123 . UNA SITUACIÓN DIFÍCIL
ANNETTE:
Franco soltó una estruendosa carcajada abrazándome fuerte. Se tiró hacia atrás en la cama llevándome con él sin dejar de reír.
—Ahora entiendo muchas cosas, Annette. En verdad eras una inútil y gritabas como esas tontas niñas ricas —se burlaba divertido—. ¡Porque lo eras! Ja, ja, ja…, eras una tonta niña rica que no sabía hacer absolutamente nada. ¡Ja, ja, ja…!
—¡Deja de burlarte, Franco! —me alejé molesta al ver cómo se reía de mí a todo dar, aunque era verdad todo lo que decía—.
¡Me hiciste pasar mucho trabajo! Pero ahora te lo agradezco.
Me hiciste fuerte y tu esposa. Gracias, Franco.
A lo mejor si nos hubiéramos casado en aquel entonces, no hubiéramos logrado ser tan felices como lo fuimos y seguimos siendo.
—Estoy seguro de eso. En aquella época odiaba todas las cosas que mis padres me obligaban a hacer por ser su heredero.
Te hubiese odiado a ti también. Tienes razón, la vida nos la jugó bien.
Al parecer, estábamos destinados a estar juntos, y ella nos juntó —estuvo de acuerdo conmigo—.
Me alegro de que pasara. Estoy muy feliz de tenerte, cariño.
Ahora, cambiando de tema, ¿puedes aceptar a Alexcía como tu verdadera hija?
Ella perdió su memoria. Creo que le haría mucho bien creer que eres su mamá.
Dejé de reírme y de inmediato acepté. Iríamos por ella mañana mismo. Si no le permitían todavía salir del hospital, me quedaría a cuidar de ella como si fuera Filomena.
—Ya me había encariñado con Alexcía, digo Alessia.
¡Ese Minetti se pasó con el castigo! Pobre niña, tener un padre como ese —dije realmente molesta, sin comprender a ese hombre—.
Es una buena chica. Es verdad que le faltó el respeto y estuvo a punto de que la asesinaran.
Estoy de acuerdo en que se merecía un castigo, pero no ese que le dio.
Si no fuera por lo que hizo con nuestra verdadera hija, ¡lo estaría odiando!
—Me pasa lo mismo. Primero lo odié y luego le agradecí —dijo Franco con voz ronca—.
A pesar de que indirectamente es el culpable de todo lo que me ha pasado, también va a ser el que me ayude a resolverlo todo.
¿Viste a los chicos? ¡Todos los tiene él!
¡Mi pelotón completo está bajo su mando!
¿Cómo pudieron pasar del ejército a ser la guardia personal del mayor mafioso que existe?
Pude ver la sorpresa y la alegría del encuentro con nuestros compañeros.
Me habían saludado cuando llegamos, felices.
Yo los entendía. No querían separarse ni llevar una vida miserable.
Aunque todos tenían familias adineradas, fue Franco quien los hizo amar la acción.
Minetti les ofreció permanecer juntos y ser tan respetados como esos altos mandos del ejército que nos menospreciaban.
—Y les creo cuando me dijeron que en cuanto recibieron tu carta de renuncia, los iban a mandar a cada uno a un lugar diferente —dije con tristeza—. Hicieron bien. Yo habría hecho lo mismo. ¿Vas en verdad a entrar a esa organización de los dragones?
Franco no contestó de inmediato. Lo conocía demasiado bien.
Toda su vida había estado orgulloso de ser un militar.
Había subido paso a paso hasta llegar a ser el coronel que llegó a ser.
Pero ahora estaba en una encrucijada que le había puesto la vida, en la que debía decidir.
No lo presioné. Lo vi jugar con el pequeño puñal que siempre traía con él, lo cual me decía que estaba analizando los pros y los contras de la situación.
—No te voy a negar que quiero tener el poder militar para acabar con todos mis enemigos.
