¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 129 . UN AMOR TAN INMENSO
51%

129 . UN AMOR TAN INMENSO

LILIAN:

Me sentía bien en los brazos de los seres más queridos para mí. Rufo seguía a lo lejos en su bata de doctor mirándonos sonriente. Aunque yo podía notar la incomodidad en su actitud, lo mismo que Alessandro.

—Después de desayunar me siento mejor —contestó Alessia, creyendo que la pregunta era para ella—. Pero por orden del Capo di tutti i capi, me haré un chequeo general.

Todos sonreímos al escucharla hablar cómicamente, haciendo el saludo militar a su papá, que rió y la besó. Estaba en verdad agradecida a mi esposo de que hubiera perdonado a nuestra hija y la hubiera traído de regreso. Miré a mi hijo cómo los observaba y le pregunté:

—Está bien, ¿y tú, Kenet?

—Yo no, ni lo pienses, mamá —se negó a realizarse un chequeo como siempre—. Yo estoy muy saludable y no he salido de Roma.

—¿Por qué no? —pregunté, queriendo que lo hiciera—. Ya estás aquí.

—Vayan ambos con su tío Rufo a hacerse todo —ordenó Alessandro—. Los alcanzamos en un momento. Debo hablar algo con su madre primero.

Ambos se alejaron con Rufo, que se había enfundado en su bata de doctor para esconder su erección. Me dio una última mirada mientras me mantenía abrazada a mi esposo y cerró la puerta.

Los vimos marcharse sin decir nada. Luego Alessandro me tomó de la mano y nos dirigimos a la habitación que poseía la oficina. Me complació por largo rato. Cuando al fin terminamos, tomamos una ducha juntos. Lo miré una y otra vez, queriendo saber si en verdad lo que me había dicho Rufo era cierto.

—Sí, le di permiso —dijo Alessandro al darse cuenta—.

No es que me agrade la idea, pero eso que tienes no es juego.

Solo es si no estoy yo por todo esto después de dos semanas, ¿capisci?

No porque ahora lo tengas a mano, quieras saltarle arriba todo el tiempo.

No tienes permiso para eso, Lily. ¡Es en caso de emergencia!

—¿No tienes miedo de que me guste y me enamore de él? —pregunté mientras me vestía.

Guardó silencio por unos segundos en lo que se acomodaba la corbata delante del espejo. Luego se giró y vino hasta donde yo lo miraba llena de expectativas. Me tomó por la cintura y me besó apasionadamente. Al terminar, se quedó con su frente apoyada a la mía.

—Sí, lo tengo. ¡Odio tener que hacer esto, lo sabes!

Te amo tanto que prefiero aceptar eso a que te pueda suceder algo —dijo con la mandíbula apretada—.

Solamente con Rufo tienes mi permiso para hacerlo, Lilian.

Sé que, aún enamorándose de ti, que sé que terminará por hacerlo, nunca me traicionará y cuidará de ti como si fuera yo.

—¿Por qué dices eso? Rufo no hará eso —protesté con incomodidad.

—Ya sé que eres lenta en esto de las relaciones.

¡Rufo, al igual que yo, te mira con ganas!

Es decir, le gustas desde que me fijé en ti.

Siempre fue así entre los dos. Compartimos a todas las mujeres, excepto a Celia y a ti —dijo con una naturalidad que me estremeció—.

¡Yo las conquistaba y las disfrutábamos los dos!

Así que solo Rufo te tocará, sin importar qué.

No puedes hacerlo ni con Migue, ni Damián, o Renart, ¿capisci?

Hazte de cuenta que a partir de ahora tienes dos esposos.

Sé discreta. ¡Nadie puede darse cuenta de que te acuestas con Rufo!

Lo abracé muy fuerte. Ahora entendía una vez más cuánto me amaba mi esposo. Era tanto su amor por mí que, por mi secuela, permitía que me acostara con otro hombre. Intentaría aguantar todo lo que pudiera para que no fuera necesario, sobre todo no cometer la locura que acababa de nacer con Rufo.

—Voy a hacerme un estudio a ver si puedo operarme y que se me quite esto —dije casi en un susurro—. No me gusta la idea de estar con otro hombre que no seas tú, Ale.

—¡No! No te dejaré operar —dijo con cara de espanto—. Ya Rufo me dijo que podías quedarte ciega, muda y no sé cuántas cosas más. ¡No te operarás, Lily! No quiero volver a pasar por lo que pasé.

Alessandro me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.

No le dije nada, pero por el modo que lo hacía casi podía palpar su miedo.

Recosté mi cabeza en su pecho sin saber qué más hacer para no hacer que sufriera así.

Ese hombre tan rudo estaba aceptando algo que ningún otro en el mundo aceptaría, solo porque yo estaba enferma.

—Pero Ale, me da miedo enamorarme de Rufo —balbuceé, todavía dentro de sus brazos.

—No me importa si lo haces, porque sé que me amas a mí más. ¡No te operarás, Lily! —Siguió negándose—. Quítate esa idea loca de la cabeza. Ahora vamos, ya Rufo le debe haber hecho todo a esos dos. Me los llevaré a trabajar en la empresa.

—¿A Alessia también? —pregunté enseguida—. ¿No la dejarás seguir en la escuela de diseño? ¿Por qué no la mandamos para París?

—¡No! Y no quiero oírte metiéndole eso en su cabeza —se detuvo y tomó aire, tratando de tranquilizarse—.

Lily, yo te adoro, pero no voy a perder a ninguno de los dos, como tampoco voy a volver a dejar que sigas engañando a nuestra hija.

De ahora en adelante, cuidaré de la educación de mis hijos personalmente.

Lo siento, cariño, tienes que entender. Es muy peligroso que se alejen con la guerra que se nos avecina.

No dije nada más. Avanzamos abrazados por el largo pasillo, seguidos de varios hombres que interceptaron a una mujer que iba casi pegada a nosotros y la alejaron.

Luego, cuando doblamos una esquina, nos detuvimos para observar la escena que se desarrollaba justo frente a nosotros.

Alessia había corrido hacia Franco, que llegaba en compañía de su familia, y le dijo feliz:

—¡Padre, qué alegría me da verlos a todos! —y se abrazó muy fuerte de él, que le devolvió el abrazo de la misma manera.

Franco abrazó feliz a Alessia, que al separarse lo miró apenada y lo volvió a abrazar. Él, como se le había hecho costumbre, le pasó la mano por la cabeza con cariño. Luego fue el turno de su hija Filomena, que la abrazó como siempre, aunque estaba muy triste con los ojos rojos.

—¿Qué tienes, Filo? —le preguntó enseguida Alessia. Luego trató de encontrar a su novio y no lo vio por todo aquello—. ¿Peleaste con Bosco? ¿Padre, qué tiene mi hermana?

—¿Padre, eh? —los interrumpió Alessandro, mirándola con algo de celos.

—¡Papá! —exclamó Alessia y corrió hacia nosotros—. No te pongas celoso, papá.

Alessia lo abrazó de nuevo, mientras miraba a todos visiblemente apenada por haberlos engañado.

—Tú mismo me lo pusiste de padre —dijo Alessia—. Así que con tu permiso, tú seguirás siendo mi adorado papá como toda la vida y él será padre, ¿de acuerdo? Digo, ¿si no se oponen ambos?