ella perdió la memoria, no me recuerda.

Lo abracé fuerte al ver cómo se le aguaban los ojos. Mi hermano era muy fuerte y nunca mostraba sus emociones ante nadie. Ahora estaba visiblemente afectado por lo que le había sucedido a la mujer que había decidido amar. Pero no iba a dejar que se derrumbara.

—No importa, tú la quieres —dije al separarme—. Le diremos toda la verdad y volverás a enamorarla. Y le pondrás la marca de tu dragón como hizo papá con mamá.

—¡Es tu copia, Alessia! —exclamó visiblemente afectado Kenet, mirando hacia la puerta de la habitación—. ¡Yo me enamoré de una chica que se parecía a Filomena con locura, no de la gemela de mi hermana!

Y se alejó furioso, maldiciendo a todos. Lo vi marcharse sin poder hacer nada. Luego divisé a Humberto y corrí hacia él. Quería saber qué estaría haciendo mi Gian. Tal vez estaba en la escuela todavía y podría ir a verlo. Por eso decidí iniciar mi búsqueda.

—Tío Humberto, ¿puedo hablar con usted? —pregunté con cautela.

—Sí, dime, sobrina —vino a mi encuentro enseguida.

—Tío, usted es el que siempre me ha cuidado —comencé a decir—. ¿Por casualidad conoce al chico que estuvo conmigo siempre aquí en Roma, Gianpiero di Novara?

—Lo siento, sobrina —contestó de inmediato—. Tu seguridad la manejó todo el tiempo tu papá, con gente nueva. No supe nada de ti hasta ayer que regresaste. Habla con él, a lo mejor te ayuda a encontrarlo si es importante para ti.

Suspiré y regresé a la habitación. Llamé a Filomena, que vino enseguida, y nos abrazamos otra vez. Podía ver que algo le afectaba, porque estaba muy silenciosa. Después de un rato, le hice señas a la tía Annette de que saldría con Filomena, asegurando que no íbamos a salir del hospital.

—¿Me perdonas, Filo? —pregunté cuando estábamos solas.

—No tengo nada que perdonarte, no fue tu culpa, te entiendo —dijo y me abrazó con cariño.

—Gracias —la miré con la cabeza baja, mirando a cada rato hacia la entrada—. ¿Qué tienes? ¿Por qué lloraste?

—Es por Bosco, no sé dónde está —al fin contestó.

La comprendía, porque yo también me sentía muy mal por no saber dónde estaba Gian. Lo que no podía demostrar era mi tristeza como ella. La hice caminar a mi lado en un intento de levantar su ánimo.

—¿Pelearon? —Inquirí de nuevo.

—No. Es más complicado. Luego te lo cuento todo —dijo y me tomó la mano—. ¿Y tú, cómo estás? ¿Ya te perdonó tu papá?

—No, pero estoy luchando para que lo haga —contesté con sinceridad—. Filo, ¿me puedes dar el número de teléfono de Gian? Perdí mi mochila y todo.

Suspiró, diciendo que ellos también habían perdido las mochilas de la escuela. Precisamente le habían pedido a Gian que fuera por ellas al parque donde las dejamos.

—¿Fuiste a la casa en la que vivíamos a ver si está allá? —preguntó Filomena, y pasó a explicarme—. Él se quedó cuando nosotros nos fuimos. A lo mejor sigue viviendo en ella y yendo a la escuela.

—No lo había pensado —respondí—. Le pediré a mi hermano que me lleve. ¿Qué te parece tu nueva hermana?

No respondió de inmediato. Miró hacia la habitación que habíamos dejado atrás. Levantó los hombros diciendo que no sabía. Ya se había encariñado conmigo, pero aseguró que la iba a amar y cuidar. La pobrecita había pasado por mucho. De pronto se detuvo al ver que nos habíamos alejado mucho.

—Ahora te dejo, tengo que ayudar a mamá. La tuya dijo que después de hacerle unas pruebas, dejarán que la llevemos con nosotros —dijo Filomena—. Chao, Alessia. No te pierdas.

—Espera, Filo. Toma, ese es mi número de teléfono. Llámame a cualquier hora que quieras. Sigues siendo mi mejor y única amiga —le dije con sinceridad—. Eres la hermana que no tuve y espero seguir siéndolo.

—Yo también, Alessia, gracias —dijo, tomando el papel que le di.

Ambas nos fundimos en un abrazo y nos separamos. Filomena se reunió con su familia, mientras yo caminaba rodeada de guardias en busca de la mía. Cuando vi a una chica rubia que se me acercaba sonriendo.

—¡Alessia, al fin te encuentro, mi prima! —dijo para mi asombro.

Los guardias la detuvieron antes de que llegara a mí, pero les dije que la dejaran llegar. Estaba intrigada y quería saber quién era. Sospechaba que tenía que ver con Alexcía. Me había llamado prima, por lo que decidí jugar la carta de la falta de memoria.

—¿Me conoces? —pregunté.

—¡Claro que te conozco, por mucha cirugía que te hagas!

¿Dónde te metiste? ¿Qué haces aquí en el hospital?

—preguntó, y al ver que no respondía, dijo—: Quería pedirte disculpas por lo que pasó ese día.

En serio, ni Alexander ni yo pensamos que las cosas se pusieran tan feas, tampoco nos imaginamos que te iban a comprar tan rápido.

¡Vamos, que saliste ganando! Dice mi hermano que el mafioso que te compró es joven y muy bien parecido.

¿Quién es? ¡Lo conozco! Allí solo había viejos verdes.