¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 128 . DEMASIADO PELIGROSO
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128 . DEMASIADO PELIGROSO

RUFINO:

Me quedé mirándola mientras dejaba todas mis cosas en el buró.

Terminé sentándome y levanté la vista para observar a Lilian, que estaba de pie, ansiosa.

Era condenadamente sexy. Observé sus labios rojos, todavía húmedos por mi beso.

Me puse de pie y, rodeando el buró, llegué hasta donde ella seguía con la mirada todo lo que hacía.

—¿Rufo…? —me llamó al ver cómo me acercaba dispuesto a besarla de nuevo. No se me escapó que ella también lo deseaba. Sin embargo, la abracé muy fuerte y hundí mi cabeza en su cuello, lo que me hizo estremecerme. La atraje por la cintura. Nos quedamos sin hacer nada así, abrazados.

—Me gustas, Lily. Siempre me has gustado desde que eras una estudiante —le confesé con seriedad—. Pero me gustaba más Migue. Ahora, que tengo el permiso de Alessandro no solo de hacerte el sexo, incluso hasta de enamorarme de ti, tengo miedo.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué permiso es ese que dices que te dio mi Ale? —preguntó, mirándome con una mezcla de curiosidad y sorpresa.

Pude observar que Lilian en realidad se había asombrado de lo que le acababa de decir.

Podía leer las preguntas que se hacían en su mirada: ¿Qué significaba eso que le acababa de decir?

¿Alessandro se habría decepcionado de ella por lo que pasó con su hija Alessia?

Sabía que ella conocía que siempre habían hablado desde el inicio de su relación de incluirme, pero eso nunca pasó.

¿Qué había cambiado ahora? ¿Por qué de repente sentía que su esposo quería alejarse de ella? ¿Tendría otra mujer?

Me separé de ella y la volví a besar suavemente en los labios. Luego me alejé y me senté en el buró, indicándole a Lilian que hiciera lo mismo frente a mí.

—Lily, no estés buscando segundas intenciones en esto que hizo Ale, no las hay.

Sabes que se nos avecina una guerra, y por el momento, te llevará a todas partes con él —expliqué, queriendo dejar las cosas claras entre nosotros—.

Cuando no pueda, si tú no aguantas, me tendrás a mí para lo que quieras.

Aunque me gustas mucho y sé que me voy a enamorar de ti, no sobrepasas lo que me hace sentir Migue.

Estamos seguros en ese aspecto, así que a partir de hoy, no retengas tus ganas.

Búscame cada vez que quieras, aunque debemos ser cuidadosos.

No queremos que se levanten rumores sobre nosotros.

No podemos ensombrecer el honor de Alessandro.

No respondió de inmediato. Bajó la mirada y comenzó a jugar con su anillo en su dedo. No dije nada, esperé que ella analizara todo lo que habíamos hablado. Sabía que amaba a Alessandro con todo su corazón, y me imaginaba las emociones encontradas que debían estar en su mente.

—No lo sé, Rufo, estoy asustada —al fin rompió el silencio—. ¿Seguro es eso y no que Ale se cansó de mí o se decepcionó por lo que pasó con Alessia?

—No, no es por eso —aseguré de inmediato—. También, como tú, se dio cuenta de lo peligrosa que es esa secuela.

—¿Y si me estudias ahora que ha pasado tanto tiempo, Rufo? —preguntó, fijando su mirada en la mía—. Quizás me puedas operar y ayudarme en eso.

—Es realmente riesgoso, Lily —dije, y algo en mi interior se estremeció—. ¿En serio no te gusto como hombre?

—¡Me gustas, Rufo! ¡Me gustas más de lo que me imaginé! —gritó Lilian, poniéndose de pie—. Ahora tengo miedo de ser yo la que se enamore de ti.

No pude negar que me gustaba saber que ella podía enamorarse de mí. Mi ego de hombre se infló, aunque era la esposa de mi hermano. Con ellos siempre había sido claro: compartimos a todas nuestras mujeres después de la muerte de Celia. En cierto modo, esa era una adicción que teníamos a esos lugares.

Lily había sido el punto y aparte en la vida de Alessandro.

Nunca le pidió que la tocara, aunque habían ido a compartir clubes nocturnos de sexo y hasta los había visto haciendo el amor en todas sus formas.

Nunca lo invitó a compartirla hasta entonces.

Eso me llenó de curiosidad a lo largo de los años y, aunque lo tenía muy bien escondido dentro de mí, deseaba compartir a la mujer de mi amigo.

—No te preocupes, Lily, si te enamoras de mí, yo decidí vivir siempre con ustedes. Tendremos un amor de cuatro, incluyendo a Migue —dije, tratando de darle una seguridad que yo no sentía—. Porque Ale jamás ha tocado a un hombre ni lo hará.

—¡No sé si quiera eso! Me conoces, Rufo. Si me enamoro de ti, estaré todo el tiempo encima tuyo —dijo, visiblemente desesperada—. No podré disimular. Tú y yo pasamos más tiempo juntos. Me volveré loca contigo a pesar de que amo a Alessandro con todo mi corazón.

Ambos nos quedamos mirándonos. Lilian avanzó hacia mí, ahora que la observaba curioso.

Se inclinó y me besó profundamente. Después se separó con los ojos cerrados.

Hacía mucho que no estaba con una mujer y, desde que empecé con Migueliño, había olvidado por completo el sabor de un beso que me gustara.

Esa mujer que tenía delante, inclinada sobre mí y aspirando mi olor, me estaba enloqueciendo.

—¿Qué haces, Lily? —dije mientras me escapaba de ella por el otro lado. Esto era muy peligroso, pensé. Lo sentí: ahora que fue ella quien me besó, me estremecí hasta la médula. Y quería poseerla con todo.

—Deja que te bese de nuevo, Rufo —escuché a Lilian—. Te estoy comparando con Alessandro. Quiero saber si no me va a pasar lo mismo de volverme loca contigo. Si como no te pasa a ti conmigo, yo no siento lo mismo que me hace sentir mi Ale. ¿Por qué no tenemos sexo ahora y salimos de dudas?

—¡No! —casi grité, alejándome de ella.

Ahora me arrepentía de haber iniciado esa conversación. Lilian se quedó sin saber qué hacer. No podía dejar de observar la prominente erección que tenía. Por eso me siguió al baño. Al llegar, me vio sujeto del lavamanos, respirando con dificultad, y sin esperar más, me abrazó por la espalda.

—Dale, Rufo, me alborotaste y tú también me quieres —susurró con su aliento caliente en mi nuca.

—No, Lily, ya viene Ale —me negué, saliendo de su abrazo—. Le mandé un mensaje y me respondió que ya viene con los chicos.

—¿Viene? ¡Qué alivio! —Dijo y me soltó.

Lilian se alejó enseguida de mí y se sentó a esperar a su esposo, a quien vi entrar junto a sus hijos, riendo felices.

Hacía mucho que no lo veía radiante de felicidad, sobre todo porque venía abrazado de Alessia, que lo besaba a cada rato como había hecho toda su vida.

Se veía a simple vista que ya habían vuelto a ser lo que siempre fueron: amorosos e inseparables.

Ahora entraba en esa ecuación Kenet. Y por un momento, vi cómo ella se ponía celosa, aunque cuando los tres la abrazaron, soltó la carcajada.

—Solo faltabas tú, mamá —le dijo Alessia—. Ahora sí estoy completamente feliz.

—Ya veo, me estaba poniendo celosa —dijo, abrazada de ellos mientras me lanzaba miradas furtivas—. ¿Estás bien?