125 . REGRESANDO A LA VIDA NORMAL
GIAN:
Escuché la conversación de las chicas que rodeaban a Sibila.
Entre ellas había una chica también muy hermosa llamada Julia, pero era más superficial.
Según sus propias palabras, su único objetivo era conseguir que algún mafioso de buena posición le pusiera una casa y la mantuviera.
Era ella quien le había hecho la pregunta a Sibila.
También noté que anhelaba que fuera yo quien la eligiera.
Ya me había llevado a la cama unas cuantas veces, aunque estaba consciente de que solo la utilizaba para eso.
A Julia no le importaba en verdad mucho, mientras pudiera entrar en los clubes y lugares más exclusivos de Milán, que le comprara todo lo que le antojara sin miramientos y que la reconociera como una de mis amantes. El amor no entraba en sus planes.
Julia era una de mis preferidas porque nunca me había hecho una escena, siempre estaba lista para cuando yo la llamara y me complacía feliz.
Estaba en el grupo de Sibila con la esperanza de no perder ese privilegio.
No le importaba si me comprometía con ella o no.
Todas sabían que, como mi padre, que mantenía a varias mujeres con casas en la ciudad, ellas también iban por el mismo camino de ser mis mujeres en el futuro.
Así que quería asegurar su puesto para ser una de mis amantes.
En ese momento jugueteaba con el teléfono de Alessia en mi mano y, en ocasiones, miraba una foto que ella tenía con Filomena.
No podía evitar preguntarme por qué no había tomado una foto con ella juntos.
La extrañaba muchísimo y estaba realmente preocupado, con miedo a no volver a encontrarla.
Además, temía que si la encontraba, Franco no me dejara estar con ella cuando se enterara de quién era yo.
¿Qué debería hacer? No estaba ajeno a los grandes planes que mi padre aspiraba a lograr conmigo. Antes no me importaban, pero ahora sí.
Tendría que oponerme, por una vez en mi vida, a mi padre.
No solo eso, también temía que si lo hacía, podría ofender a la otra parte, al punto de destruir todo lo que el Capo Cian había logrado con su arduo trabajo hasta entonces.
Podía escuchar lo que murmuraban todos a mi alrededor.
Así que cogí mi mochila, fui a sentarme en la primera mesa, esa que todos dejaban vacía, y decidí prestar atención a la clase.
Estaba atrasado y necesitaba ponerme al día.
ALESSANDRO:
En mi despacho, miré a mi hija Alessia sentada en mis piernas como si fuera una niña pequeña y no la mujer que era. Estaba recostada en mi pecho, y esa visión me emocionó mucho, especialmente al escucharla pedir que la dejara volver a ser como antes.
—Perdóname, papá. Me equivoqué, papá, me equivoqué —dijo, y una leve sonrisa como antaño se abrió en mis labios. ¡Era mi niña!
Sin pensarlo más, la abracé muy fuerte y la besé en la cabeza. Alessia se emocionó de felicidad, me rodeó con los brazos y me llenó de besos repetidamente en la mejilla, hasta que no pude evitar reírme a todo dar.
—Suéltame, que me llenes de besos no quiere decir que te perdone, ¿eh? —Le dije, tratando de mantenerme firme—. Sigues castigada.
—Lo sé, ¿pero me dejarás que sea como antes contigo?
Di que sí, papá de mi corazón —dijo, levantando la mano como si estuviera jurando en un juicio, todavía sentada en mis piernas—.
Yo, Alessia Minetti, juro que jamás le faltaré el respeto a mi padre, Alessandro Minetti, y que lo obedeceré ciegamente, porque sé que todo lo que me manda a hacer es por mi bien. Pero…
—¿Pero? —pregunté, intrigado.
—Juro que seguiré llenándolo de besos, riéndome, contestándole, llevando la contraria y, sobre todo —se detuvo mirándome fijamente—, seguiré siendo la niña de papá sin importar mi edad. ¿Capisci?