Aunque tengo dinero, me llevaría mucho tiempo hacerme de hombres fieles como ellos.
Ya que la vida me tenía destinado desde que nací a ser uno de ellos, lo seré.
Me haré el peor dragón que los enemigos de Alessandro Minetti puedan imaginar —me asusté al escucharlo.
Pero había tomado su decisión y yo estaría con él a su lado como siempre—.
Si el dragón negro, el UNO, es el terror de ellos, ¡yo lo seré mucho más con su apoyo!
Lo miré con un poco de miedo. Había sido un gran héroe luchando contra el mal, contra esos mismos hombres con los que se iba a relacionar ahora.
Sabía lo que eso significaba: vivir mirando por encima del hombro por el miedo a los enemigos, cuidar cada paso que dábamos.
Pero…, ¿teníamos otra opción? No. No la teníamos.
Necesitábamos proteger a nuestros hijos, y yo, como él, utilizaría lo que fuera por mantenerlos a salvo.
—Espera y verás. Los que se atrevieron a asesinar a mi familia, ni debajo de la tierra se podrán esconder de mí. ¡Los encontraré y mataré de la peor manera, sin importar quién sea! —Me estremecí al escucharlo—. ¡Me vengaré con creces de lo que le hicieron a tantos inocentes de mi sangre!
Me quedé en silencio mientras arregló la enorme y mullida cama que tenía esa habitación matrimonial.
Quería hablar con él para ayudar a Filomena y a Bosco, porque vi el terror en los ojos de ambos, así mismo como ahora veía el odio y la decisión en los de mi esposo.
Lo seguí en silencio al baño, donde lo vi tomar una ducha mientras me contaba diferentes cosas.
Traté de encontrar las palabras correctas para pedirle que no matara a los suegros de nuestra hija.
—Franco, ¿en serio le vas a hacer eso a Bosco?
¿No puedes dejar a su familia afuera? —me atreví a preguntar—.
No creo que tuvieran nada que ver con lo que le pasó a la tuya.
El alcalde es un tonto y solo hace unos años que está metido con los dragones de fuego.
Piensa en la felicidad de Filomena, que es Bosco.
¿No puedes castigarlos de otra manera? No sé, vuélvelos pobres o algo así. Por favor, querido, hazlo por Filo.
Franco no respondió. Solo me miró y entendí. No dije nada más. Me callé, suspirando por esa terrible situación.
—Pobre chicos, la vida en verdad parece que no los quiere juntos —balbuceé.
Mientras a mí y a mi esposo, a pesar de que salimos huyendo uno del otro, la vida nos unió, a Filomena y Bosco parecía que se empeñaba en separarlos. Y lo peor era que sentía que no podía convencer a mi esposo. Tenía que esperar a ver qué era lo que le pasaba por esa cabeza.
Caminé hacia la cocina en busca de un vaso de agua y vi afuera cómo Filomena abrazaba a Bosco desesperada, sin saber qué hacer.
Sabía que se estaba muriendo de miedo. No quería perder a Bosco, y sabía que si este decidía ir a estar con su familia, jamás podría volver con él, porque sería una clara indicación de que eran enemigos.
Por otro lado, no era fácil saber que iban a asesinar a los tuyos y no hacer nada. ¡Cielos! Ahora que parecía que todo iba bien, que serían felices. ¿Por qué pasaba todo eso?
—Bosco, ¿qué vamos a hacer ahora? —preguntó Filo—. ¿Y si le decimos a papá que estoy embarazada? Quizás así perdone a tu familia.
Sacudí la cabeza con tristeza al escucharla. Mi pobre hija, tan desesperada que estaba dispuesta a inventar cualquier cosa con tal de salvar a Bosco. Sabía perfectamente que no era cierto, que jamás habían cruzado esa línea. Pero el amor la estaba empujando a buscar cualquier salida posible.
—¿Crees que tu papá sea capaz de matar a mi familia? —preguntó Bosco—. ¿En verdad lo crees?