124 . EN CASA DE NUEVO
GIAN:
Ya estaba en mi casa en Milán. Llegué la noche anterior y me encerré en mi habitación, tratando de encontrar la manera de saber de Alessia, sin lograrlo.
Por mucho que busqué a Franco Moret en internet, no encontré nada.
Llamé al restaurante en el que trabajaba, y Claudio me dijo que nunca habían dado sus datos.
¿Cómo era posible que no existiera un solo rastro de esa familia en ningún lugar?
Luego intenté encontrar al coronel Moret en el ejército, pero tuve el mismo resultado.
¡Era como si nunca hubieran existido! Ahora lo entendía.
Alguien muy poderoso y con enormes recursos había borrado cualquier rastro de ellos del mundo.
No había nada, absolutamente nada que me pudiera llevar hasta Alessia.
¿Sería ese su verdadero nombre, como me pidió que la llamara?
¿O también era un nombre prestado como todo lo demás que conocía de ella?
Me levanté temprano, decepcionado, para reincorporarme a la universidad.
Estaba algo preocupado. También me había cansado de llamar a Humberto y no me respondía.
Además, el número que tenía me daba fuera de servicio.
¿Qué rayos estaba pasando? ¿Quiénes eran realmente esa familia?
Me moría por saber de Alessia. Al bajar al comedor, vi a mi padre, Cian.
—¿Y bien? ¿Qué quería el Capo di tutti i capi de ti? —preguntó papá, que todo ese tiempo había estado muy preocupado por mí.
Mi padre confiaba en el Capo di tutti i capi, pero no quería perderme a mí, su primogénito.
Tenía grandes planes para mí que aún no me había contado.
No mandó a seguirme ni a protegerme, como era su costumbre, porque eso habría sido una gran violación y falta de respeto hacia Minetti.
Sin embargo, estaba realmente preocupado de que algo me pasara en Roma, sobre todo cuando se corrió la voz de que yo había sido requerido por el UNO.
—¿No puedes decirme a mí? —volvió a preguntar papá al ver cómo guardaba silencio.
—Que me infiltrara en una familia y averiguara algo, y lo hice. No puedo darte más detalles, papá. Cumplí como quería el Capo di tutti i capi y está muy contento conmigo —le conté, sin mucho entusiasmo—. Dice que después te llamará para hablar contigo.
—¡Bravo, Gian! Sabía que no me harías quedar mal con el Capo di tutti i capi. ¡Ja, ja, ja…! ¡Así se hace, hijo! —me dio dos palmadas en el hombro—. Estoy muy orgulloso de ti. Todo está saliendo como esperaba.
—Gracias, papá —dije y me senté en la mesa con la cara alargada, sin prestar mucha atención a lo que me contaba.
—Gian, ¿qué tienes? —preguntó al ver que no participaba en su conversación—. Te estoy hablando y estás en las nubes.
—Disculpa, papá, ¿qué me decías? —pregunté de inmediato.
—¿Pasó algo en Roma, hijo? —preguntó ahora muy preocupado. Yo nunca había sido de permanecer en silencio y mucho menos de no prestar atención a lo que conversábamos—. ¿Por qué, si dices que todo fue bien, tienes esa cara de desolación?
—No es nada, papá, me voy —me levanté y cogí mi mochila—. Después te cuento todo lo que pueda. Tengo que ponerme al día. Nos vemos.
Salí corriendo, me subí a mi flamante auto y salí disparado, seguido por todos los hombres que siempre me protegían. Al llegar a la escuela, enseguida salieron a mi encuentro varias chicas, entre ellas la última con la que había estado saliendo, que corrió a abrazarme. Yo la rechacé.
—¿Gian…? —Me llamó desconcertada.
—Se acabó, Sibila, no vuelvas a tirarte encima de mí —dije mientras me desprendía de su brazo.
Me alejé rumbo a mi aula, siendo observado por todas ellas, que no entendían qué me había pasado en esos meses que no estuve.
Me siguieron hasta verme entrar y sentarme en una de las últimas mesas.
Todas entraron y me rodearon en los asientos aledaños.
Eran el grupo con el que solía divertirme y llevarlas a todas partes, pero esa vez ni siquiera las miré.
—Oye, Sibila —la llamó una de sus compañeras—. ¿No decías que Gianpiero te iba a pedir compromiso cuando regresara? Te rechazó como si nada.
—Sssh… es un secreto, te dije, Aria. ¡Que nadie te escuche! —se apresuró Sibila a callarla.
Ella era hija de otro capo de Milán, considerado una de las manos derechas de mi padre, el Capo Cian.
Hasta hacía poco, al ver que comencé a invitarla a salir, empezaron a hablar de un posible compromiso.
Aunque mi padre jamás contestó afirmativamente.
Siempre decía que yo estaba destinado a cosas mayores, que no era tiempo de estar formando familia, que faltaba mucho para eso.
Por eso, ella se hizo el firme propósito de convertirse en mi mejor amiga y confidente. Participó de todas las actividades dentro y fuera de la escuela, y hasta logró montarse de copiloto en mi auto. Yo solo permitía a mi hermano menor Giancarlo que lo hiciera.
Sibila un día se hizo la que se había torcido el tobillo y no podía conducir. Después de ese hecho, no lo había vuelto a lograr, pero lo hizo delante de todo nuestro círculo, y eso la catapultó a ser la número uno de la lista de mis pretendientes.
Y cuando se estaba preparando para conquistarme con todos sus atributos de mujer, que no eran pocos, yo desaparecí.
Así que se hizo la que sabía exactamente dónde estaba, aunque no tenía ni idea de adónde me había metido.
Dejó correr el rumor de que, al regresar de mi misión, nos comprometeríamos, y ahora la había rechazado delante de todos.
Estaba que echaba humo de lo furiosa que estaba, aunque mantenía una calma que estaba muy lejos de sentir.
Durante el tiempo que estuve ausente, se había esmerado en embellecerse.
Su hermoso cabello negro, que llevaba en capas, caía abundantemente por su espalda.
Solo porque escuchó una vez a Giancarlo decir que a mí me gustaban las chicas de cabello ensortijado, ella se hizo grandes ondas.
También había aumentado el tamaño de sus senos por la misma razón.
Cada vez que escuchaba algo de lo que me gustaba en las mujeres, lo hacía.
Tenía que convertirse en mi mujer ideal o perfecta, como había escuchado muchas veces decir que solo me casaría el día que encontrara a mi pareja perfecta, y esa, sin dudas, iba a ser ella.
Pero no solo se había cambiado el cuerpo.
Ella odiaba las motocicletas porque a mí me gustaban, y se había hecho una muy buena conductora.
Participábamos juntos en carreras y en cuanta cosa se nos ocurriera.
Éramos Gianpiero y Giancarlo, los hermanos seguidos por todos los demás, pues éramos hijos del Capo mayor de Milán, Cian.
Si querían correr clandestinamente, allá iban todos a hacerlo.
La cúpula joven de la mafia era dirigida por nosotros.
—¿Qué vas a hacer, Sibila? —escuché que le preguntaban.