Solté una gran carcajada sin poder impedirlo. Esa niña me tenía en sus manos. Le acaricié el rostro con cariño, pero convenía que no podía volver a caer en lo mismo.
—¿Es que no vas a cambiar nunca sin importar el castigo que te dé? ¿No fue suficiente lo que pasaste? —pregunté y dejé de reír—. ¿No me odias por eso?
Negó con la cabeza rápidamente. Me abrazó de nuevo muy fuerte y se quedó así unos momentos.
La abracé fuerte a mi vez, todavía sintiéndome culpable por haberla mandado a correr tanto peligro.
Aunque parecía que había dado resultados.
Al separarse, la vi limpiando unas lágrimas mientras negaba con la cabeza.
—No te odio, nunca podría hacerlo. Te amo porque, al fin, como querías, conocí a una verdadera amiga, casi hermana —dijo con voz rota—.
Conocí a gente que de verdad me quiere por mí, no por ser tu hija o millonaria.
Gracias, papá, lo digo en serio. Quiero que me sigas enseñando así, que me protejas todo lo que quieras, pero que me enseñes cómo es todo en realidad, papá.
No me metas de nuevo en mi bola de cristal, ¿sí?
—¿Harás exactamente lo que te diga, cuando te lo diga, sin dudar? —pregunté muy serio.
—Sí, te lo juro —afirmó con vehemencia.
—¿Cualquier cosa, aunque no la entiendas, confiarás en mí? —asintió de nuevo.
—¡Sí, lo juro! —respondió con vehemencia—. Nunca más dudaré de tu sabiduría.
La miré unos instantes, tratando de leer a mi hija. Estaba más quemada y delgada. Pero había un brillo diferente en sus bellos ojos verdes. No dije más. No era el momento y teníamos cosas que hacer.
—Muy bien, ponte de pie y sígueme —dije, haciendo que se pusiera de pie—. A partir de hoy, como tu hermano, trabajarás en la empresa conmigo.
—¿Y mi escuela? —preguntó con temor.
—¿No dijiste que ibas a confiar en mí? —pregunté, poniéndola a prueba.
—Sí, pero…
—Alessia —la miré, sosteniéndola por los hombros y haciendo que me mirara a los ojos—. Hija, en la confianza no hay peros. ¿Vas a confiar en tu padre o no?
—Sí, ordena y obedeceré sin importar qué —dijo rápidamente—. Si quieres que vaya a trabajar contigo, lo haré. Aunque no se te olvide que soy muy mala en los números.
La miré por un instante, toda ruborizada, sin mirarme a los ojos. Sabía que quería ver a Gianpiero. No le dije nada. Todavía tenía que aprender mucho antes de que aceptara esa relación.
—¿Ya estás lista, Ale? —preguntó Kenet al aparecer en la puerta del despacho.
—Vamos, yo también tengo que ir al hospital a ver a su madre —dije, tomando mis cosas.
—Íbamos a ir en las motocicletas, papá —protestó Kenet.
—¿Y quién se los impide? —pregunté con una sonrisa.
Los miré a los dos y, sin más, los abracé feliz.
Salimos juntos hacia el parqueo, y les hice señales a uno de mis hombres para que abriera una sesión que nunca hacía.
Alessia y Kenet no podían creer lo que veían: ¡eran las motocicletas de último modelo que habían estado deseando comprar hacía mucho, pero que yo me negaba a darles!
—Es tu regalo de cumpleaños, Kenet —dije con una sonrisa—. Bueno, y es compartido con tu hermana.
—¿En serio? —preguntó, corriendo a verla—. ¡Eso no es justo, debiste dármelo antes!
—Kenet…
—Bromeaba, papá —rió, mirando las motocicletas—. ¿Cuál es la mía?
—Obsérvalas y verás —dije, deseando que le gustara mi sorpresa.
Estaba muy feliz de tener de nuevo a mis hijos conmigo. Los miraba con los brazos cruzados, sin querer perderme ninguna de sus emociones. En ese momento era muy feliz. Tenía que cuidar que siguiera siendo así.