130 . ENCUENTRO EN EL HOSPITAL
ALESSANDRO:
Abracé a mi hija, que seguía haciendo pucheros sin importar que los demás la miraban asombrados, mientras Franco sonreía complacido ante lo que hacía mi hija. Antes de que yo pudiera decir nada, lo hizo él.
—Por mí no hay problemas —se apresuró a decir Franco—. Me gustaría que siguiéramos siendo como siempre, si tu papá lo permite.
—No hay problemas —acepté, extendiendo mi mano para estrechar la suya—. ¿Así que esta bella joven es Filomena, tu hija mayor?
—¡Es muy linda! —exclamó Kenet, embobado a su lado, y se apresuró a aclarar al ver cómo todos lo miraban—. Me recuerda a mi novia, se parecen mucho.
—Él es mi hermano Kenet —señaló Alessia, agarrando su brazo.
Todos los observamos por un momento. Alessia y Kenet en verdad se parecían mucho en sus rasgos faciales. Parecían gemelos, aunque no lo eran. Nacieron muy cerca uno del otro.
—Vaya, es tu hermano al final, no tu prometido —dijo Annette, mirando a mis dos hijos.
—¿Prometido? —preguntó Kenet, mirando a su hermana.
—Luego te cuento, es una larga historia, ji, ji, ji… —le susurró Alessia—. Y esta es mi mamá, Lilian Minetti, es la doctora de la que les hablaba.
—Mucho gusto, señora —saludaron todos, extendiendo sus manos.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Alessia.
—Vinimos a ver a la verdadera Alexcía, está en esa habitación —contestó Franco, señalando la puerta del al lado.
—¿En serio? ¿Puedo conocerla? —preguntó Alessia de inmediato.
Franco me miró, dije que sí con la cabeza y lo seguí.
En silencio todos entramos a la habitación para ver a una copia exacta de Alessia.
Ahora que estaba vestida con buenas ropas y la atendían con esmero unas enfermeras, se había incrementado el parecido.
Ella estaba muy emocionada y quiso que la pusieran bonita al enterarse de que venía toda su familia a visitarla.
Miraba a todos con los ojos asustados, pasándolos de Annette a Lilian, que era la que tenía el pelo rojo como ella.
—Alexcía —comenzó a hablar Franco—, ellas son tu madre Annette y tu hermana Filomena.
—¿En serio? —preguntó Alexcía, mirando a Lilian—. ¿No es esa señora que tiene el pelo rojo como yo?
—No. Soy la doctora Lilian, que te ha estado atendiendo —se adelantó ella y la revisó—. Solo que has visto más al doctor Rufino que a mí. ¿Cómo te sientes hoy?
—Mejor, mucho mejor desde que sé que tengo familia —contestó Alexcía, mirando a Lilian con una leve sonrisa tímida—. Aunque no me acuerde de nada, los tengo a ellos.
—¿Alessia? —se adelantó de pronto mi hijo Kenet, asombrado, como si al escucharla hablar la reconociera.
—¿Alessia? —preguntamos todos.
Kenet la observaba muy fijo mientras avanzaba hasta colocarse al lado de la cama de la chica, que lo miraba con curiosidad.
Luego le tomó una mano y se la revisó. Abrió aún más los ojos al notar un hermoso anillo que ella llevaba en el dedo, pero antes de que hablara, lo tomé por el brazo y lo saqué de la habitación.
—¿Qué sucede, Kenet? ¿Conoces a esa chica? —pregunté, bajando la voz.
—Creo…, creo que me estoy volviendo loco, papá —dijo, pasando las manos por su rostro, visiblemente nervioso.
—Explícate —le exigí, tirando de él para alejarnos de la habitación y asegurarme de que nadie nos escuchara.
—¿Te acuerdas que te dije que tenía una novia que se llamaba igual que mi hermana?
—preguntó, y asentí—. ¡Creo que es ella!
