¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 126 . EL REGALO DE CUMPLEAÑOS
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126 . EL REGALO DE CUMPLEAÑOS

ALESSANDRO:

Kenet revisó la motocicleta y enseguida descubrió un dragón negro pintado en una de ellas con su signo. Se montó sonriente, y Alessia se dirigió a la del dragón dorado. Era impresionante. Corrió hacia mí y me abrazó alborotada. Me reí feliz mientras le devolvía el abrazo.

—¿Puedo? —preguntó. Asentí.

—Gracias, papá de mi corazón —y me llenó de besos al tiempo que daba gritos y saltitos de alegría como antaño—. ¡Eres el mejor papá del mundo! ¡Sí…! ¡Te amo, te amo, te amo..., ja, ja, ja..., es exactamente la que quería! ¡Siii! Gracias, papá, ¿cómo sabías que era esa la que me gustaba?

—Tu papá siempre sabe —dije con seriedad.

—Lo sé ahora, repito —dijo ella sin dejar de sonreír—. ¡Eres el mejor papá del mundo y te adoro!

Y volvió a abrazarme. Luego, al soltarme, se puso a bailar graciosamente delante de mí, y yo no podía evitar reírme al verla tan feliz.

Esta vez fui yo quien la atrapó en un abrazo, riendo ante el alboroto que ella hacía.

Siempre sería mi niña, la que lograba que bajara todas mis defensas.

Me sentía contento al dejarme abrazar y besar por ella, que lo hacía riendo feliz.

La extrañé tanto que el nudo en la garganta no se fue hasta ese momento en que la veía reír como antes.

Alessia estaba ahora relajada, mirando cómo me comportaba como antes con ella, y me volvió a besar. Luego salió corriendo para montarse en su impresionante motocicleta. Me reí y miré a mis hombres, que todos reían a la par de mí. ¡Eso era lo que nos faltaba a todos! La alegría de mi hija.

Suspiré sin dejar de sonreír al ver cómo mis dos hijos iniciaban las motocicletas y me observaban mientras hacía lo mismo con la mía negra. Nos pusimos los cascos y salimos despacio. Les sorprendió ver a todo el cuerpo élite de la misma manera, ¡en motocicletas! Estaban en espera de mi orden.

—¿Listos? —pregunté, y ellos asintieron—. ¡Vamos!

El rugido de los motores llenó el aire mientras atravesábamos la calle que salía de la mansión.

La brisa fresca azotaba mi rostro, pero el calor que sentía en el pecho era más fuerte.

Mis hijos iban a mi lado, dirigiendo el grupo con una soltura y una felicidad que no veía en mucho tiempo.

Alessia reía mientras Kenet aceleraba, retándola con pequeñas maniobras, y yo los seguía con una sonrisa de satisfacción.

Hice rugir a mi motocicleta y aceleré, aceptando su reto.

Sabía que deseaban probar sus nuevas motocicletas.

La carretera estaba libre delante de nosotros.

A mis dos hijos les brillaron los ojos y me siguieron a gran velocidad.

Reíamos entre curvas y rectas. Los árboles pasaban a nuestro alrededor a gran velocidad.

La mañana era realmente hermosa. Los rayos del sol hacían que nuestros cascos brillaran aún más, sobre todo el dragón dorado de Alessia.

Aunque aún mantenía su cabello de color negro, no dejaba de verse hermosa.

Mi equipo, disciplinado y atento como siempre, mantenía la formación perfecta alrededor de nosotros. Ellos también disfrutaban del regreso de mi princesa. También todos eran amantes de la velocidad. Por suerte había una carretera alrededor de la ciudad que nos llevaba al hospital.

—Papá, ¡no te quedes atrás! —gritó Alessia, girando para mirarme y llamándome con la mano.

Aceleré hasta colocarme a su lado, mientras Kenet se acercaba riendo y disfrutando de su tan esperada motocicleta. Tenía todo lo que me había pedido y un poco más.

—¿Mamá también tiene una? —preguntó él, mirando su motocicleta con una mezcla de admiración y aprobación.

Mis hijos, siempre en extremos. Kenet, metódico y reservado, y Alessia, una tormenta viviente de emociones. Y aún así, juntos parecíamos encajar de una manera que no podía explicarse del todo en mi vida.

—Todos tenemos —respondí, mientras los observaba—. Nos gusta hacer esto también. Pero no demoremos, ya estamos llegando al hospital.

Alessia le lanzó una mirada sin disimular una sonrisa y me guiñó un ojo. Yo no pude evitar reír. Era uno de esos momentos en que disfrutaba junto a mis dos preciosos hijos de la vida, cuando podía bajar la guardia y olvidarme de los enemigos que siempre estaban al acecho.

Estaba consciente de que esa felicidad era efímera.

Era un reflejo condicionado. Incluso ahora miraba alrededor, analizando cada auto que nos pasaba por el lado.

Mis hijos notaron la preocupación en mi expresión, pero no dijeron nada.

Ambos eran demasiado inteligentes como para no darse cuenta de lo que significaba la expresión en mi rostro.

—Papá, ¿a qué vas a hacer al hospital? —preguntó Alessia, girando para verme.

No respondí de inmediato. No podía decir que iba principalmente a complacer a su madre. No la había tocado la noche antes porque dormimos con ella, lo cual significaba que hoy debía estar muy deseosa. El sonido de mi teléfono hizo que me concentrara en el camino. Apreté el botón para ver el mensaje.

"¿Ya vienes? Tu mujer te necesita." — preguntó Rufo.

Sabía lo que eso significaba. Aceleré de inmediato.

Me había dicho que iba a probar algo con ella para saber si podía complacerla cuando yo no estaba, como le había pedido.

No es que no estuviera celoso, pero Rufo era el único hombre en que confiaba para que me ayudara con mi mujer.

Mis hijos y hombres me siguieron a toda velocidad.

El edificio del hospital al fin se vio a lo lejos.

Mi mente ya estaba calculando cada posibilidad de ese problema que tenía Lilian.

Solo podía aceptar esa solución. Lilian se pasaba casi todo el tiempo con Rufo.

Era más seguro que en una emergencia él asumiera mi trabajo con ella.

Pero a pesar de que mi mente me decía todas esas cosas, mi corazón se apretaba de tan solo imaginar que Lily fuera tomada por él.

Le mandé un mensaje diciendo que ya estaba llegando. Aceleré a todo dar, entrando a toda velocidad en el hospital. Nos bajamos, dejando que mis hombres guardaran las motocicletas, mientras con mis hijos nos adentrábamos en el hospital con grandes sonrisas.

—Gracias, papá, son geniales las motocicletas —dijo Kenet, que caminaba a mi lado con orgullo—. Tengo que ir a la pista de carreras para probar todo lo que puede hacer.

—Iremos después, mi hermano —dijo Alessia, corriendo a abrazar a su hermano—. Lo haremos con los primos.

—Dejan las motocicletas guardadas allá —dije sin decir nada por lo que querían hacer—. Es muy peligroso andar en ellas por las calles. Tienen prohibido hacerlo.

—De acuerdo —dijeron los dos al mismo tiempo—. Cuando terminemos aquí en el hospital, lo haremos.

—No harán tal cosa —los interrumpí—. Primero iremos a la empresa.

Esta vez la alegría de tenerlos conmigo se había transformado en determinación.

No dejaría que volviéramos a separarnos jamás.

No importaba lo que tuviera que hacer. Les haría frente para proteger lo que más amaba en este mundo.

Y nadie podría atreverse a arrebatarme lo único que me mantenía con vida: mi familia.