¡Pero no era así! Se parecía a Filomena.
No puedo estar confundido, su voz es la misma y, no solo eso, ¡tiene en su mano el anillo que le regalé cuando cumplimos un mes de novios!
¡Pero no es ella, es como ver a mi hermana!
Me quedé observando a mi hijo, realmente sorprendido. La vida, en verdad, era muy complicada en ocasiones y superaba la ficción. Lo abracé muy fuerte y me lo llevé en busca de Rufo, que estaba revisando a otros pacientes. Esperamos en el pasillo hasta que terminara y lo seguimos hasta su consulta.
—¿Qué sucede, Kenet? ¿Y esa cara? —preguntó Rufo en cuanto nos reunimos con él.
—Rufo, explícale lo que le pasó, de seis meses para acá, a la hija menor de Franco —le pedí mientras nos sentábamos—. Necesita saberlo.
Guardé silencio mientras escuchaba a Rufo contándole a mi hijo todo lo sucedido con Alexcía.
La pobre chica había pasado por mucho. No entendía cómo fue que ella se encontró con Kenet.
En verdad temía que la hubieran utilizado para engañarlo.
Tenía una extraña sensación de que había un gran plan alrededor de mi familia.
Era como si nos estuvieran atacando por todos los frentes, y yo nunca me había equivocado en mis instintos.
Rufo le contaba con tranquilidad toda la historia y lo que suponíamos, mientras caminaba con las manos en los bolsillos de su bata blanca. La luz del fluorescente caía dura sobre su rostro serio, y mi ansiedad fue en aumento cuando me di cuenta de que él también parecía abrumado.
—Debo admitir que el caso de Alexcía nos ha costado noches sin dormir —dijo finalmente, girando para mirarnos—. Tu padre la encontró en una situación terrible. Junto a Lilian la operamos y la hemos estado cuidando. Estuvo mucho tiempo en coma, y ahora que despertó perdió la memoria.
Kenet se inclinó hacia adelante, con sus codos apoyados en las rodillas.
Mis ojos seguían fijos en su rostro, identificando en su expresión cada pensamiento que cruzaba por su mente.
Mi hijo, tan serio y responsable, nunca antes se había interesado en una chica.
Era la primera vez, y me había dicho que iba en serio con ella.
Pero ahora a esa chica la habían transformado a imagen de su hermana.
—Tío Rufo —Kenet al fin rompió su silencio—. ¿Está diciendo que ella no recuerda nada? ¿No me recuerda a mí?
—Así es, ni siquiera sabía su nombre —admitió Rufo—. No recuerda quién estuvo con ella o qué le hicieron. Gracias a Dios que Alessandro la encontró. Lo que sabemos con seguridad es que es hija de Francesco Rinaldi, ese señor que acabas de ver allá afuera.
—¿Cómo pudieron convertirla en mi hermana? —preguntó desconcertado Kenet—. ¿Y ahora qué voy a hacer?
Mi hijo tragó con fuerza y bajó la mirada hacia el suelo. No dije nada. Lo conocía demasiado bien. Podía ver cómo trabajaba su mente a toda velocidad, creando un conflicto que aún no tenía palabras para expresar.
—Tengo que hablar con ella —murmuró, levantándose abruptamente—. Necesito respuestas. Ver si en verdad no se recuerda de mí.
—No tan rápido, hijo —lo interrumpí—. Debemos ir con cuidado. Ella todavía no se recupera.
—¿Qué quieres decir, papá? —preguntó, alzando la voz. Su rostro se tiñó de un rojo profundo mientras las emociones estallaban en él—. ¿Tío Rufo, qué quiere decir con eso? ¿Está muy mal?
—Sí, apenas salió del coma —contestó con firmeza—. No puedes pensar con el corazón, Kenet. Sé que estás confundido, pero piensa por un momento. Ella se acaba de despertar y aunque no te recuerde, siempre puedes empezar de nuevo.